Sobre el acto y la potencia

31 enero, 2011 § 2 comentarios


Los viajes siempre traen alguna epifanía. No importa tanto que vayamos a Melgar o en India; algo nos deja el tiempo en que nos salimos de la rutina. Curiosamente, la última noche en Cartagena, momentos antes de tener mi gran revelación, le estaba diciendo a Marciana que ese viaje sólo me había dejado pequeñas reflexiones, por no decir que no me había dejado nada.

Se preguntarán cómo llegamos a una conversación así y la verdad es que estábamos forzando el tema en frente de una cámara. El Hay Festival acababa de terminarse y era inevitable que compartiéramos opiniones al respecto. Lo de la cámara era por hacer algo con ella. No quería el peso de sentir que la llevé en vano.

-¿Qué te dejó el Hay Festival?- me preguntó Marciana, con un tono periodístico y falso que nos inducía la cámara. Yo solté un chorro de babas. Traté de explicar que me dejó varias preguntas, aunque todas pequeñas y ninguna nueva. Antes ella había tenido su turno y me había sorprendido que abordara esa misma pregunta de una manera que excedía el marco del Festival. Yo pensé que iba a hacer una lista de lo que le interesó de uno y otro conferencista, pero optó por integrar toda la experiencia del viaje. Eso dificultó mi propio discurso. Sentí que debía sintonizarme con este tono. Cuando llegó mi turno, entonces, traté de decir, en medio del ya mencionado chorro de babas, que el Hay-Festival-en-tanto-viaje no me había dejado nada. Me dejó muchas cosas, pero a la luz de lo que ella había dicho, parecía que no fue nada. Lo bello del diálogo es que esa confusión produjo otra pregunta por parte de mi entrevistadora y, a la larga, produjo también la epifanía. Imagínense ustedes un puente apropiado. Yo intento decir que esto o aquello fue relativamente interesante. Ella contesta que lo fue, pero añade también que la ausencia de lo cotidiano resultó siendo lo más diciente. Me explica cómo es que este aislamiento le recordó y le reavivó muchas cosas. Entonces me pregunta algo, acaso para ayudarme a que me exprese.

-¿Qué ideas te han acompañado a lo largo de la vida?

Otro chorro de babas y, de repente, apareció. ¡Sí hay una idea, sí hay algo que se manifiesta con absoluta frecuencia en mi cabeza! Pensé en un principio -hablo de segundos antes- que no tenía un equivalente a la idea que la mueve a ella. En efecto, me acababa de contar una breve historia de su vida, articulada a partir de la motivación particular que tiene y su reciente mutación. Historió sus ideas. Fue muy bello. Para que no queden con la curiosidad, les cuento que la obsesión de Marciana, aunque esto pertenece a su blog y no al mío, fue en un principio la necesidad de conocerse a sí misma y luego se convirtió en la necesidad de conocer, de escuchar, a los demás. (Donde les parezca culo, los capo. Es una gran motivación) ¿Cuál era entonces la mía?

Pensé que probablemente tendría algo que ver con los juegos o temas literarios que, sin mayor deformación, quedan enmarcados dentro de la agotadora categoría de “borgianos”. Pensé esto por razones excesivamente simples: me fascinan ambas cosas. También mencioné mis ubérrimas ganas de hacer algo que comunique. Siento esas ganas muy seguido y me angustia nunca poder hacer algo con ellas.

Busqué articular ambas cosas y nada salía. Mi primer intento de respuesta, de hecho, fue incomprensible. En el video se escucha la voz de Marciana diciendo, con el mismo tono de entrevista: -no estoy segura de que te entiendo-. Una lástima que no quedara grabada la sonrisa amable y ligeramente incómoda que vino después. Leonor debería tener un Talk Show. Y en ese momento, al tratar de explicarle algo forzado, casi innecesario, algo que tenía cabida sólo gracias al juego de la entrevista, terminé entendiendo un par de cosas que desconocía.

He aquí la idea que me ha ocupado desde que el mundo era joven. Hay demasiadas posibilidades creativas y lo que quiero hacer en mi vida es concretar alguna. Dicho eso es necesario aclarar un montón de cosas y, como ya me gasté la mayoría del texto en llegar a este momento, trataré de ser breve.

Primero, por posibilidades entiendo más o menos lo obvio. En cualquier situación, es fácil concebir algo distinto dentro de las reglas ya establecidas. Quizás habría que añadir que me gustan las posibilidades deseables. Digamos que Philip Glass es entrevistado en frente de un auditorio. Es normal que, al final, se reserve un tiempo para las preguntas del público. Tomaremos ésa como nuestra situación. La primera lista de posibilidades está hecha de las preguntas particulares que puede realizar cada persona. Ésas no me interesan, al menos si se siguen las formalidades. Otras listas son un poco más extremas. Alguien puede dispararle a Philip, dos personas pueden matarse, una tercera puede gritar sin razón, puede ocurrir un terremoto, etcétera. Como ven, apunto a lo más evidente: que en todo momento puede ocurrir una infinidad de cosas. El punto, sin embargo, es que siempre parece haber una manera de transgredir la situación sin destruirla; una manera de jugar con las posibilidades latentes. Yo estuve precisamente en esa situación aparentemente hipotética. No sé si fue durante el evento o después pero la idea de preguntarle algo a Philip Glass me pareció muy interesante.  Se me ocurrió, pues, una suerte de experimento mental. ¿Qué sería lo más interesante que podría ocurrir en ese contexto? Algo que no sea excesivamente descabellado, que no destruya la situación y que a la vez satisfaga algún deseo. Pensé entonces que sería magnífico que alguien usara su pregunta para invitar a Philip a un café o una cerveza.

-Hello. I was wondering if you would like to have a drink with me.

Sólo alcanzo a concebir algunos escenarios después de esto, pero son suficientes para fantasear un buen rato. A lo mejor Philip se reiría y aceptaría la propuesta sólo por lo inusual que resulta. Podría también dar una respuesta honesta, ser grosero o gentil. Imaginémonos esta versión.

-No. Te agradezco el gesto, pero lo más probable es que tu fascinación por mí arruine toda posible conversación.- Diría con seriedad. -No me gusta hablar con gente que me admira demasiado porque siempre terminan haciendo demasiadas preguntas y muestran un entusiasmo que me incomoda.

Es importante señalar que hago esto con increíble frecuencia. No sé qué tanto fantasean las demás personas por la misma línea, pero tengo la sensación de que soy particularmente obsesivo en ese sentido. También me gusta mucho imaginar soluciones a problemas particulares. Emprendo la tarea de simular escenarios por períodos largos de tiempo. El típico: ¿cómo sería un sistema político mejor? Otro clásico ¿qué haría con una cantidad virtualmente infinita de dinero? Pero quiero aclarar que se trata siempre de cosas que se insinúan en nuestra vida, posibilidades latentes pero inverosímiles. A veces me imagino discursos cortos de personas que serán escuchadas por su posición singular y juego con eso. Solía imaginarme mucho a Obama hablándole a la población mundial. También hago catarsis con los Óscares. Fantaseo con la idea de que un actor o director ponga la farsa en evidencia. Que diga, en plena ceremonia, lo más inapropiado que se me ocurre. Todos son experimentos ingenuos. Uno de mis favoritos es el encuentro de personajes anacrónicos. ¿Qué pensaría Beethoven durante un recital del mismo Philip Glass o durante el Unplugged de Soda Stéreo?, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué diría Kant del cine? Sé que soy incapaz de imaginar con la más burda de las precisiones cualquiera de estas cosas. Mas el punto no es que pueda o no, sino que me divierto mucho intentándolo.

Por supuesto, la necesidad de concretar estas cosas toma cada vez más relevancia. Tal vez porque lo que más me gusta es el arte o quizás porque es más fácil controlar la producción de ideas que el mundo mismo, cuando pienso esto en términos artísticos me lleno de afán. Puedo contentarme simulando cosas que técnicamente son posibles sin tener que realizarlas. Sin embargo, cuando pienso que la conjunción de una idea musical con otra sería magnífica, me muero por oírla. Lo mismo se aplica a la literatura y al cine (curiosamente, nunca a la pintura). Así, lo que en otros campos es el juego de imaginar, en el arte se vuelve las ganas de hacer todas estas cosas. Una película que logre poner en escena la idea que otras obras me suscitan, un disco en el que ocurra lo que quiero que ocurra cuando escucho la música que me gusta. Ésa es mi gran epifanía. Creo que hay muchas ideas o cosas concretas que, sin ser obras maestras ni revolucionarias, merecen ser creadas.

Habría que hablar de las dificultades y sobre todo de la parálisis que tengo. Puede que no sepa escribir bien, o que sea pésimo haciendo música, pero lo que verdaderamente me preocupa, al menos ahora, es que ni siquiera lo intento. En últimas, las técnicas se pueden adquirir, pero para ello hay que comenzar.

Estoy seguro de que todo lo que he dicho hasta ahora le pasa a mucha gente. No pretendo presentarme como un individuo especial. También es probable que lo que yo defino acá como una idea: que el mundo está lleno de posibilidades artísticas y que sería muy bello concretarlas, es en realidad la motivación oficial y trillada de todo artista. En últimas, no me considero artista -qué boleta-, pero me gustaría mucho serlo y, al menos, me alegra saber eso.

 

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Un curioso update

21 enero, 2011 § Deja un comentario


Mientras escribía mi pataleta sobre la difusión del go, todo terminaba de encajar en su lugar. Aparecieron proyectos futuros, proyectos grandes que implican una opción de vida y que están centrados en el go. No quiero adelantar la sorpresa porque nada es definitivo. Lo que sí debe ser dicho es que llevo una semana en la que me alegro cuando alguien me pregunta sobre el bello baduk. Hace años no sentía tanta gratitud hacia las personas que en un momento dado preguntan sobre este tema. Puedo adelantar también que tuve una sensación potente y trillada. Pensé que quizás todo lo que ha ocurrido en mi vida hasta el momento apuntaba secretamente en esta dirección.

Les estaré comentando sobre el desarrollo de mi posible felicidad infinita. Eso sí, vayan llamando a los reservistas.

Bobos miedos

12 enero, 2011 § 1 comentario


Usualmente la palabra procrastinación viene al caso cuando el dilema está entre lo que debemos hacer y lo que queremos hacer. Me viene ocurriendo algo curioso. Estoy en vacaciones, no estoy obligado a hacer nada, pero me debato entre hacer cosas que considero productivas y divertidas, como escribir, y cosas que sólo cumplen el segundo criterio: jugar go y armar el cubo infinitas veces. La cuestión se complica si tomamos en cuenta lo que dije en el post anterior porque yo mismo me siento culpable cuando paso tardes enteras “perdiendo el tiempo”. Pensé que las vacaciones serían el tiempo ideal para escribir varios post, inclusive he venido contemplando la posibilidad de escribir una novela corta, pero lo único que verdaderamente he hecho con seriedad es jugar.

Por un lado, creo que debe existir un balance. Está bien divertirse, pero tengo la impresión de que me espera un terrible vacío si no hago al menos una fracción de las grandes cosas que me gustaría hacer en la vida. Por el otro, sin embargo, me parece terriblemente estúpido no reconocer lo mucho que me gusta perder el tiempo. Ayer me senté en frente del computador y armé mi cubo cerca de cincuenta veces mientras escuchaba una playlist perfecta. No se imaginan el embale. Basta comparar ese par de horas con todas aquellas que paso aburrido en distintos lugares y situaciones para darme cuenta de que fue un gran día.

El go, un secreto que a nadie le importa

4 enero, 2011 § 3 comentarios


Ha llegado el momento de hablar de go. Le había sacado el culo a este post porque me da pereza volverme monotemático. De suyo me parece grave tener que repetir una misma carreta por décadas completas, pero lo del go es mucho peor. Nadie lo conoce y por lo tanto ni siquiera puedo hablar sobre los aspectos más interesantes; debo limitarme a explicar de qué se trata y acaso porqué es digno de mención.

Me atrevo a pensar que tú, mi querido lector, te encuentras en alguno de los siguientes grupos. O bien te estás preguntando qué carajos es eso, en cuyo caso mi punto se prueba solo. O bien has oído hablar del famoso juego y te causa algo de curiosidad su estructura y reglas. O bien sabes perfectamente de qué estoy hablando porque me has oído muchas veces. Si estás en alguno de los primeros dos grupos, la única manera de entablar un diálogo sobre este tema es repetir lo que tantas veces he tenido que repetir. Si perteneces al tercero, me da pena continuar porque no quiero quedar atrapado en la etiqueta de “el que habla de go”. (Entre paréntesis, estoy ampliando esa etiqueta para que incluya al cubo Rubik también. Otro tema que ha brillado por su ausencia en este blog.)

Pero he aquí que efectivamente soy el que habla de go. Puede que ningún tema me apasione tanto como ése. De hecho, cada vez que hablo de laberintos infinitos, del tiempo y las decisiones, estoy obvia pero secretamente hablando de go. Hay otras cosas, por supuesto. Es imposible ser verdaderamente monotemático (hasta los veganos y los testigos de Jehová hablan del clima), pero es asombrosa la cantidad de energía mental que le dedico al bello baduk.

En ese orden de ideas, el punto de este post es que me siento muy solo amando al go. Le he enseñado a jugar a unas cien personas y ninguna lo hace hoy en día. Mi novia y mi hermana juegan, pero sólo conmigo. Sería llevadero e incluso emocionante que nadie conociera el juego si bastara con una breve charla para transmitir el mensaje. Pero es demasiado frustrante que todos se emocionen cuando escuchan esa palabra por primera vez porque ya sé que nunca tienen la energía o el entusiasmo para continuar. ¿Será culpa del juego, mía? En cierto sentido, creo que es como aprender coreano. Es decir que es divertidísimo y natural aprender en donde todos lo juegan, pero mamón y energéticamente costoso aprender en Colombia. Los primeros meses pueden ser difíciles y si no hay compañía en el tiempo que toma articular la primera frase con el lenguaje del juego, cualquiera se cansa de balbucear. Sin embargo, siempre me encuentro con el mismo misterio. Para mí no fue difícil. Me demoré muchísimo en ganar mi primera partida, recibí muendas apabullantes, pero nunca me aburrí o perdí la motivación. El Internet y las personas que juegan acá fueron más que suficientes. Explíquenme entonces, ¿por qué putas seguimos siendo cuatro gatos?

La razón ya fue dicha. Los juegos, como los lenguajes, sólo funcionan en compañía. Los del go estamos solos y tenemos que sufrir con la certeza de que, en otro contexto, se podría lograr nuestro sueño. El Sudoku, algo mucho más árido, pero también complejo y exigente, se volvió popular porque gozó de la moda que tanto anhelamos. Sin embargo, mi pregunta sigue teniendo sentido: lo que no me explico es ¿por qué no logramos conseguir veinte gatos más? Entiendo que el go nunca sea popular en Colombia; ¿pero debe acaso ser siempre igual de minúsculo y marginal?

Tengo dos teorías. La primera es que la gente quiere muy pocas cosas que alteren sus rutinas. Evidentemente, todos estamos ocupados, incluso procrastinando. Pero la gente se paraliza ante la perspectiva de algo inútil que pueda ocupar horas diarias. El piano es igual que el go, pero no se ve inútil. Los idiomas son iguales que el go, pero no se ven inútiles. El go está jodido porque se ve infinito, infructuoso y no hay forma de compartir el placer que produce. Sólo se puede prometer que se llegará a él. La gente cree en esa promesa, pero aún así les da pereza invertir energía en algo que luego costará tiempo. Que sea algo absolutamente maravilloso no pesa en esa ecuación.

La segunda teoría, paralela y complementaria, es que la gente no es juguetona. A todos nos gusta jugar, es tan instintivo como comer. Pero la mayoría no está dispuesta a involucrarse en juegos que no sean inmediatos, porque no les parece que vale la pena. Se les olvidó que jugar es lo más divertido que podemos hacer y sólo están dispuestos a recordarlo parcialmente con juegos que no impliquen esfuerzo. Piénsese en Risk, que es una mierda, pero es fácil y tiene muñequitos.

La verdad es que no me molesta repetir mil veces lo mismo. Necesito forzar el comienzo porque ya no me fluye, pero rápidamente le encuentro el gusto a lo que estoy diciendo. Lo terrible es que se vuelve cantaleta cuando no genera ningún resultado. El go se ha convertido en una rutina dentro de las conversaciones para mí. Una cuestión de formalidades, como las conversaciones que tengo por teléfono con sujetos que están a punto de pasarme a la persona que en realidad estoy llamando -“cuéntame, ¿fulanito está por ahí?”-.

Así pues, voy a decir el mensaje principal con tono de que es la última vez. Lo voy a decir en su versión más radical (y no por ello menos verdadera). Lo voy a decir con la esperanza de que pueda algún día ahorrarme otra explicación que no llevará a nada (y con la secreta ilusión de que esta vez sí seré escuchado). Agárrense:

  1. Todas nuestras interacciones están hechas de juegos y existe cierta revelación escondida en la posibilidad de tomarnos en serio los juegos que se presentan como artificiales.
  2. El go es insuperable.
  3. El mundo sería más feliz si jugáramos más, en particular; el mundo sería mejor si todos jugaran go.

 

 

 

 

 

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