Aviso

12 abril, 2011 § 1 comentario


Ya agregué la categoría de “Grandes éxitos”. Vino en un momento de culpa porque el post inmediatamente anterior está pensado para los lectores de Hoja Blanca. Allá tiene algo de sorpresa y acá es demasiado revelador; exhibe monotonía. Entonces me armé de energía y revisé todos los textos que están publicados para elegir los que más me satisfacen. El de Scott Pilgrim se coló por estadística demanda popuilar. “Work in progress” lo puse para obligarme a convertirlo en un gran éxito.

Bogotá, 8 de abril de 2011

Posdata de 2011

Alguien trajo a mi atención el hecho de que mis preocupaciones y mis métodos obedecen al esquema de tuíter. Temo que me juzguen sólo por los escritos recientes y veo con nostalgia cómo se pierden aquellos que alguna vez fueron motivo de altivez. Ese alguien tiene toda la razón: “Grandes éxitos” es una suerte de favstar.

De cómo ganar el tiempo

10 abril, 2011 § 4 comentarios


A pesar de que nadie parece tener tiempo para nada, existe un número asombroso de actividades ridículas que la gente practica por puro amor. El que se ponga a buscar en Youtube talentos extraños, encontrará un sin fin de comunidades y prácticas que no sólo lo impresionarán; también le parecerán de lo más gracioso. Hay gente que se dedica a saltar en pogo sticks, otros que son maestros tocando el arpa de boca, otros que pasan su vida jugando tetris y otros muchos, muchísimos, que hacen cosas que no nos interesan y que nunca haremos. ¿Qué distingue a estas actividades de aquellas, igual de absurdas, qué sí aprobamos? No es que tenga mucho sentido patear un balón, o tocar un instrumento, o deslizarnos con ruedas por una rampa. Nos divertimos haciendo esas cosas, sí, pero cómo gozan los bobos que se ponen a armar una y otra vez el cubo Rubik.

Si tuviera que señalar los criterios que empleamos para aceptar ciertas prácticas y tildar otras de inútiles, siendo que la utilidad no sirve para nada, diría que todo se reduce a cuestiones de popularidad, entretenimiento para el espectador y acaso la posibilidad de que imaginemos con facilidad esa diversión. Todos esos elementos ponen en evidencia que necesitamos un empujón externo para dejarnos llevar por la curiosidad. El prospecto de nuevas pasiones no es suficiente; hace falta aprobación y la seguridad de que nuestra rutina no se verá alterada. Vengo a invitarlos a que superemos la pereza que nos restringe a las prácticas más comunes y aceptadas. Está muy bien leer, meterse a Facebook y jugar fútbol, pero ¿quién puede decir que ya no se aburre nunca?, ¿quién que no quiere conocer nuevos mundos y refrescar la motivación que a veces se apaga cuando nos cansamos de una misma cosa? Es cierto que hay actividades que no son para uno. Creo, sin embargo, que son muchas menos de las que suponemos. Algunas pueden verse ridículas, parecer aburridísimas y para colmo ser solitarias, pero no sobra darles el beneficio de la duda porque somos particularmente buenos distrayéndonos y hemos logrado diseñar actividades que hacen que la vida misma sea una ocasión feliz para distraerse. No olvidemos que las cosas serias, como ponerse una corbata, son juegos congelados; que todas las cosas de moda también fueron y son ridículas; y que la gracia está en descubrir nuevas razones para levantarnos por las mañanas. Usted ya tendrá las suyas, pero, ¿no le parece emocionante el prospecto de encontrar otras más?

Pienso entonces que a todo el mundo le vendría de maravilla tener más hobbies. Nuestra capacidad de encontrar el encanto de las pequeñas cosas no deja de ser fascinante y los juegos, además, son particularmente bellos porque hacen explícito el goce de lo arbitrario y lo absurdo. Que alguien pueda gastar años enteros tejiendo, haciendo modelos en madera, jugando World of Warcraft, explica, en parte y a la larga, nuestra disposición para enamorarnos del cine, la literatura y todas esas cosas que no tienen nada que ver con sobrevivir.

Ahora bien, da la casualidad de que precisamente estoy pensando en una recomendación particular. Jueguen go. ¿Que qué es eso? Es mi pasión geek. ¿Que igual necesitan una reseña? Bueno, es un juego de mesa Chino, parecido, aunque poco, al ajedrez. Es decir que es un juego estratégico, que no tiene cartas, ni dados, ni dungeon master, pero sí turnos. Dos jugadores ubican discos blancos y negros sobre un tablero cuadriculado y el que mejor pone los suyos, gana. No voy a gastar lo que queda de texto explicando las reglas porque, si llegaron hasta este párrafo, ya lograron superar algo de la pereza y estoy seguro de que usarán este link que los llevará a Wikipedia. Sí diré, en cambio, que es bellísimo, sencillísimo, hipnótico, que es el juego más antiguo del mundo y que es mejor que el ajedrez en todos los sentidos en los que el ajedrez es grandioso. Con suerte, dedicarán felices horas resolviendo el problema de cómo poner cada pepita mejor. Si necesitan un empujón, los sábados me reúno en la Casa de la Historia con otra gente rara para jugar y enseñar. Están bienvenidos.

 

 

Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


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