Y revire, pirobo

26 noviembre, 2010 § 1 comentario


Un amigo campesino,
De maligno sobrenombre,
Quisiera que yo lo nombre
Sin ser ya mi fiel vecino.
Escribí texto apurado,
Pensé  días y no el año,
Haciéndole pues un daño,
Al tiempo que hemos pasado.
Y es que en las fincas distantes,
Con una ruana de abrigo,
Camina ese nuevo amigo,
Que yo no conocía antes.
Digan por doquier y a diario
El nombre de este guerrero,
Cuyo ingrato compañero
Olvidose escribir: ¡Mario!
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Comunicado oficial

25 noviembre, 2010 § 1 comentario


Sucede por costumbre que las fechas cíclicas nos invitan a comparar los ciclos. Decir que un cumpleaños nos tomó por sorpresa, es decir que no alcanzamos a entrar en la modalidad reflexiva propia de estas fechas. Recuerdo varias celebraciones de año nuevo, en las que mis padres se encontraban absolutamente conmovidos, que para mí eran un día más con la novedad parcial de una copa de vino. Todos hemos dicho, en alguna ocasión, que hoy nos levantamos igual que ayer, a pesar de que los demás quieran que pongamos cara de cambio.

Cumplo veinticuatro años, un número que ni siquiera es particularmente redondo, pero creo que ésta no es una de esas ocasiones irrelevantes. Estoy en plena crisis en todo lo relacionado a mi futuro laboral, y mi cumpleaños llegó en la fecha perfecta para sentarme a pensar en el 2010. Así pues, si me perdonan la cursilería, voy a hacer un pequeño balance.

Lo único estable ha sido Marciana (y el gran Daniel), con quien las cosas van maravillosamente -gracias por preguntar-. Por lo demás, todo ha cambiado. Hace un año celebré con amigos fugaces, casi desconocidos, en una cabaña cubierta de nieve (se me sale el pseudo-poeta, qué cosas) y hablé por Skype con la novia y la familia. El mismo día derroté a un serbio que me dio cuatro piedras de ventaja. Fue la única partida que perdió y añadió en broma que ése había sido mi regalo. Este año gané el torneo nacional de go y recibí un montón de regalos. Es probable que el serbio, Dush, ahora me dé cinco piedras, pero el hecho es que puedo pensar en mi peregrinación a Corea con la alegría de haber cumplido mi misión geek.

Lo más significativo ha sido el colegio. Es, simultáneamente, el motivo de una satisfacción casi ontológica y de cierta angustia. Lo primero porque me siento tremendamente apreciado. Mi pared de Facebook está tapada por las felicitaciones de estudiantes. Muchos tienen mala ortografía -y no se olvide que la clase era de lenguaje- pero confieso que ver ese reguero de signos de interrogación es suficiente para evocar lo mucho que los quiero y lo mucho que me siento querido. No sé si adoptarlos o casarme con ellos; es una sensación inédita la que generan. Algunos en particular, claro, pero no tan pocos como para dudar si valió la pena molerme el culo de esa manera.

Por su parte, la angustia se debe a la inevitable reducción de amigos que ha ocurrido en este año. Hablo, claro, de esos que ya son mayores de edad, con los que se sale a tomar café o cerveza. Estar fuera de la universidad no ayuda en ese sentido, pero fue particularmente contraproducente que me haya ido al otro lado del mundo, para luego aceptar un trabajo que implicó aislamiento. Me hace falta un buen parche y me molesta pensar en todas las personas con las que no hablo seguido. Es por eso que, en el espíritu de estas reflexiones cíclicas, quisiera invitarlos a una fiesta de cumpleaños/reencuentro/búsqueda de parche fijo. A todos: los que no veo hace años y los que veo con cierta frecuencia.

Los espero el viernes 3 de diciembre en la carrera 26 #40-20 (la famosa casa de la historia). Haré el evento en Facebook con los datos claros y llamaré a los que pueda llamar, pero váyanse programando.

Un abrazo,

Santiago

 

Tercera estrofa, la cantaleta…

17 noviembre, 2010 § 2 comentarios


Claramente el enfoque sutil no funciona entonces paso a la cantaleta. ¡Les suplico que se manifiesten acerca de los posts! Entiendo que comentar da pereza, pero las cosas en Internet son tan convenientes que además está la posibilidad de presionar cualquiera de las cinco estrellitas ubicadas encima de cada texto. Además, perdido en algún lugar, también está el famoso botón de “like”. Esas aplicaciones son opcionales. Las puse allí porque verdaderamente me interesa lo que piensa el lector.

Supóngase por ejemplo que entran, se ponen a leer y los pierdo antes de que terminen el primer párrafo. Cierren la ventana, pero, por favor, no olviden ponerle una estrella al post. Cada entrega tiene el mismo número de calificaciones y sospecho que sé exactamente quiénes las ponen. El contador de visitas anuncia la presencia de decenas de fantasmas diarios. Me ayudaría mucho si hicieran un poco de ruido.

Voy a ponerle una estrellita a este regaño y espero que sigan el ejemplo.

Muchas gracias,

Santiago.

Scott Pilgrim vs. Hitchcock o la gramática del embale

17 noviembre, 2010 § Deja un comentario


El cine es un lenguaje, una articulación de convenciones cuya gramática es el montaje. Cuando un niño ve cine por primera vez suele pensarse que tiene dificultades siguiendo el hilo de un argumento porque no es capaz de mantenerse concentrado o porque los referentes en la pantalla son cosas que aún no conoce. La verdad es mucho más bella. Ver películas por primera vez es como escuchar una idioma nuevo. Hay gente atenta y brillante que se confunde viendo películas simplemente porque no ha educado su ojo para ello. Piénsese que es particularmente artificial la idea de que dos vehículos que atraviesan la pantalla en una misma dirección van de hecho en una misma dirección. Cada uno está solo en el cuadro, pero hay una convención que nos ha enseñado a asociar las dos imágenes. Efectivamente, si quisiera filmar una persecución de autos e invirtiera la perspectiva en uno de los cuadros el espectador entendería exactamente lo contrario: que se van a estrellar.

Es un lugar común afirmar que los videojuegos, las novelas gráficas y los videos musicales han cambiado el modo en que procesamos imágenes. El problema es que suele decirse esto exclusivamente en un sentido negativo. Se afirma que por culpa de MTV pocos son capaces de no aburrirse viendo Lo que el viento se llevó. Perdimos la paciencia –continúan- y ahora sólo podemos ver explosiones y escenas cortas. Creo yo que hay también un aspecto positivo en este cambio. Se abre la posibilidad de explorar montajes barrocos con cuadros cargadísimos, de explorar los límites de nuestra percepción. Es comprensible que se critique a esta cultura de videojuegos porque la mayoría de las veces su poética del afán se emplea de un modo mediocre o torpe. Las peleas de Transformers no se alejan mucho de las nubes de polvo, con brazos y piernas, que usaban en los cómics para dibujar una pelotera. Si la supuesta velocidad se usa para pegar imágenes con torpeza, estoy de acuerdo con los que abogan por planos amplios y duraderos. Sin embargo, existe un potencial muy interesante y ya hay películas que han sabido aprovecharlo. Meteoro -sí, la última película de los ahora odiados hermanos Wachowski- es una de ellas. La otra se llama Scott Pilgrim vs The World. Lo poético del asunto es que ambas fracasaron en taquilla a pesar de que van a favor de la corriente. Y si me permitiera añadir algo trillado, diría que el mundo no estaba listo.

Meteoro es una película que discursivamente está lejos de ser cool y a la larga esto funciona a su favor porque permite ver, en toda su desnudez, el poder de las imágenes. Confieso que me costó trabajo darme cuenta de lo malas que fueron las continuaciones de Matrix porque el cuero, el kung fu, los celulares y el rollo discursivo sobre la realidad, fueron muy atractivos. Lo contrario ocurre con Meteoro. Todavía me da algo de pena recomendarla. Es una película tonta acerca de carros y valores familiares. Sin embargo, cuando Speed gana la última carrera la realidad casi se desintegra en colores. Me sentí más emocionado que viendo cualquier deporte real y fue un montaje lo que les dio ese permiso de fundir la pantalla. Por su parte, Scott Pilgrim es fácil de defender. Encima de las transiciones absolutamente brillantes, de los letreros y los colores, hay buenos diálogos y dinámicas muy divertidas.

Notarán que ninguna de las películas le rinde cuentas estrictas a la realidad. Esa libertad es algo bello. Es como si dejar de fingir naturalidad en las tomas nos permite también mayor soberanía en el campo visual y narrativo. En todo caso, Scott Pilgrim ocurre en Canadá y si bien llega un punto en que los muertos se transforman en monedas, es emocionante notar que también una conversación puede ser el resultado de un complejo montaje.

Pienso entonces que estas películas logran jugar con los límites del lenguaje cinematográfico y me impresiona gratamente el virtuosismo de los editores. No estoy diciendo que rompen con las convenciones, aunque es notable que añaden unas cuantas. Y si empujan los límites lo hacen imponiendo velocidad. Nos obligan a asimilar la mayor cantidad de información visual que alcancemos a procesar y nos recompensan con la satisfacción de ver que cada una de las imágenes tiene sentido. No me vengan con que El perro andaluz o El acorazado Potemkin ya hicieron eso. Hacían falta Halo, las novelas gráficas y Locomotion.

Vuelvo ahora al ejemplo del niño que todavía no entiende el cine. Basta que se quede pegado al televisor por un par de años para que sea él quien comprenda lo que a sus mayores les cuesta más trabajo. Me parece atractiva y emocionante la perspectiva de montajes frenéticos porque estas películas prueban que podemos ver con otros ritmos. Qué bello es pensar que el mismísimo Hitchcock ya no sería capaz de entender una película como éstas.

Para los piratas perezosos, acá pueden ver Scott Pilgrim y acá Meteoro.

 

The Disappointment of the Sith

4 noviembre, 2010 § Deja un comentario


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, me rompieron el corazón. Hubo miedo, rabia, dolor, sufrimiento, odio, diversión y finalmente el lado oscuro. Hoy quiero invitarlos a que hagan todo ese recorrido porque si bien no es ningún secreto que la saga de Star Wars pudo haber sido mejor, la verdad es que es mucho más decepcionante de lo que incluso ahora imaginamos. El modo Jedi para lidiar con este fracaso probablemente nos exhortaría a tomar distancia y desapego. Sin embargo, no envidio ni a los afortunados que nunca se interesaron por esta saga, ni a los sabios que supieron olvidarla. Se trata de algo tan ridículo que vale la pena reírnos de ello, así como de nosotros mismos porque, en últimas, el verdadero modo Jedi resultó siendo ingenuidad y ceguera. Es cierto que hubo buenos momentos, pero nos manipularon. Se aprovecharon de todo el peso que tenía esta historia.

Sobra decir que nuestro verdadero enemigo son las precuelas. Todavía puedo ver Una nueva esperanza y El imperio contraataca con admiración y encanto. Sin embargo, cabe preguntarnos hasta qué punto los añadidos afectaron la totalidad. No olvidemos que ya en El retorno del Jedi fueron ositos de peluche los que derrotan al imperio, que allí mismo John Williams la cagó por primera vez con la música y que el Emperador no dejó que Luke se pasara al lado oscuro porque le dijo explícitamente las consecuencias de lo que hacía. Dos películas excelentes contra tres pésimas y una mala.

El plato fuerte de este llamado al lado oscuro es el link a una serie de videos que encontrarán al final de este artículo. Son de crítica cinematográfica pero tienen la ventaja inigualable de contar con cada una de las imágenes concretas. A mí me toca decir que en este o aquel momento pasa algo hilarante. Allá muestran las imágenes y hacen un buen apunte. El problema es que el narrador de estos videos tiene una voz insoportable y, por alguna razón, insiste en hacer chistes malos que nada tienen que ver con su análisis. Es un personaje fastidioso pero no es casualidad que sus videos tengan millones de visitas. Sólo hace falta algo de rabia y curiosidad para morirnos de la risa.

Comencemos pensando en la cantidad de elementos absurdos que tienen las precuelas. Por sólo mencionar algunos, recuérdese que a Amidala la trataron de asesinar con gusanos venenoso a través de la misma ventana desprotegida que hubiera servido para pegarle un tiro. Jango Fett no mató a Obi-Wan sino a la persona que éste estaba interrogando. Al otro día, Anakin y Amidala se fueron caminando sin la menor precaución y la única razón parece ser que nadie hace atentados de día. En Episodio I Anakin niño destruyó una estación espacial por error. ¡En Episodio III Vader mató a Amidala con su sola rabia! ¿Por qué no salvaron a la mamá de Anakin en todos los años que pasaron después de que lo encontraron a él? Hay situaciones en las que nos conviene hacer la vista gorda y efectivamente estoy dispuesto a ignorar el hecho de que en un mismo lapso de tiempo Luke pasó meses entrenando con Yoda y Leia y Han Solo tan sólo horas huyendo del imperio. Pero no hay ningún encanto que rescate a las precuelas. Lo único que las sostiene es el peso de nuestra nostalgia.

¿Cómo es que Lucas fue tan descuidado con el mundo que había hecho? Por ejemplo, era interesante la perspectiva de incluir coreografías complejas en las peleas con espadas láser. No obstante, resultaron perjudiciales porque hay demasiadas ocasiones en las que es evidente que si pelearan en serio se matarían en un instante y, a la inversa, demasiados Jedi mueren sin resistencia: se quedan quietos y ponen cara de bobos. Por otro lado, la sobre carga de espadas casi destruye el encanto que tenían. Vemos un millón, de todos los colores. En Episodio III, hay un robot tísico que tiene cuatro espadas jedi y en el II tenemos que soportar una escena en la que varios niños entrenan, con los ojos tapados y de a cinco por metro cuadrado, con armas que podrían descuartizarlos. Star Wars, cosa cool entre cosas cool, nos salió con personajes molestos, política barata y mucho rosado. ¿Qué necesidad había de hacer que Darth Vader le mandara el más ridículo de todos los gritos al cielo?

Finalmente, el centro de la mediocridad está en el modo en que los diálogos nos hablan de dinámicas que no vemos. Nos dicen que Anakin tiene un gran amigo y un gran amor, pero no hay nada memorable en las relaciones que supuestamente deberían ser el núcleo de las películas. Obi-Wan y Anakin sólo logran parecer buenos amigos en la escena de su despedida. Y es inexplicable cómo es que Amidala puede amar a Anakin. El cagón no hace más que quejarse de su supuesto amigo y de su vida; no la deja hablar y le cuenta, con cara de psicópata, las masacres que cometió. Para colmo, sólo dice frases estúpidas que en nada nos recuerdan al sabio Vader. Alguien dirá que en algún momento se rieron juntos, pero lo cierto es que le taparon la boca a los actores con cinta verde y luego pusieron digitalmente risas de cartón.

Así pues, los invito a que odiemos a Star Wars precisamente porque alguna vez nos gustó tanto. Si tan sólo conocieran el poder del lado oscuro verían que es más divertido criticar a esta saga que apegarnos a la nostalgia de algo que no vale la pena. Join me and togather we can rule the galaxy.

 

 

 

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