24 horas sin fumar

26 mayo, 2011 § 2 comentarios


Publico cuando se puede. Esto lo escribí en el vuelo de San Francisco a Tokio. 

Faltan tres horas todavía. Estoy absolutamente mamado y no se me ocurre mucho que decir. Lamento no haber escrito a tiempo un post bien alegre en el que anunciara que me largo para Japón. Hubiera dicho que es un viaje corto porque estoy invitado a disputar un torneo de go. Hubiera añadido que esa invitación es poco menos que el sueño de los últimos años y que es muy raro encontrarme por fin acá. Pero no hice eso y debería ser honesto con el momento. Ahora pienso que estoy cansado, que me molesta no poder escuchar la sexta de Beethoven sin pensar en Fantasía y que mi iPod es un guapo. Llevamos 21 horas de reproducción musical continua. No; mentiras. Paré en los aeropuertos y durante una película. Digamos 15 horas de música. Nada mal. Un recorrido ecléctico que da pena no haber registrado.

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Catarsis

16 mayo, 2011 § Deja un comentario


Voy a hablar sobre Garavito. Les ruego que me perdonen la falta de preámbulos. Francamente me da muchísima mamera recolectar los hechos y creo que no es arriesgado suponer que ya saben quién es, qué hizo y que el tema está candente porque es posible que lo liberen en un futuro cercano. Espero que sepan también que la cuestión no es tan fácil como muchos la ponen. La rabia nos deja ciegos y con rabia es fácil tomar decisiones. El hecho sigue siendo que el tipo éste es un ser humano, que él también tiene miedos y motivaciones. Nada de lo que haya hecho o dicho podrá cambiar eso. Lo único que podrá hacer es cegarnos lo suficiente como para creer que la decisión es fácil. Basta con notar que los correos que andan dando vueltas por ahí se basan en argumentos falaces y emocionales que buscan formar en nosotros la idea de que Garavito es el mal mismo y que matarlo es, por lo tanto, el bien.

Pero no vengo acá a recrear el debate para luego manifestar mi opinión; eso se hace en todas partes y no coincide con los propósitos de este blog. Vengo a invitarlos a que pensemos cuál sería la mejor película que podríamos sacar de este caso. Así como lo leen: si hiciéramos una película sobre el futuro de Garavito, ¿cuál de los múltiples escenarios será el más interesante en términos catárticos?

Pensemos primero que en todas nuestras películas necesitamos una vía de comunicación directa entre el pueblo y el gobierno: Facebook. Hecho eso, que empiece la especulación.

Propongo, para comenzar, una película en la que, por demanda popular, maten a Garavito. Podríamos matarlo “limpiamente” y mostrar sutilmente las pequeñas y horrendas contradicciones del sistema de la pena de muerte. Hacemos que todos los miembros de la ejecución pongan cara de que es la justicia misma la que está actuando y que ellos sólo tenían el trabajo de ejecutarla ese día. Llenamos la película de discursos sobre el equilibro y la impersonalidad de la justicia. Pero ponemos un montón de énfasis en que la idea de la muerte impersonal no existe. Mostramos al doctor desinfectando la aguja, a la gente vistiéndose de blanco ese día y lo contrastamos con la gente hambrienta de sangre, entre otros, a los mismos doctores. Ahora bien, yo propongo, en esa línea, que incluyamos a un personaje crítico que tome la decisión. Cuando los votos lo obliguen a matar, nuestro personaje saldrá en televisión desesperado y le dirá a la gente que no sea tan pusilánime, que si van a matar a alguien con el pretexto del equilibro, pues que le hagan lo que hizo. Entonces filmamos una violada con verdugos con máscaras negras y falos falsos, metálicos y con púas. Doscientos verdugos, entre voluntarios y empleados, que violen a Garavito en público. Luego mostramos a la gente horrorizándose porque no dimensionaban lo que pedían. Si quieren hacemos un montaje de Garavito violando niños y la gente violándolo a él. Pero ojo, la gracia es que quede ambigua la película. Toca que haya muchos debates y que se alcancen a insinuar ambas cosas: esa pseudo justicia pseudo natural que todos sentimos cuando aprobamos una venganza, y el problema ético que implica pagarle a alguien con su propia moneda.

Otra opción es poner énfasis en el carácter funcional de la ley. Podemos hacer una película llena de tensiones, con ambos bandos debatiendo, en la que la sorpresa final sea que alguien salva a Garavito por medio de una ejecución falsa. Es decir, la gente ve y cree que lo matan, pero lo salvan para no cometer esa barbarie. Entonces mostramos a la gente satisfecha y feliz creyendo que el castigo ejemplar fue dado. Mostramos a Garavito no reincidiendo y tratamos de señalar que la justicia es también lograr que el mundo siga dando vueltas sin que los dioses vengan a decirnos quién merece morir a manos de nosotros.

Eso sí; no hagamos propaganda. Porque podríamos hacer una muy obvia. Una en la que el gobierno se quede de brazos cruzados, Garavito salga libre y en unos meses viole a otro niño. Le metemos incluso la historia del niño para que desde el principio anticipemos el final, como pasa en El niño con piyama de rayas. En la última escena vuelven a capturar a Garavito. Alguien dice: “Hicimos lo que se podía hacer” y el protagonista le responde: “No, se escudaron en la ley para dejar que hubiera otra injusticia”, “Les costó una vida reconocer que cometieron un error”- y llora.

A lo mejor la más seria de todas las películas sería un remake de Dead Man Walking. ¿Se la vieron? Es brutal. Logra poner en escena todo: que el malo también es humano, que la familia quiere venganza y no justicia; que su crimen en todo caso fue atroz y que el criminal no se hubiera arrepentido sin el proceso de la pena de muerte; que se puede amar a quien sea. Es tan buena que toca llamar a los bomberos. Entonces nos enfocamos en la perspectiva de Garavito y, a punta de buen cine, le sacamos un destello de simpatía, uno sólo que nos permita dudar, pero luego lo matamos.

¡Uy! ¿Y qué opinan de un remake de The Wall? Mostramos a Garavito volviéndose un asesino violador paso por paso, con el mismo Pink Floyd de fondo. Construimos cinematográficamente su pared, terminamos con el juicio por Facebook y hasta incluimos imágenes oníricas de la violación masiva, quién quita.

En últimas, yo voto por que hagamos una película en la que alguien viaje en el tiempo a distintas épocas y ayude a rediseñar la sociedad para que, desprovista de ambientes hostiles, la gente no se convierta en un síntoma de nuestra podredumbre. Nos craneamos un diseño bien pinchado de cómo nos gustaría vivir con todo: modelos económicos, escuelas completamente distintas, ecología y toda la vaina. Entonces, incluimos a un personaje, un bacán, que sea el mismo Garavito hecho otra persona. Pero, como para que no nos quede sin nudo la vaina, ponemos a un par de personajes con desórdenes psicológicos, o como se diga. Entonces planteamos el problema de qué pasa cuando la gente se explica en términos biológicos y no morales. Después de intentarlo todo con estas personas, la comunidad se rinde y diseña una prisión para los que no cuadran. Le meten todos los recursos necesarios para que sea un edén que les ayude a olvidar el hecho que nos trajo acá en un principio: que las prisiones son una manera de ignorar nuestra impotencia; son el espacio debajo del tapete y, cuando las atiborramos de lo que nos parece mugre, eventualmente terminamos tropezándonos.

Cambiar o no cambiar

7 mayo, 2011 § Deja un comentario


En los últimos días me he encontrado tres veces con una misma cuestión. Es probable que me haya topado más veces con otras que pasaron desapercibidas, como lo es también que ese número de repeticiones no sea significativo. Recuerdo, incidentalmente, que sólo fui capaz de notar la cantidad de personas que suben en muletas las escaleras de la universidad el día en que tuve que usar unas. Digamos, mejor, que un tema que no parecía llamar mucho mi atención tuvo tanta resonancia que no pude evitar reconocerlo en sus aleatorias reapariciones. Me refiero al miedo que nos genera la actitud desafiante que tienen algunos ante los límites.

No me sorprendería que hacer un recuento de esos tres casos sea la mejor manera de ilustrar mi punto, aunque puede también ser una maña. Todo comenzó la semana pasada cuando un capítulo de Glee abordó el problema de las cirugías plásticas. (Nótese, sin que ello implique una distracción, que mencioné Glee como si ni siquiera hubiera que justificar que la veo.) Uno de los personajes decidió que se haría una cirugía y esa determinación escandalizó a los demás. Siendo Glee como es Glee, el episodio desarrolló esa problemática para asentar una vez más el punto central de la serie: que cada cual debe aprender a aceptarse como es. Olvidémonos por un instante de los riesgos de las cirugías plásticas. Nuestra percepción seguramente debe estar distorsionada porque, como con el consumo de drogas, sólo nos enteramos de los casos desafortunados. La tecnología tiene que ser mejor de lo que era cuando comenzó el debate. El negocio está creciendo y estadísticamente me atrevería a afirmar que el campo de las cirugías plásticas es considerablemente exitoso. Digo entonces que nos olvidemos de los riesgos. Supongamos que toda cirugía lograría a la perfección su cometido. ¿Cuál es la joda con que alguien se enderece la nariz o se quite la barriga? En Glee sacaron todo el repertorio de “tus particularidades son las que te definen” pero eso es una manera engañosa de decir: “sería muy raro para nosotros acostumbrarnos a tu cambio físico”. Sospeché entonces -y he acá el momento de incepción- que lo que se esconde detrás del rechazo público a las cirugías plásticas es el miedo a que se vuelvan una norma. Que tú cambies tu aspecto, que no puedas vivir con tu nariz, pone presión sobre nosotros. En el momento en que los defectos se vuelven menos frecuentes y más corregibles aparece la obligación de resolverlos. La depilación femenina se volvió una obligación social. La ortodoncia, un ejemplo mejor, es también un requisito. Es cierto que se trata de una cuestión de salud, pero el hecho es que ya no es fácil tener los dientes chuecos; ya no hay excusa porque la mayoría los enderezó en algún punto. Piénsese entonces que cuando le decimos a alguien “no cambies, tus defectos te hacen lo que eres”, en realidad estamos temiendo que se suba el nivel de exigencia. Los que somos aceptables pasaremos a ser feos y los feos serán inmundos a menos de que estemos dispuestos a hacer parte de esa carrera armamentista.

Segundo episodio. Estoy con un amigo y él decide recordar la reprobación que sentían los músicos conservadores hacia sus contemporáneos cuando rompían el código de mesura que sostenía los límites. Esto se aplica a múltiples casos y diversas artes, pero pensemos en la opinión que tenían algunos de que Mozart armonizara cuatro voces distintas durante catorce minutos. Seguramente alguien tuvo que pensar: “¿y ahora qué?; ¿a todos nos toca hacer eso?”

En este punto me pareció conmovedora la idea de que la gente involucrada en una situación sienta miedo ante la perspectiva de que suba el nivel de exigencia. Me aventuré a pensar que lo mejor es tener el coraje y el entusiasmo para recibir los nuevos límites con curiosidad. Mozart, como sabemos, es un putas. Y se me ocurre que nuestra habilidad para adaptarnos hace que todo límite pasado parezca pusilánime e inútil. La cuestión se complica si consideramos que muchas veces los requisitos no se deben tanto a una evolución cuanto a un problema de inflación. Antes no era necesario tener un doctorado. Parece que el tipo de procesos y el nivel de trabajos que se requería en un pregrado simplemente se han desplazado a estudios más avanzados. Ignoraré ese punto porque se me está saliendo de control la reflexión. Lo cierto es que la gente se aterroriza cuando piensa en modificaciones genéticas, implantes cibernéticos y muchas otras cosas que augura el futuro vertiginoso que tenemos enfrente. Por alguna misteriosa razón, no comparto ese miedo. Tampoco creo que la vida será mejor el día en que se implementen ese tipo de cambios. Pero sí creo que nosotros, o los que vivan ese futuro, miraremos atrás sin nostalgia. Tal vez del mismo modo en que imaginamos períodos de tiempo en los que los cambios eran demasiado lentos; la higiene, paupérrima; la vida llena de tiempos muertos.

No negaré que muchas veces he hecho parte del bando conservador. Cuando me enteré de que existía la música electrónica me pareció fea y carente de mérito, pero lo que en realidad sentía era miedo ante la idea de que alguien pudiera hacer sonidos complejos con sólo espichar botones. Últimamente, parece que tiendo más hacia los bandos transgresivos. Sería incomodísimo tratar de justificar esa tendencia porque creo que me llevaría al desprecio prejuicioso que tengo por la palabra conservador. Cada vez que me encuentro con un debate entre las viejas tradiciones y los cambios, abogo por los cambios. Típicamente se trata de cuestiones tecnológicas, artísticas o políticas. Antes, por ejemplo -y pongo intencionalmente el más trivial-, defendía los libros a capa y espada y ahora creo que las bibliotecas deberían ser electrónicas y los libros digitales. A la mierda la nostalgia por el olor del papel.

Ahora bien, llegamos al tercer episodio. Se trata del más culo de todos pero es también el que me puso a dudar, el que me recordó que todos oscilamos entre la vanguardia y la tradición. Fue nada menos que la victoria del Barza. Como era de esperarse, me pareció insoportable. Lo curioso es que entre todos los motivos para esa molestia -las polémicas arbitrales, el planteamiento del Madrid, la conducta antideportiva- el que más me quedó sonando, acaso porque había visto Glee y porque había hablado de Mozart, fue el egoísmo con el que el Barza está empeñado en romper los límites del fútbol. Óigase bien: me dio miedo que el Barza esté cambiando el fútbol. El argumento es muy simple: no se les puede quitar el balón. A pesar de que el dominio que tienen de él no se ve en otros equipos, creo que no se requiere demasiado virtuosismo para aprender a jugar bobito. Esto es, si todos los equipos adoptan el modelo del Barza, el hecho de que estén compuestos de jugadores profesionales permitiría, al menos, que aprendan a conservar el balón indefinidamente. Luego discutiremos si el Barza tiene también el don de realizar ataques contundentes. El problema es que su posesión del balón, esa que realizan entre los defensas y el arquero, reduce la ofensiva del equipo contrario a un puñado de ataques potencialmente peligrosos. Entonces lo vi: los equipos deberán convertirse en el Barza y cuando comiencen a hacerlo el fútbol se volverá muy aburrido y será necesario establecer un límite de posesión, así como se volvió necesario prohibir que el portero toque el balón con las manos cuando se lo devuelve alguien del mismo equipo. El viejito chapado a la antigua en mí se despertó con terror. Sentí lo que sienten los godos de la FIFA cuando les mencionan las cámaras de video. Si el Barza resuelve el fútbol al modo en que se resuelve el triqui habrá que cambiarlo y quién sabe cómo quedará.

No fue sino atar un par de cabos y comencé a considerar todas las cosas en las que soy godo. Me da miedo que los estudiantes puedan escaparse del salón de clase con la pantalla de sus celulares. Me da miedo aceptar que poner atención no implica mirar a los ojos y que compartir el tiempo no implica compartir un silencio. Me escandaliza la idea de que no haya tal cosa como el buen gusto. Ya sabía que no se puede comparar a Bach con Nirvana y que es muy godo el que juzgue a alguien que prefiera escuchar a éste último. Pero es a regañadientes que “acepto” que el reggaeton no es inferior a lo que a mí me gusta. Peor aún, de igual modo “tolero” que alguien que lo escucha no es menos interesante que una persona que tiene mis gustos musicales. Por el lado del lenguaje, me gusta jugar con uno que otro de anglicismo, pero me desagradan los nuevos hábitos de escritura y encuentro con facilidad el límite de mezclas y cambos que me incomoda.

Estas cuestiones no están directamente relacionadas con el problema de subir el nivel de exigencia. Llegué a ellas, como dije, por asociación. Sin embargo, no deja de haber cierta conexión en la medida en que perder los cánones me da miedo. Me gusta ampliarlos, cambiarlos, pero tenerlos es algo así como un límite que permite facilidad y tranquilidad conceptual. Qué jodido es pensar el mundo cuando se te dañan esas cosas.

Post universal

5 mayo, 2011 § 2 comentarios


El que no ha publicado alguna vez que se disculpa por su prolongada ausencia, no ha tenido un blog. Ha llegado ese momento para mí. El problema fue falta de tiempo, como dice todo el que publica estos escritos, y también una horrible sequía. Hace mucho que no escribo algo que me satisfaga. Eso te quita las ganas de seguir.

Afortunadamente, escogí este día particular para publicar mi inevitable excusa porque ahora sí tendré tiempo. Al menos, se supone que eso pasa cuando alguien se queda sin su respectiva Marciana de un día para otro, como es el caso. Veremos qué tanto se cumplen los lugares comunes.

Queda entonces anunciado mi regreso. El plan ahora es llegar lo más rápido posible al período de second childhood ilustrado abajo sin que ese apuro sea ingenuo o irrespetuoso con el período de luto extrañísimo que dejan las separaciones por causas externas. Parte de ese plan incluye reanimar este blog y parte de esa parte del plan incluye publicar este post.

Finalmente, una de las cosas que me bajó el ánimo fue no poder utilizar el home para hacer metacomentarios de mis propios posts. Sé cómo mostrar las primeras palabras de cada texto, pero no sé cómo escribir palabras distintas y es ésa la posibilidad que me interesa. Cacharrié y fracasé aunque no fui exhaustivo. Si alguien sabe cómo se hace esto, me ahorraría un gasto de energía considerable.

Nos vemos mañana, entonces. Los dejo con el video anunciado y un link para los chismosos que se preguntan qué pasó con la bella Marciana. 

¿Dónde estoy?

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