Dos películas que funcionan como un relojito

31 agosto, 2010 § Deja un comentario


Bien es sabido que a veces basta con un solo aspecto para que una película nos parezca toda ella formidable. Quiero hablar de esto porque -imagínense ustedes lo novedoso y sorprendente- considero que los buenos guiones son dignos de mención. Entiéndase por guión la historia que se cuenta en una película y entiéndase por bueno que todos los elementos sean necesarios y estén relacionados. Ahora bien, esto de las definiciones nos lleva a una digresión porque, primero, pocas cosas me gustan tanto como las películas que vuelven mierda los esquemas narrativos, con lo cual el criterio de necesidad parece tambalear, y segundo y para colmo, porque existe un guión de guiones, un esquema que se repite infinitas veces y que no debería causar fascinación alguna. Sobre la narrativa no clásica me cuesta trabajo pensar en qué decir. Editaré este texto cuando se me ocurra algo. Intuyo que me gustan las películas que están conscientes de las reglas narrativas, sea para quebrarlas o ejecutarlas perfectamente. Así pues, cabe ver como afortunado el hecho de que la mayoría de basura que aparece en cartelera todavía no se percate de que se necesita un héroe, un conflicto externo, un camino para resolverlo y un montón de adornos que le hagan eco a esa pendejada hasta que suena a sinfonía. Afortunado porque, a pesar de que haya esquemas y reglas, todavía impacta que una película logre conjugar todos sus elementos. Le damos gracias al ruido por ése contraste que genera la ilusión de armonía. La metáfora de acordes musicales, ahora que lo pienso, es aterradoramente precisa. Tampoco sobra hablar de pintura porque, en cierto sentido, en el cine no hemos llegado ni al Renacimiento (léase el nombre como sólo eso: un nombre): todavía representación, todavía nociones ingenuas de armonía. Una progresión de acordes, una composición simétrica; cosas cuya equivalencia en cine aún nos maravillan y sorprenden. (De bebé el cine ya tenía vanguardias, imagen-tiempo y cosas raras, pero no me jodan: desde el último siglo los más radicales anacronismos conviven simultáneamente). ¡Mierda! Podríamos, ya embalados y alegóricos, notar también que nos aproximamos a suerte de barroco por el modo en que el lenguaje cinematográfico, vía MTV, XBOTS y cosas que corrompen a los niños, se ha densificado. Si Hitchcock viera Meteoro, o la misma Inception, me late que no alcanzaría a comprender.

Iba diciendo que me gustan las buenas historias y estaba a punto de escribir que hace rato tengo ganas de señalar dos ejemplos. Por un lado, The prestige, film, éste, del mismo Cristopher Nolan, ya mencionado en otro lugar de la bibliografía, y que en estos parajes hispanos lleva el nombre de El Gran Truco, gracias a gente muy ingeniosa que traduce las cosas. Lo escojo porque lleva la hermosa categoría de “subvalorado” y siempre es un placer hablar de algo que se considera mejor o peor de lo que es. El segundo, léase con atención, es Kung Fu Panda. Otro paréntesis: los monitos animados tienen hace rato la libertad de narrar aquello que actuado puede parecer demasiado ingenuo, por aquello de que, si alguien escribiera un poema épico en estos días, tan bueno y bello como los de Homero, pero además con la ventaja del idioma original y la correspondiente rima, no podríamos más que verlo como una burla. Así, se necesitaría una ingenuidad tremenda o un sarcasmo muy tozudo para hacer un Kung Fu Panda en persona y da la casualidad de que es una gran película. Me pregunto si los engranajes narrativos quedaron recluidos al mundo de la animación.

Sin más preámbulos,

Dos películas que funcionan como un relojito

… -¿Sí daba como para un texto entero?-

Add New Post: El inicio de la monotonía

26 agosto, 2010 § Deja un comentario


Cuarto día y ya me cuesta un poco de trabajo continuar. Ayer estuve pensando en los temas que quisiera tratar y me tranquilizó pensar que son suficientes como para no tener que preocuparme por páginas blancas en un futuro cercano. Pues fijaos, unas horas más tarde ocurrió precisamente aquello que temía: no sé qué escribir. Pienso en cosas demasiado académicas que todavía no quiero publicar; pienso también en ideas agradables que ahora parecen bobas; pienso en reflexiones como esta misma y me pregunto si todo el blog será una crónica de la experiencia de tener un blog.

Acaso este momento es tan bueno como cualquiera para hablar un poco sobre el marco general de esas cuatro cosas que sigo repitiendo -con entusiasmo, óigase bien- en cada conversación.

Si el lector me conoce personalmente es probable que haya tenido (o tenga todavía) la impresión de que soy demasiado racional. Estrictamente hablando creo que no creo en ni mierda. Soy la clase de persona que se siente incómoda cuando habla con alguien que asegura haber experimentado algo sobrenatural porque sé que ese alguien lo cree pero creo también que, cualquiera que sea la cosa que defiende, no ocurrió. Soy el que tiende a tomar el bando hescéptico en discusiones filosóficas y hablo con frecuencia en términos hilustrados y positivistas. No me parece que la realidad sea aburridora en lo más mínimo, pero tampoco soy de los que defienden las maravillas asombrosas de la naturaleza; de esos que le dicen a las personas religiosas que es más bello pensar el mundo en términos científicos que míticos. No, siempre que interpreto lo hago pensando en ficciones y quisiera explicar a qué me refiero con eso.

Una de las ideas que más me llaman la atención es pensar que algo es irrelevante cuando aparenta ser todo lo contrario. Recuerdo, por ejemplo, un pequeño orgasmo durante una clase en la que Gustavo Chirolla entabló un diálogo hipotético entre Descartes y Spinoza. Gustavo es grosero y gritón cuando se emociona y en pleno embale se burló del dios maligno de Descartes, ese que puede estar simulando un mundo falso en todo momento sólo para cagarse en la ostia. No recuerdo las palabras exactas que usó. Pero básicamente le gritó a Descartes que si ése fuera el caso sólo habría de importarnos el día en el mundo dejara de ser como es. Por lo pronto, no importa si esta es la realidad real o si estamos conectados al matrix de un dios aguafiestas. ¿Se alcanza a ver lo bello que resulta esa respuesta? Ridiculiza la pesquisa del filósofo francés y simultáneamente equipara dos escenarios radicalmente opuestos. En uno somos los testigos de la realidad y en el otro somos las ratas de laboratorio de alguien que nos engaña y probablemente se ríe mientras tanto.

A lo que voy es que, durante la gran mayoría del tiempo, creo que la verdad es un criterio válido para juzgar el mundo y le reprocho constantemente a ciertos discursos precisamente el hecho de que los considero falsos. Sin embargo, me doy cuenta de que sólo vale la pena hablar de verdad allí donde no es obvio que algo sea verdadero o falso. El argumento entonces es el siguiente: si sólo nos tomamos la molestia de preguntarnos por la verdad de las cosas cuando no la conocemos, entonces aquello que finge ser verdadero es verdadero porque sólo podemos juzgar su retórica. Puede que suene culísimo y que sea una versión academizada del refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” pero no deja de ser muy interesante que resulte tan fácil entrar en el campo del como si. Por ejemplo, no creo que el futuro esté predeterminado (entre otras porque la ilusión de caos y libre albedrío haría que no importara si ése fuera el caso) pero el destino me parece una de las ideas más bellas que hemos concebido. Mi tesis es una disertación extremadamente específica en la que argumento que Rayuela no es una obra tan abierta como todo el mundo dice que es. Después de cien páginas concluyo que Rayuela sólo puede fingir que es un libro perfecto porque de hecho no lo es. Se contenta con lograr semejante ilusión -quiero exagerar- a la perfección y eso es acaso más bello que un libro verdaderamente infinito. Si nos atenemos a un examen minucioso, Rayuela no está hecha para ser leída en cualquier orden. El sólo hecho de que lleguemos a creerlo, sin embargo, es francamente genial.

Súmese a esto que durante un tiempo estuve leyendo sobre teoría de juegos y me encontré con definiciones que encajaban perfectamente con esquemas que hablan explícitamente de artificios y diversión. Me di cuenta de que el campo de juego constituye una realidad artificial que se impone por encima de la realidad real y que el pensamiento, por lo tanto, es también un juego. Y es que seguimos las reglas de los juegos porque se nos da la puta gana respetar un orden artificial en la medida de que nos divierte. Cuando el balón sale de la raya, los jugadores lo tocan con la mano y atraviesan un verdadero portal. Luego vuelven a cruzar ese límite y otra vez el mundo se reduce a patear el balón para que entre en una red. Frase genial que no veo como integrar a este texto: el aguafiestas no es el jugador que hace trampa pues éste respeta las reglas lo suficiente como para hacer creer que las sigue; el aguafiestas es el que denuncia lo absurdo del juego, el que no quiere jugar.

El resumen de todo esto es más o menos así. El mundo es bastante aburrido*. Por mucho que cuestionemos la causalidad, cada vez que suelto un objeto al piso, el maldito se cae. Lo poco que ha logrado decir la ciencia es de hecho tanto que casi nos encierra. Sin embargo, tenemos la habilidad de interpretar las cosas y eso pone varios planos sobre la sólida base de lo que percibimos como verdaderamente verdadero. Decimos que el mundo es como si fuera esto o aquello y los elementos que interpretamos para decir esas cosas efectivamente se prestan para que parezcan distintos, al punto que se vuelven distintos. La gracia está en pensar en metáforas y lograr con ello una aprehensión distinta de lo real.

Ahora bien, hay gente que olvida que está jugando. Veo a los supersticiosos, a los religiosos, a los místicos, como jugadores de fútbol que interactúan con el mundo usando sólo los pies. Me siento obligado a jugar de nuevo el papel del escéptico porque no entiendo cómo es que no podemos aceptar los pocos hechos que hay. Sé que esto suena terriblemente intolerante pero estoy hablando de que el agua moja, el pasto es verde y las cosas se caen al piso. El cristianismo es fácil de rechazar porque tiene el descaro de ser desagradable, pero me siento incómodo cuando alguien me habla de cosas cool como el I Ching porque no puedo jugar cuando los demás se lo creen de verdad. Busco entonces interpretaciones que no estén demasiado habitadas. No es que quiera ser original o exclusivo, sino que resulta imposible jugar a ser flexibles con gente que se asentó en uno de los como sís. El espacio que me llama la atención, entre los hechos y las mentiras congeladas, tiene la forma de laberintos, fractales, espejos, narraciones, metalenguaje, convenciones sociales y cosas que parecen naturales pero se revelan contingentes. En últimas, esquemas que ponen en escena la potencia del pensamiento, que alcanzan a insinuar una configuración distinta de lo real.

*Es flagrantemente exagerado decir que el mundo no es interesante en el orden de los hechos. Que la materia sea 99% vacía es ciertamente fascinante. Los confines del universo, las paradojas matemáticas y los puntos ciegos de las teorías son algunos de varios ejemplos. Ni siquiera es necesario hablar en términos de singularidades. Hace poco me enteré de que los cuchillos funcionan por presión. Me pareció loquísimo pensar que los cuchillos no cortan sino que concentran el peso. Digo mundo entonces en el sentido de lo que conmúnmente percibimos. Si acaso es menos insípida la idea de que siempre nos duele pegarnos contra una pared porque la misma no es sólida, es gracias a los juegos del pensamiento. En la práctica estamos “diseñados” para percibir la ilusión de solidez como un dato sensible porque es fácil y útil.

Inception: De porqué gira el trompo

25 agosto, 2010 § 1 comentario


A continuación el primer intento de una critíca cinematográfica. El tono ligeramente formal se debe a que escribí el texto para Hoja Blanca (aunque lo van a publicar para cuando Inception llegue a TNT); y el tono ligeramente informal se debe a que quiero parecer chévere.

Inception: De porqué el trompo gira

Cita de Borges

SPOILER ALERT!

Todos recordarán la escena final de Inception. Cobb llega por fin a su hogar, prueba su tótem para confirmar que no se trata de un sueño, pero sus hijos lo distraen y sólo la cámara se preocupa por el trompo que sigue rodando en la mesa. El tótem titubea un instante y antes de que podamos determinar si se va a caer, la película termina. En ese momento, el público se ríe porque acaba de seguir a los personajes de Inception a través de cuatro sueños, cada uno inmerso en el anterior, y simplemente no tiene energía disponible para concebir un quinto nivel. Sin embargo, la discusión posterior inevitablemente se vuelca hacia este último instante. ¿Acaso todo lo que vimos en Inception era un sueño?

Devin Faraci, crítico de cine gringo, escribió un excelente artículo sobre Inception en el que afirma precisamente eso y lo conecta con una tesis interpretativa francamente genial. Mucho de lo que sigue a continuación lo encontrarán acá, pero no es mi culpa que el hombre tenga razón y conviene esbozar los argumentos que presenta.

Así pues, la interpretación que defiende Faraci se divide en dos tesis. Primero: todo en Inception es un sueño. ¿Notaron, por ejemplo, que Mal está sentada en el balcón del edificio de enfrente cuando se va a suicidar? ¿Cómo llegó ahí? El trompo es la última de varias señales que insinúan la irrealidad del primer nivel, es la que nos invita a recopilar la evidencia y cuestionar lo que creíamos en un principio*. Segundo: por sueño debe entenderse ficción y, en últimas, cine. Hay una red alegórica muy precisa hecha a partir del papel que juegan los miembros del equipo de Cobb. Las funciones que tiene cada uno reflejan los aspectos principales de la producción de una película. Arthur hace toda la investigación necesaria para coordinar el trabajo, él es el productor; Ariadna sueña la arquitectura de los mundos, ella es la guionista; hay un actor, Eames, que está explícitamente señalado; y por su parte, Yusuf, el químico, representa a la gente que hace posible todos los aspectos técnicos de una filmación. Por si esto fuera poco, Saito, con su bolsillo sin fondo, personifica a los empresarios que financian las películas.

Un millón de pequeños detalles resultan maravillosos a la luz de esta interpretación. El hecho de que utilicen música para manejar los tiempos dentro de los mundos creados, por ejemplo, o la idea de que el soñador sospecha cuando el sueño no es verosímil. Ambas cosas funcionan dentro de la película y ambas también nos hablan del cine. En ese sentido, es gracioso que acusen a Saito de ser un turista. Efectivamente, la gente que pone la plata no tiene porqué meterse en la película y parece que lograron hacerlo con todo el plomo que se disparó en el mundo de nieve. Y el mejor de los ejemplos: Cobb, el director/autor, es el único que trae elementos suyos a los mundos soñados.

Ahora bien, muchas películas permiten lecturas alegóricas y sería injusto decir que Inception es maravillosa sólo gracias a esto. Al contrario, Inception pone en escena aquello que la justifica, presenta al cine en todo su esplendor. Las películas, recordemos, son un espacio en el que podemos jugar para perfeccionar la realidad. Allí la fotografía está minuciosamente pensada y por ello las imágenes que vemos superan a la pobre composición de la realidad. En el cine todos los elementos son necesarios, no caóticos ni carentes de relación; la ironía se manifiesta con frecuencia; los diálogos son punzantes y memorables. En su peor versión, el cine nos muestra gente bonita y eso también es una suerte de idealización. En los mejores casos, sin embargo, se puede ir más lejos y eso es precisamente lo que ocurre en Inception. Gracias a la premisa de sueños colectivos, el tiempo y el espacio se distorsionan. Vemos laberintos que ocupan ciudades enteras, grabados de Escher en pleno movimiento, hoteles sin gravedad y ciudades simétricas. Acaso la escena más memorable de Inception es aquella en que Ariadna experimenta con las calles de París. Cada sueño es más lento que el anterior y, en últimas, toda la revelación de Fischer ocurre en dos segundos de su viaje a Los Ángeles. Hubiera sido fascinante que en la secuencia de cortes mostraran a Fischer durmiendo por una fracción de instante mientras se caía la camioneta, mientras Arthur ponía explosivos en un ascensor, mientras Eames luchaba en la nieve, mientras Cobb confesaba que Mal se suicidó por una idea que él le sembró.

Por otro lado, también son muchas las películas que explotan las posibilidades visuales del cine. Pero Inception cuenta con un guión formidable y eso claramente no ocurre con producciones tan comerciales. De hecho, no ocurre casi nunca. Acá la alegoría cinematográfica funciona tan bien porque más allá del juego con imágenes, Inception juega en distintos planos con sus propias ideas; son como una imagen en medio de dos espejos. El tiempo tiene la estructura de un fractal; los espacios son laberintos en medio del laberinto narrativo; la banda sonora está hecha a partir de la canción que escuchan los personajes. Más aún, en la trama queda plasmada la catarsis propia de la ficción. En otras palabras, el guión, siendo una historia elaborada y completa, es también una reflexión sobre aquello que nos atrae de las películas. Es verdaderamente conmovedor el momento en que Fischer encuentra el ringlete al lado de su padre agonizante, como lo es también el modo en que Cobb logra resolver sus conflictos. La más clásica de las narrativas adquiere un relieve particular por la belleza del mensaje; que Fischer somos nosotros, que llorar y conmovernos con un artificio no le resta realidad a ese momento. La noción de plantar una idea en la mente de otra persona, dicho sea de paso, es extraordinaria y acaso es eso lo que logra Inception. El mismo trompo que sirve para sembrarle una idea a Mal, sirve también para sembrar en nosotros la duda que lleva a este tipo de reflexiones.

Volvamos entonces a la escena final. El corte repentino lo dice claramente: es irrelevante que el trompo caiga o no caiga y en cambio es perfecto que la película no se decida por ninguna de las dos opciones. El énfasis está en que Cobb logra ver el rostro de sus hijos y que en esa imagen del trompo en movimiento se reúnen todos los planos de Inception. No hablo de sueños dentro de sueños, sino de las escenas, el guión, las ideas que pueblan esta película; hablo del modo en que este metarrelato teje sus distintos elementos. Entonces sí, buena la peli.

*Mucha gente se quejó de que los sueños son demasiado lógicos y que no se parecen a lo que experimentamos en realidad. Lo gracioso de esa queja es que la supuesta realidad de Inception tiene lógica de sueño. La gente que persigue a Cobb aparece de la nada; los extraños maletines son casi mágicos; la llamada telefónica que exonera a nuestro héroe es sorpresivamente eficaz. Nótese también que Saito logra dañar el avión privado de Fischer y compra, de un momento a otro, la aerolínea que usará el empresario australiano, aerolínea que para colmo viene con azafata cómplice incluida. En Inception los elementos únicamente narrativos son intencionalmente borrosos, como la persecución que ocurre en Mombasa. Puede que los sueños de Inception no tengan incoherencias excesivas o que sean particularmente asexuados, pero es porque están hechos para simular la realidad. En efecto, los sueños que confunden son los más verosímiles.

Instrucciones para escribir un buen blog

24 agosto, 2010 § 1 comentario


Nadie habrá dejado de observar que los estudiantes de literatura que hicieron doble programa con filosofía en la Javeriana y trabajan ahora como profesores de colegio mientras atraviesan una crisis por la incertidumbre de su futuro laboral tienen con frecuencia ganas ubérrimas de hacer algo. Ese algo, claro está, es escribir un blog. Porque existen deseos de estudiar cine, hacer música, viajar y desarrollar otro tipo de habilidades, pero típicamente todo esto no es más que una pantalla cubriendo la necesidad de escribir artículos disímiles en Internet.

Hay varias cosas que deben tenerse en cuenta al momento de enfrentar el reto en cuestión. Ante todo, el blog debe ser bueno. No necesariamente popular, como bien saben estos personajes gracias a su experiencia en Twitter, pero sí algo que satisfaga las mencionadas ganas ubérrimas de escribir; textos dignos de ser escritos si bien no siempre dignos de ser leídos. Para lograr semejante objetivo las claves son de breve y fácil enumeración.

No debe ser un espacio dedicado a la sobreexposición de aspectos personales. Los tintes autobiográficos han de filtrarse debidamente a través de referencias culturales, ideas recurrentes y la peculiaridad propia de los temas elegidos. Conviene, empero, contextualizar los artículos del blog con anécdotas escritas en primera persona. Si ocurren hechos dignos de mención, como el típico viaje Turquía o resultados favorables en los torneos nacionales de go, no está demás incluirlos a manera de reporte. Ahora bien, en la medida de lo posible, todo post debe vender una idea. Y es preciso encontrar un balance adecuado entre las ideas argumentadas explícitamente y aquellas puestas en escena. En cuanto a los temas tratados, se recomienda orbitar el concepto de ficción. Procure escribir sobre cine, literatura, juegos y esquemas interpretativos de lo que sea el caso. Mucha suerte y no se desanime.

Prefacio

23 agosto, 2010 § 4 comentarios


Muchos años después, frente a la pantalla de un computador, habré de recordar aquel remoto día de hoy, que para ti, lector, ya es pasado y que para ese entonces será distante. No sé qué pensaré de esa frase inicial. Por lo pronto, comienzo así un blog con la esperanza de que sea un espacio en el que pueda publicar buena parte de los escritos que me separan de aquel día incierto. Prometo que olvidaré este párrafo con el fin de darle más fuerza al momento en que lo lea y prometo también que habrá suficientes escritos como para que ese recuerdo sea significativo, no half a page of scribbled lines ni un motivo de cortedad.

No me aguanto las ganas de justificar este espacio (eso incluye alinear el texto en ambos márgenes) y siento cierta obligación de presentarme. Procuraré suprimir ambos impulsos porque he dilatado demasiado la apertura de un blog debido a la vergüenza que me produce el modo en que este tipo de mecanismos se emplean para producir vergüenza ajena. Solamente aclaro, por lo tanto, que los textos que se encuentren acá serán pequeñas reflexiones sobre temas de conversación. Si todo sale bien, las personas que hablen conmigo y lean estas páginas se aburrirán de alguna de las dos cosas.

No siendo más, nos vemos mañana.

¿Dónde estoy?

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