Paréntesis

20 septiembre, 2010 § Deja un comentario


Me largo para Turquía y procuraré escribir uno o dos posts desde allá. Así pues, (

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Cónlogo diaversado

12 septiembre, 2010 § 1 comentario


Santiago:  ¿Te molesta que te diga Estraggon?

Estraggon: Es un poco raro, pero para el caso es preferible eso a que me llames Santiago u otro nombre, como Truman.

S: ¿Y que te tutee?

E: Tampoco; la otra opción es más incómoda.

S: Vale. Cuéntame, Estraggon, ¿Qué opinas del arte de la conversación?

E: Sé que es un tema que me interesa mucho, luego diría que mi opinión al respecto es vehemente, pero no estoy seguro de saber cuál es esa opinión. A mí también me gusta usar la palabra “arte”. Creo, por ejemplo, que poder conversar bien con alguien es una de las cosas que más me importan en una amistad. Sin embargo, no sé qué decir, ¿que preferiría conocer a Cortázar a conocer a Einstein o a Jesús? Es más, todo el mundo piensa que las conversaciones son importantes. Que yo lo diga no es suficiente para insinuar hasta qué punto considero que de eso es que se trata (la vida misma). Hay veces en las deja de interesarme lo que dice otra persona por la cantidad de muletillas que usa. Pero me temo que eso habla más de mí como mala persona que como conversador.

S: Para eso estoy acá; para ayudarte a desenredar este asunto. Tengo entendido que querías grabar una conversación con Bruja antes de que se fuera.

E: Sí, cómo no. Grabar y editar, porque en la segunda palabra está la clave.

S: Cuéntame más sobre eso.

E: Pues bien, Bruja (un amigo) me pidió que lo acompañara a la (Universidad) Nacional porque lo iban a entrevistar en un programa de radio, en calidad de psicólogo experto. Siendo él algo que no es exactamente experto en psicología y tratándose, consecuentemente, de un programa de radio informal, resultó que tanto los entrevistadores como él insistieron en que sería divertido que participáramos ambos. Yo haría el papel de experto en literatura y filosofía; es decir -y óigase tamaña falacia- experto en la condición humana.

¿Te estoy aburriendo con esta introducción?

S: No, pero quizás aburres a los lectores.

E: ¿Lectores?

S: Si preguntaste lo que preguntaste es porque sabes que hay lectores.

E: Ahora que lo pienso, “consecuentemente” es de esas palabras que se escriben pero no se dicen.

S: Ahora que alguien escribe que a mí se me ocurren cosas, lo mismo pasa con “ahora bien”. De hecho pensé en decirte “Hágase el bobo”, mientras hacía cierta cara y ponía cierto tono. Noté incómodamente cómo no se podía. Pero continúa. Seguro que ya perdimos un  par.

Ambos hacen silencio y miran a su alrededor.

E: En fin. Entramos a la cabina para ser entrevistados y pasó algo maravilloso. Una vez superamos el nerviosismo inicial, fue tremendamente divertido fingir un diálogo en frente del micrófono. En cierto punto logré decirle a Bruja, “Bruja”. Ambos jugamos roles distintos y lo más bello es que planeamos y recreamos una conversación que ya habíamos tenido sin que por ello dejáramos de improvisar.

(¿Se puede poner punto a parte?)

No estoy seguro de que haya quedado bien el programa. Han pasado varios meses y nunca lo sacaron al aire. Cosa digna de mención, además, porque los programas que he oído buscando el nuestro son malísimos. En ese entonces, ignorando aquel penoso dato, pensamos que salió genial. Salimos embalados -edítese después- con ganas de oírlo y ganas de hacer conversaciones que no fueran sobre vida y salud. Así pues, llegamos a la casa con el plan concreto de grabar una conversación y editarla.

Estraggon interrumpe su párrafo y cambia de expresión para comentar algo.

E: Perdona que insista. Es imposible ser lo suficientemente breve. Hay toda una desproporción entre la extensión de lo que se escribe y lo que se dice. Lo de Inception, por ejemplo, salió larguísimo y aún así es demasiado corto como para ser emocionante o chévere. Como quien dice, un post que no es ni chicha ni limonada. Aproveché para hacer una clase con mis niños en la que decía exactamente lo que luego escribí en ese post y se embalaron como nunca lo hará un lector del mismo. La charla duró más de una hora, claro, pero es que hablando se puede poner atención como nunca podría un lector que se encontrara con suficientes palabras en un post de un blog como para cubrir toda una hora de lectura. Tan sólo esa frase debió haber sido complicada.

S: Estoy seguro de que los lectores serán algo más pacientes viendo que en lugar de párrafos están leyendo un diálogo. Me preocupa más que digas “ni chicha ni  limonada” a que hagas una introducción al tema que aquí nos reúne.

E: Bueno. La historia ya casi termina. Llegamos al apartamento de Marciana (su novia). Qué pena. ¿Importa que hable de gente que el lector no conoce?

S: Luego se edita.

E: Llegamos luego al apartamento Marciana y no hubo tiempo para grabar la dichosa conversación. En este momento Bruja está en Filandia leyendo este blog. No lo veo hace meses y dudo mucho que lleguemos a realizar la grabación, pero me quedó sonando esa idea. De hecho, estoy pensando en dedicarle un post de esos que llevan la categoría de “proyectos” (acaso para aceptar que nunca lo haré).

S: ¿Y por qué te agrada tanto?

E: La gracia de improvisar está en sorprender al otro y sorprenderse a uno mismo. Para conversar rico es necesario saber improvisar. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que los grandes momentos se deben a grandes frases y éstas son infrecuentes. No me refiero a cosas que luego sean citables o siquiera dignas de un tuit. Hablo de la frase perfecta en el momento perfecto. El plan entonces es condensar las conversaciones. Hacer que las frases geniales aparezcan en cada momento, que hasta los puentes entre una y otra estén bien logrados.

Lo ideal sería hacer un guión lleno de diálogos; escribir una obra de teatro o acaso una novela hecha de gente en cafés. Efectivamente, una de las cosas que más me atraen del cine es esa posibilidad de refinar nuestra vida cotidiana. Sin embargo, no es casualidad que los diálogos más llamativos sean cortos. Date cuenta de que, en el mejor de los casos, este texto que ahora dialogamos será interesante, pero no podrá ser verdaderamente gracioso o dinámico. Es ridículamente difícil escribir buenos diálogos. De eso te habrás dado cuenta en este punto. Pero el problema va más allá. Por bien que queden, es diferente conversar a decir cosas chéveres. En este preciso momento tú te estás borrando. Pareces más un interlocutor de Sócrates, diciendo, “Sí”, “No”, “Efectivamente”, que alguien hablando conmigo. La culpa no es tuya, es del formato.

S: Pero las conversaciones tienen turnos y tiempos. Todavía no entiendo lo que me quieres decir y ya afirmas que no he hablado. Tres páginas allá en Word o un cuarto de pergamino acá en blog; si lo piensas bien, no es tanto.

E: Ése es precisamente mi punto. Dejémosle los breves performance a los personajes de las películas que nos gustan. Lo que yo quiero es atiborrar una conversación de aquello que la hace conversación. Que dos horas se vuelvan veinte minutos así como cientos de páginas se vuelven tan sólo unas cuantas.  Quiero hablar con Bruja, Dániel o Marciana, ojalá con los tres, y que de eso salga algo que sea agradable escuchar.

S: ¿Sabías que los de Can se ponían a improvisar por horas y luego editaban las grabaciones para que el resultado fuera una canción genial de varios minutos?

Estraggon grita que sí, que iba a decir eso mismo. Había preparado una frase igual de torpe cuando Santiago se le adelantó. No escribiremos esas risas y alegrías, se verían horribles llenas de signos de exclamación.

 

 

 

Ética pelética peluda

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


En los últimos días tuve una suerte de epifanía ética, si es que en temas tan recurrentes y recorridos caben esas cosas. Comenzó a sembrarse cuando a un amigo le robaron su iPod en la calle. De esto hace ya varios meses, pero esa noche tuvimos una discusión muy interesante y, desde entonces, he repetido un mismo argumento varias veces. Contemplando la rabia y el dolor de mi amigo en cuestión, llamémoslo Daniel, se dijo que es menos lo que duele el iPod perdido que la sensación de haber sido robado. En efecto, si Daniel lo hubiera dejado en un bus, por mucho que se hubiera autoflagelado al respecto, el impacto no hubiera sido igual. Daniel me llamó y vino a mi casa a ponerse triste y a difamar a la madre del ladrón desconocido. Se sumó al objeto perdido algo intangible pero infinitamente más grande: la fe en la humanidad, que en ambos tanto se debilitó.

Ésa fue la epifanía pero no llegó sino un día en que mi actual novia, a quien le diremos Leonor, invitó durante todo un mes a un mexicano desconocido para que viviera en su casa. El sujeto éste, Rafael, por decirle de alguna manera, era alguien lo suficientemente cercano como para intuir que no era un psicópata, pero lo suficientemente distante como para que esa invitación implicara un enorme acto de fe. Piénsese que Rafael, todo un tuitero pornográfico, podía ser cualquier cosa desde mamón hasta asesino. Lo bello entonces es que la confianza de Leonor en la humanidad se puso en juego. Ante la menor infracción, la menor picardía, mi novia actual dejaría de serlo y se mudaría a Vanuatú, para vivir con gente decente y no este país que tanto nos duele. Más aún, se mudaría a Vanuatú sólo porque Marte no está disponible. Cualquiera que fuera el daño material o emocional de un comportamiento inadecuado por parte de nuestro tuitero Rafael, hubiera sido infinitamente menor que el daño hecho a nuestra frágil, delicadísima, fe en la humanidad. Ustedes dirán -No, si la viola el acto hubiera sido en sí mismo peor que cualquier fe quebrantada-, pero simplemente hubiera hecho un daño proporcionalmente mayor a la misma; hubiera sido catastrófico en términos de fe colectiva. Desde Leonor, nueva habitante de Marte por el dolor y la rabia, hasta todo aquel que hubiera tenido que escuchar tan trágica anécdota: todos nos hubiéramos convertido en personas un poco más egoístas, más mezquinas. Ya veo a la gente diciendo, ya me veo a mí mismo diciendo, que no se puede confiar en nadie. Rafa resultó siendo un amor y con ello reafirmó la idea de que la humanidad vale la pena. Regaló libros, compartió ideas, contó anéctodas, explicó la letra de Chilanga Banda, fue amable.

Pienso ahora en el poder de la confianza. Hay dos millones de razones para argumentar que es importante preocuparse por ser un buen ser humano. Las hay prácticas, como que nadie sabe hacer un malparido computador y, si alguien supiera, no podría hacerlo solo. Súmese al trabajo colectivo de aquellos que saben hacer plástico, el de los otros que saben programar sistemas, éstos de acá que saben hacer pantallas y los otros tantos que conocen sus respectivos etcéteras para que yo pueda escribir este texto en un computador. No se puede ser demasiado enfático en esto. Una hora de luz equivale a siete horas de trabajo y haciendo las cosas juntitos y coordinados hemos reducido esa cifra a menos de un segundo. En centésimas de segundo trabajo lo suficiente como para recibir una hora de luz. Hay razones emocionales: se siente bien hacer cosas buenas. Por poco habría que decir: se siente bien sentirse bien. Hay razones casi abstractas, como afirmar que todos los demás son tan importantes como yo. Porque aunque no estén lo suficientemente cerca como para que me importen, con el pensamiento debo imaginarlos en su debida proporción.

La mejor de las razones, no obstante, es la potencia tan increíble que tiene el altruismo. Recuerdo una película, mala y jarta, que pone en escena esta potencia formidable. Nuestros bellos traductores le dicen Cadena de favores, creo que se llama Pay it forward. A un grupo de niños le piden que diseñen un sistema para cambiar el mundo y uno de los mocosos crea una cadena de favores (de ahí el espectacular título). Las reglas del sistema son sencillas. Hágale un favor a tres personas lo suficientemente grande como para que se conmuevan; traduzco, devuélvale la fe en la humanidad a tres personas. Cuando éstas expresen su gratitud, dígales que el favor se paga hacia delante (de ahí el otro y también brillante título). Las tres personas tienen la motivación para conmover a otras nueve, las nueve, para conmover a 27 y así tetraexponencialmente. Si me gasto un párrafo hablando de esto es porque la idea es brutal. Imagínense, podríamos cambiar al mundo entero en quince días. Lo “único” necesario es buena voluntad y diligencia. En la película mencionada hay carros regalados en plena calle, hogares ofrecidos, vidas salvadas y un montón de situaciones cotidianas pero aprovechadas que permiten aproximarnos a otro e invitarlo a que haga lo mismo.

Entiendo que todo sería más fácil si fuera posible hacer un borrón y cuenta nueva. Somos demasiado rencorosos y desconfiados porque hemos sido ya ratas y malparidos. Ahora bien, demorarnos más no es algo terrible y tampoco importa que nunca lleguemos a ser todos buenos con todos. El punto es que la gente piensa que colarse aquí, robar algo allá, molestar a esta persona, o forzar la indiferencia no es tan grave. Y en cierta medida tienen razón. Para mí mi celular vale menos de lo que vale para aquel que me lo quita. El problema, sin embargo, es que la puta fe en la humanidad es demasiado frágil. Cuando mis alumnos se portan mal, pierdo las ganas de dar clases; cuando se colan en Transmilenio siento que este país no vale la pena; cuando secuestran, me dan ganas de que echen plomo; cuando me roban me dan ganas de que haya limpieza social. Dicho al revés, me sentí capaz de ser amable cuando Rafa se fue; me siento tranquilo y dispuesto sabiendo que no tengo que esconder mis cosas cuando voy a trabajar. ¿Qué sentiría si me invitaran a cambiar el mundo, si me cedieran una silla en Transimlenio cuando tengo sueño?

Pienso ahora en lo que sería realizar una marcha para liberar a los secuestrados que no fuera en la séptima, sino en el puro monte, tocando puertas y pidiendo un cambio. Pienso en que los gringos pidieran perdón ante el mundo islámico por la cantidad de crímenes perpetuados en el Medio Oriente. Pienso en Israel admitiendo que la cagaron. Pienso en Estados Unidos cambiando toda su economía, pasando hambre y penas para dejar de cagarse el planeta y pienso en otros países colaborando para que esa transición no fuera tan grave. Políticas de inmigración amables, asistencia internacional que no fuera esclavitud. Tantos actos que harían más impacto por la pura voluntad que por el resultado concreto.

Bien es sabido que no hay reglas universales. Sin embargo, la cagamos menos cuando nos preocupamos por cagarla menos y cuando estamos dispuestos a revisar nuestros actos con el fin de descagarla o justificarnos si viene al caso. Obviamente no abogo por amar a toda la humanidad (hay gente que no quiero ni ver), tampoco digo que pongamos la otra mejilla. Nada más reconocer a los demás y preocuparse por tener menos roces; tan sólo ser capaces de decirle al otro que la cagó en lugar de vengarnos y olvidar los choques cuando ya no conviene manifestar nuestro descontento. En fin: cuidemos nuestra fe y la que los demás puedan tener en la humanidad porque hacemos más daño dañándola que el daño particular que hacemos.

Introducción a otras entradas*

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


Como muchos, llevo un par de años acumulando ideas de cosas que me gustaría hacer y/o encontrar. Por supuesto, a la hora de la verdad (y como muchos también), mi obra visible se reduce a una tesis de pregrado, un playlist, cierta canción mal grabada y acaso este blog**. La obra invisible, la interminablemente heroica e impar, está compuesta de ideas nunca realizadas. No nos engañemos: sería falsa modestia decir que no me fascinaría ver estos proyectos bien logrados, pero sería mucho exagerar si añado que mis obras imaginarias serían de hecho buenas o si quiera no pésimas.

El problema está en que hay todo un abismo entre hacer y planear, cosa bien sabida. Me contradigo de manera evidente cuando, dando clases sobre escritura, señalo con vehemencia que lo importante es el proceso mismo. Pienso incluso que la escritura sólo ocurre en el momento de la edición. Y recuerdo, con preocupación y convencimiento, la siguiente frase de algún escritor famoso. “Lamentó mucho haber pasado toda una dácada pensando en escribir y no escribiendo” (Seguro la cita original es más amena).

Así pues, descaradamente me conformo con planear porque me emociona y me da la sensación de que hacer algo bueno no es tan difícil como parece. Digo a veces “manos a la obra” y me voy de jeta contra el fondo del mencionado abismo. Para colmo, me miento con la idea de que sólo me interesa hacer reseñas de libros falsos, como ocurre en los cuentos de Borges. De esa mentira, dicho sea de paso, surgió este post. Me debato ante la perspectiva de escribir algunas de estas ideas. No porque me dé miedo revelarlas, ni pendejadas semejantes, sino porque no estoy seguro de que valga la pena leerlas. Sin embargo, habíamos dicho más abajo -porque los blogs, además de ser pergaminos insufribles, están al revés- que el criterio no era ése. Entonces sí, lo haré. Tendré una pequeña categoría de proyectos no realizados y si acaso me aburro escribiéndolos, será porque no son tan chéveres después de todo.

Ya para terminar, vi una charla de TED en la que el expositor argumenta que es mala idea contar los sueños no realizados. Básicamente, dice que al compartir nuestros proyectos sentimos una aprobación que simula la sensación que queremos lograr. Por culpa de esto, nos sentimos más satisfechos y tenemos menos ganas de llevar a cabo dichas tareas. Siento que me diagnosticaron.

*Tanto la palabra “entrada” como la palabra “post” me molestan.

**Se podría decir que el otro Santiago a duras penas existe.***

***Al principio el blog se llamaba Santiago y yo. La nota al pie era una referencia a ese otro y flojo nombre.

¿Dónde estoy?

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