Pedro y los Óscar

25 febrero, 2011 § Deja un comentario


Un tuit solitario marcó el momento en que Pedro perdió la paciencia. Terminada la ceremonia, nuestro héroe publicó que se rehusaba a ver otra entrega de los Óscar. Lo notamos tan sólo en retrospectiva, por supuesto. Difícil sería que ese tuit se destacara, pues las demás personas, como suelen hacer, escribieron cosas similares sobre lo mismo y cosas distintas sobre temas diferentes. Sin embargo, ahí estaba esa primera señal. Una persona la agregó a sus favoritos.

Pedro incumplió su promesa. Tuvo que ver y presenciar varias ediciones de los Óscar después de ese día. Pero no se debió a un cambio de parecer sino a la determinación de que durante los premios de la Academia, por culpa o gracias a lo insoportable que resultaba la ceremonia, se abría siempre la posibilidad de una irrupción. Los años de experiencia que le otorgaría la realización de su plan confirmaron que no se trataba de dar argumentos. Su opinión era la misma que tiene cualquier persona frustrada por el resultado de cada entrega y molesta por el tono mundial que tiene esta celebración local. Lo que indignaba a Pedro, lo que lo sacaba de quicio, era que el formato mismo del programa le daba un micrófono sin límites a decenas de personas y ninguna de ellas lo utilizaba. Le costaba creer que entre todos los ganadores no hubiera nunca alguien que pudiera superar las limitaciones sociales o contractuales impuestas por esta celebración; alguna persona con el valor o la tranquilidad para tirarlo todo por el desagüe y decir aquello que ruega por ser dicho. Cuando Pedro tuiteó lo que tuiteó, entendió que esa persona nunca llegaría. Los Óscar siempre serían iguales y el silencio con cara de agradecimientos a gente desconocida sería cada vez más impresionante. Fue entonces que ideó su plan. Se convertiría en un exitoso cineasta sólo para recibir un Óscar sólo para tener la oportunidad de decir, en plena ceremonia, que se limpiaría el culo con la estatuilla dorada.

El proceso fue arduo y lento. Podríamos incluso cuestionar las motivaciones de nuestro héroe porque nadie se toma la molestia de molestarse tanto por tanto tiempo. Lo cierto, en términos cotidianos, es que trabajar haciendo cine es muy divertido. Y lo fundamental, en términos esdrújulos, es que romper la configuración del mundo, aunque sea por un momento, es algo que merece algunos años de búsqueda. La trayectoria de Pedro está para que la revisen en Wikipedia; la omitiremos acá porque carece de elementos especiales. No cabe duda de que estuvo llena de dificultades y aventuras. Pero el Pedro que conseguía palancas y trabajaba en comerciales de videojuegos, el que dirigió blockbusters completamente amarrado por los productores, sólo se distinguía de sus colegas por el intangible secreto de sus motivaciones y eso no se puede mostrar. De no ser por aquel tuit dudaríamos de que haya habido un plan y no tan sólo un momento de cansancio en la mitad de esa ceremonia. Los invito a que revisen las entrevistas que daba acerca de sus películas. ¿Puede alguien distinguir entre el Pedro que jugaba a decir lugares comunes y sus colegas, que los decían por obligación?

Suponemos que se reía en sus adentros. Es inevitable gozarse una farsa cuando se logra hacer, con toda seriedad, una película sobre una lesbiana afrodescendiente, lisiada, judía y jorobada que recibe la medalla de honor luchando en Afganistán. Tuvo que haberse divertido porque nadie sospechó lo que enunciado así parece tan obvio. Cierto es que muchos se indignaron cuando la cinta de Pedro obtuvo esa anhelada nominación. Pero la mayoría se alegró porque él, maestro de tonos y ritmos, había hecho una película que dejaba llorando a cualquier desprevenido. A su manera, todos le creían.

Paso entonces al momento que ya vivimos. Un hombre vestido de esmoquin, con gafas, barba y ademanes torpes, se alegra por su victoria tanto como todos los demás ganadores. Camina hacia el escenario, en medio de los aplausos, con una mezcla de alivio y frenesí. Recibe la estatuilla, se acerca al micrófono y, cuando lo toca con su boca, hace una pequeña pausa. Con su mirada revisa las secciones alejadas del teatro. Acaso Pedro piensa en que al otro lado de las cámaras, en países y hogares diversos, hay gente como él que va a sentir un profundo alivio cuando ocurra la sorpresa. Duda por un instante, quizá porque ya que no sabe cuál es el tono apropiado. Se rasca la frente y, por fin, usa el micrófono.

-Sólo quería decir que esto es una puta mierda.

La gente desconcertada no entiende qué acaba de ocurrir. El director de la transmisión no alcanza a reaccionar. Primero hay silencio, luego el teatro se llena de bullicio y, en ese mismo instante, un coro inaudible se articula entre todas las personas que, sin compartir un mismo espacio, dicen “gracias”.

Anuncios

Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.

La vida de los otros

3 febrero, 2011 § 1 comentario


Mantendremos la costumbre de escribir con un reporte de las conversaciones que ocurrieron a mis espaldas. La disposición de la escena es simple. Yo juego música y escucho go en el computador, ella chatea y tuitea en la cama que está más atrás.  Ocurrió hace momentos una de las célebres sesiones de chat entre mi hermana y Daniel. Para éste último, mi clon menor dejó de ser la hermanita de Santiago y han construido una hermosa relación alrededor de su rivalidad futbolística. Daniel es fanático del Barça. Mi hermana, por su parte, lleva consigo la elegancia propia de alguien que entiende que hay algo poético en el tragedia prometeica del Real Madrid. No es el momento de juzgar a Daniel por sus gustos fáciles. Tan sólo nos concierne ilustrar las alturas a las que llega la interacción de estos guerreros.

Siempre es una carcajada la que inicia el diálogo. Me cuenta Alejandra que hemos recibido una propuesta: ver los clásicos entrantes en un territorio neutral. Las últimas ediciones, por razones que no queremos recordar acá, representaron para Daniel una situación incómoda. Enfrentado ante la tarea de describir esa sensación de victoria, agradecimiento y pena, nuestro personaje anotó su primera tanto.

-Me siento como si hubiera ido a tu casa y hubiera roto la loza.

Reconocemos el estilo con el que preparó su pregunta posterior.

-Quiero sonsacarte algo, pero tienes que leerme con cuidado.- Alejandra esperó con cautela mientras “Daniel estaba escribiendo”. -¿No crees que las decisiones arbitrales representaron un factor decisivo en clasificación del Madrid a la final?- Así como lo leen.

Presta a encontrar el link, Alejandra se defendió mostrando el estudio más grotesco que se ha hecho para determinar si una jugada fue gol. Nada menos que una simulación hecha a partir del volumen y las sombras del balón para ver su relación con la línea de gol sin la obstrucción del palo. Fue un golpe contundente. Suponemos que la prudencia inicial de Daniel era muestra de que no quería que se asociara su pregunta con las trilladas sospechas de fraude y conspiración que acechan al pobre Madrid. Los merengues deben cargar la cruz que es el estigma de franco. Se diría, entre paréntesis, que aún los fallos erróneos que perjudican al equipo albino hacen parte de la conspiración, en tanto que ayudan a evitar sospechas. Pero suponemos, digo, porque con Daniel nunca se sabe si habla en serio.

-¡As!- Bufó -nada menos que propaganda fascista.

Para terminar, no la situación sino esta crónica, Alejandra señaló que el Madrid fue fundado por un catalán, dato jugoso, éste, que había encontrado hace un par de días.

-Toda historia tiene su Judas.

 

***

Moralejas nos quedan muchas. Hemos aprendido que Daniel es un as de la palabra. Pero también abrimos campo para dudar de la veracidad de cualquier testimonio. La lección más importante, sin embargo, es que la justicia no existe. Alejandra, nuestro personaje sin voz, fue tan indispensable como Daniel. Su única falla fue contarme lo que decía él, no porque así se opacara, antes bien, porque me explicaba, como yo le pedía, qué es lo que la hacía reír. Algún día tendremos la versión de Daniel y confirmaremos que él tuvo sus propias risas y ella sus propios apuntes. Por lo pronto, los dejo con un detrás de escenas. Se trata del último tuit que no publicó nuestra heroína de Oz. Me comentó, precisamente hoy, que unas amigas suyas son activistas hasta el exceso. Se indignaron, por ejemplo, con la promoción de Comcel que incluía un perro por la compra de un celular. ¡Los perros se venden! Les pregunto, ¿qué es lo peor que podían hacer, meter al perro en la caja del teléfono? Pues bien, estas amigas le pidieron, como piden siempre, que hiciera alguna obra que salvará al mundo y para la cual toca desplazarse hasta el otro lado de la ciudad. Ella, enterrada bajo la avalancha de tuits que producían sus amigas, pero preocupada por su amistad pensó.

-Lo siento, no puedo ir a salvar a las ballenas porque estoy atrapada en el mundo consumista y capitalista: debo ir a comprar ropa.

Y en cambio escribió, obviamente en Facebook:

Mujeres,

De antemano, perdonadme. Yo las quiero mucho y me encanta que intenten contribuir con aquel sinfín de cosas. Pero no podré asistir a la tuiteratón. Primero, tengo arco. Luego debo comprar ropa con mi madre, que, como es Diana Uribe, vive ocupada y sólo puede el sábado. Y como ustedes sabrán, estoy en crisis zapasional y de ropa. Así que les deseo toda la suerte del mundo. Me cuentan. Y lo de Diana Uribe era un chiste, espero se hayan reído.

¿No les parece bello?

 

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para febrero, 2011 en Press Play.