Fuck LOST

25 octubre, 2010 § 2 comentarios


Hoy amanecí, por obra y gracia del Señor, con ganas de despotricar sobre LOST. ¡Seis años a la mierda! ¿Y qué tal la propaganda melancólica que ponen en AXN con imágenes que, lejos de despertar nostalgia, reviven la decepción?

Sé lo que algunos de ustedes están pensando, que el bobo soy yo por dedicarle tiempo a semejante pendejada. Tienen razón, pero recuerden que siempre hay una historia detrás de cada gran error. Nuestros descaches memorables sólo se revelan como tal cuando es demasiado tarde.*

Desde el principio hubo capítulos pésimos. Recuerdo, por ejemplo, que la inteligencia emocional de los personajes era paupérrima. Todos, absolutamente todos, eran tercos. Pero la mayoría de los capítulos eran bastante buenos. Hubo rachas que llegaban hasta cinco episodios excelentes en línea y los finales de temporada nunca decepcionaban. La producción además era genial. Sin embargo, la clave de ese encanto irresistible que permitía ignorar todo lo que era flojo siempre estuvo en la idea del misterio que vendía la serie. Estamos hablando de una prospecto francamente excitante. No se trataba de revelar cuál era el asesino o el magnifico plan de los personajes. Era una promesa de proporciones colosales: resolver un enigma tan grande que ocuparía más de cien horas en revelarse por completo. Las piezas del rompecabezas, para colmo, no bosquejaba ninguna figura. Había osos polares, estatuas con cuatro dedos en los pies, barcos atascados a kilómetros del agua y nos repetían con vehemencia que todo lo que estaba ocurriendo tenía una razón de ser. No me refiero a las entrevistas que daban los productores, sino a las casualidades exageradísimas que insinuaban la más arrogante de las ideas: el destino, la armonía narrativa.

En cierto punto llegué a pensar que la idea de una serie así era tan genial que lo extraño era el tiempo que nos había tomado llevarla a cabo. Hacer algo perfecto, planeado hasta en el último detalle, que exigiera años enteros de esquemas y discusiones por parte de los creadores. Una Invención de Morel que, como el libro, no estuviera restringida a las dos horas que permite el cine.

Lo que terminó de comprarme fue el buzz que había en Internet. Lostpedia tenía decenas de miles de artículos. Las teorías de los fans hacían justicia a esa promesa de un misterio inmenso y, lo que es más, la historia daba pie para una especulación meticulosa y enfermiza. Si en la serie mostraban un mapa, en Internet había una foto ampliada y se veía que el mapa correspondía perfectamente con la narración. Hasta los periódicos en LOST decían lo que debían decir.

Pero pasó el tiempo de abrir incógnitas y llegó el tiempo de comenzar a cerrarlas. Entramos a la cuarta temporada y con ella al declive. No es que la serie perdiera calidad como le pasó a los Simpson, es que la mitad de la calidad inicial era fingida. Dos estrategias comenzaron a anunciar el fracaso. La primera consistía en resolver las cosas a medias. Nos decían algo que necesitaba un complemento y luego lo dejaban atrás hasta que el tiempo diera la ilusión de que el asunto quedó aclarado. La otra era rellenar por todas partes con historias culas e irrelevantes en las que se iba perdiendo las proporciones la serie. Lo trágico es que mientras se reventaba esta burbuja, mientras se caía la fachada que nada tenía detrás, en Internet las teorías de los fans lograban tejer ese reguero inmundo con alternativas coherentes e interesantes. Pero no, los bobos éstos se empeñaban en contar su cuentucho barato. Declaraban a diestra y siniestra que todo iba acorde al plan, jugaban a alcahuetear la sobreinterpretación de los fans pero cambiaban de esquemas constantemente e introducían elementos cada vez más sacados del culo. La estatua estaba destruida porque el barco de madera, oígase, de madera, había chocado contra la cabeza de ella llevado por un Tsunami, oígase también, que lo dejó casi intacto en la mitad de la isla.

Cuando llegó el final ya no esperábamos perfección ni magnificencia, tan sólo decoro. Pero el resultado fue peor de lo que cualquiera se pudo imaginar. No hubo respuesta al misterio. No la hubo en ningún sentido. No es que lo dejaran abierto para que el espectador reflexionara; no, se preocuparon por ser contradictorios y ridículos. Se preocuparon por cagarse en el misterio. El final es tan absurdo que pudo haber sido el final de cualquier otra serie, luego ni siquiera fue una mala solución. Pero agarrate que el resumen va así: todos se mueren y se encuentran en el purgatorio. Una realidad posterior en la que resuelven sus conflictos y se encuentran en una iglesia para ir juntos a la siguiente etapa. Porque no basta con cagarse en todo el encanto, hay que ser patéticos, melosos e incluir el Cielo. En cierto punto, alguien aclara, como si eso explicara por qué hicieron un purgatorio juntos, que el tiempo que pasaron en la Isla fue el más importante en sus vidas. ¡Pues obvio güevón!, mataron gente, vieron amigos morir. ¡Y viajaron a través del puto tiempo!

En últimas el final sí fue revelador. Dejó claro que nunca fueron serios al momento de establecer los elementos de la serie; mostró que eran unos telenoveleros baratos; y, lo que es peor, puso en evidencia que no lo hicieron por hijos de puta sino por mediocres y brutos, al mejor estilo de George Bush. Hubiera preferido que un personaje le hiciera pistola a la cámara y se burlara de lo creativos y geeks que fuimos.

 

 

*Se me acaba de ocurrir que debería rajar de Star Wars. Le tengo mucha bronca a esa mierda.

 

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Bien por él

20 octubre, 2010 § 1 comentario


Ha sido científicamente comprobado que es ridículo criticar el premio Nobel de Mario Vargas Llosa por las inclinaciones políticas del autor. Sin embargo, creo que en este campo la ciencia es redundante porque la sola frase “es que ese man es un facho” ya lo pone en evidencia. Habíamos quedado en que el sujeto con tripas y patas no es relevante para la literatura. Lo es la figura de un autor y de eso me gustaría hablar en otra ocasión, pero, por lo pronto, basta con recordar que es tan absurdo buscar la explicación de una obra en la biografía del autor como lo es tomar en cuenta cuestiones moralmente reprochables. El escándalo de Woody Allen y el penoso modo en que esto tuvo repercusiones en la interpretación y financiación de su obra puede ser un buen ejemplo del moralismo barato que se esconde detrás de la crítica a don Vargas Llosa. Nos parecemos a la prensa que ataca a los jugadores de fútbol por haber estado con prostitutas. No hace falta que elijamos entre nuestro resentimiento hacia la derecha y nuestro frágil orgullo latinoamericano. Lo primero simplemente no viene a lugar. Y acaso cabe añadir que Vargas Llosa efectivamente es un putas (como también lo fue Wagner).

Ahora bien, tampoco se trata de algo maravilloso. Después de cien años es tan vergonzosa la selección de autores que han ganado un Nobel que todos los que reciben el premio están obligados a disculparse. En este punto, suele citarse el caso de Borges, pero quiero que pensemos en otros ejemplos para que no suene a cantaleta. Se me ocurren Kafka, Joyce, Cortázar, Tolstoi, Virginia Wolf y Truman Capote, seguidos de un gran etcétera. Pero esto sólo es verdaderamente significativo porque, por el otro lado, hay cerca de 60 colados en la lista. Algunos son personajes de los que no se ha dicho una sola palabra en los últimos veinte años y otros son casos desafortunados y ridículos como el de Churchill. Piénsese en la última década: sé que Pamuk y Saramago están por todas partes pero de los demás ya ni me acuerdo.

El Nobel de literatura está muy lejos de ser una farsa tan grande como los premios Óscar; y éstos, a su vez, están lejos de ser tan patéticos como los Grammy. Luego el Nobel sigue siendo algo bastante significativo. Creo que la cuestión está en la pura mitad del debate: ni para armar fiesta, ni para exasperarse. El Nobel de Vargas Llosa es un buen motivo de alegría pasajera.

Casualmente estuve leyendo La tía Julia y el escribidor poco antes de que publicaran la noticia y me llevé una gran sorpresa. Recuerdo que en una clase de literatura, la profesora afirmó que Vargas Llosa es un excelente crítico y un no tan buen novelista. Hasta hace un mes pensé que efectivamente ése era el caso. Había disfrutado infinitamente la lectura de sus ensayos sobre Madame Bovary, Cien años de Soledad y Los miserables, pero me quedé en las primeras páginas de La ciudad y los perros. Buscando una buena lectura de Transmilenio, seguí el consejo de Marciana y opté por La tía Julia. Así, pasé de repetir la astuta opinión de mi maestra a afirmar con algo de vehemencia que se trata de un libro genial. Lo recomiendo enfáticamente. Para los que no conozcan la trama, Vargas Llosa mezcla el relato del primer matrimonio de un tal Mario Vargas Llosa (que, les aseguro, no es él) con una serie de narraciones vulgares. La inclusión de estos escritos se justifica porque, dentro de la trama, son la creación de un personaje de la novela que escribe radioteatros en la emisora donde trabaja el tal Mario. La gracia está en que La tía Julia y el escribidor juega con el morbo que generan las historias truculentas y la inevitable conciencia de que son basura. El tono logra ser simultáneamente distante, irónico, apasionado y nostálgico.

Que un libro pueda hacer que el lector se ría en voz alta debería ser suficiente para considerarlo magnífico, pero además quedé con la impresión de que la reflexión sobre los relatos vulgares es verdaderamente especial. No sé qué tan buenas o regulares sean las otras mil novelas que escribió Vargas Llosa, pero no sobra darle un Nobel a alguien que sea capaz de reflexiones tan lúcidas como las que se ven en los ensayos mencionados y puestas en escena tan magníficas como aquella que se ve en la novela que les recomiendo. Juzgando por eso cuatro textos diría que es más lo que se beneficia la academia sueca poniendo un nombre duradero en su lista, que lo que se beneficia el facho ése.

 

Work in progress

8 octubre, 2010 § Deja un comentario


Este texto, que será editado cada vez que pase por acá, todavía no me gusta, pero me gustará cuando vaya apareciendo la necesidad de un tema. Vuelvo a tener Internet.

No se crea que hemos abandonado este proyecto, pero tampoco nos dejemos llevar por el afán

Se abre entonces la pregunta de cómo puede funcionar un texto que está vivo en todo momento. Creo que debería tener un tema y que ese tema no puede ser el post mismo. Buscaré algo que me interese y que me genere confusiones. Es decir, un tema que me permita cambiar cosas y llegar incluso a contradicciones.

Todo bello en el frente Occirental

7 octubre, 2010 § 2 comentarios


Lo primero que salió en google.

 

Entonces resulta que mi madre tiene un trabajo envidiable. Tres veces al año viaja a destinos maravillosos −India, Rusia, Egipto, Siria, entre otros− para llevar excursiones de turistas. La idea es que hay mucha gente que quiere y puede viajar pero no sabe a dónde ni por qué. Alguien puede pararse en frente de las pirámides y tener un guía que diga las dimensiones exactas de tan impresionante construcción, pero de ahí a sentir la magnificencia propia del caso hace falta que nos involucremos con aquello que vemos. Así pues, la señora Diana viaja para facilitarle esa conexión con la historia a gente, por lo general de segunda y media o de tercera edad, que paga sumas considerables para ir a hoteles de cinco estrellas y visitar los lugares con ella. Nosotros, hablo de mi hermana, mi padre y yo, a veces logramos colarnos a estos viajes y esta vez me tocó el turno a mí de conocer Turquía.

De Turquía sólo diré que es un lugar maravilloso. Me esperaba algo menos majestuoso, más cerrado, acaso más sucio. Al contrario, Estambul no sólo es preciosa, cosmopolita y amable, es imponente. Escrito así parece obvio que un país que limita entre varias culturas y que conecta continentes y que lleva haciéndolo por milenios, tiene un sancocho formidable de culturas. Para mí fue toda una revelación. Es laico, cosa que le sienta tremendamente bien, y para colmo tiene una historia digna de orgullo. Rara vez me topo con ese último factor. Atatürk, el ídolo de allá, es como para tenerlo de afiche en el cuarto acá. Les recomiendo enfáticamente que, si algún día, por pura casualidad, se presenta el dilema de escoger entre Turquía o a cualquier otro lugar, vayan a Turquía.

Me cuesta un poco de trabajo explayarme en descripciones y siento que sería injusto con la experiencia no hacerlo. Los dejo −ni modo− con un par de imágenes. El llamado a la oración es espectacular, es sobrecogedor escucharlo. Entonces imagínense ustedes que caminamos por la ciudad. El mar está a un lado, −rompiéndole el culo a nuestra ciclovía−. En las siluetas se ven cientos de minaretes acompañados de sus respectivas cúpulas. Pero también se ve una fortaleza de piedra en una esquina de nuestro cuadro imaginario. Pasa un tranvía por las calles impecables que están llenas de personas. La gente se dirige hacia la vía peatonal y alcanzamos a notar que tienen todas distintos estilos. Se ven turistas, pero también gente que no tiene cara de estar viajando y, misteriosamente, habla idiomas más raros que el propio turco. Algunas mujeres están completamente cubiertas, otras parcialmente, otras se visten como nosotros y algunas, las que sí tienen cara de turistas, muestran las piernas, cosa que no se ve ni en los hombres. Es entonces que suena el llamado a la oración. Todos caminan como si nada, tanto los que van a rezar como los que no van a hacerlo, sea porque están trabajando y lo harán más tarde, porque no son practicantes o porque vienen de lugares distintos, como es nuestro caso. El llamado dura varios minutos y durante ese tiempo caminamos con más calma. Sentados en ambos lados de una mesa, la silueta de dos hombres que fuman narguile nos indica que a la vuelta comienza uno de esos lugares que no son bares pero tampoco restaurantes. Habiendo hablado al respecto, esta vez reunimos el valor para sentarnos y pedir un tablero de ajedrez y la famosa máquina esa. En ese punto se me escapan los detalles. Puede que el señor que atiende hable español y eso ya no nos sorprende porque pueblo de comerciantes es pueblo polígloto. También es posible que nos comuniquemos por señas. Eso sí, será alguien amable; eso sí, nos sentiremos felices pero secretamente incómodos, con esa duda de no saber si toda la ciudad es así de bella o si nos encontramos en el rincón que le muestran a los turistas.

¿Dónde estoy?

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