Cambiar o no cambiar

7 mayo, 2011 § Deja un comentario


En los últimos días me he encontrado tres veces con una misma cuestión. Es probable que me haya topado más veces con otras que pasaron desapercibidas, como lo es también que ese número de repeticiones no sea significativo. Recuerdo, incidentalmente, que sólo fui capaz de notar la cantidad de personas que suben en muletas las escaleras de la universidad el día en que tuve que usar unas. Digamos, mejor, que un tema que no parecía llamar mucho mi atención tuvo tanta resonancia que no pude evitar reconocerlo en sus aleatorias reapariciones. Me refiero al miedo que nos genera la actitud desafiante que tienen algunos ante los límites.

No me sorprendería que hacer un recuento de esos tres casos sea la mejor manera de ilustrar mi punto, aunque puede también ser una maña. Todo comenzó la semana pasada cuando un capítulo de Glee abordó el problema de las cirugías plásticas. (Nótese, sin que ello implique una distracción, que mencioné Glee como si ni siquiera hubiera que justificar que la veo.) Uno de los personajes decidió que se haría una cirugía y esa determinación escandalizó a los demás. Siendo Glee como es Glee, el episodio desarrolló esa problemática para asentar una vez más el punto central de la serie: que cada cual debe aprender a aceptarse como es. Olvidémonos por un instante de los riesgos de las cirugías plásticas. Nuestra percepción seguramente debe estar distorsionada porque, como con el consumo de drogas, sólo nos enteramos de los casos desafortunados. La tecnología tiene que ser mejor de lo que era cuando comenzó el debate. El negocio está creciendo y estadísticamente me atrevería a afirmar que el campo de las cirugías plásticas es considerablemente exitoso. Digo entonces que nos olvidemos de los riesgos. Supongamos que toda cirugía lograría a la perfección su cometido. ¿Cuál es la joda con que alguien se enderece la nariz o se quite la barriga? En Glee sacaron todo el repertorio de “tus particularidades son las que te definen” pero eso es una manera engañosa de decir: “sería muy raro para nosotros acostumbrarnos a tu cambio físico”. Sospeché entonces -y he acá el momento de incepción- que lo que se esconde detrás del rechazo público a las cirugías plásticas es el miedo a que se vuelvan una norma. Que tú cambies tu aspecto, que no puedas vivir con tu nariz, pone presión sobre nosotros. En el momento en que los defectos se vuelven menos frecuentes y más corregibles aparece la obligación de resolverlos. La depilación femenina se volvió una obligación social. La ortodoncia, un ejemplo mejor, es también un requisito. Es cierto que se trata de una cuestión de salud, pero el hecho es que ya no es fácil tener los dientes chuecos; ya no hay excusa porque la mayoría los enderezó en algún punto. Piénsese entonces que cuando le decimos a alguien “no cambies, tus defectos te hacen lo que eres”, en realidad estamos temiendo que se suba el nivel de exigencia. Los que somos aceptables pasaremos a ser feos y los feos serán inmundos a menos de que estemos dispuestos a hacer parte de esa carrera armamentista.

Segundo episodio. Estoy con un amigo y él decide recordar la reprobación que sentían los músicos conservadores hacia sus contemporáneos cuando rompían el código de mesura que sostenía los límites. Esto se aplica a múltiples casos y diversas artes, pero pensemos en la opinión que tenían algunos de que Mozart armonizara cuatro voces distintas durante catorce minutos. Seguramente alguien tuvo que pensar: “¿y ahora qué?; ¿a todos nos toca hacer eso?”

En este punto me pareció conmovedora la idea de que la gente involucrada en una situación sienta miedo ante la perspectiva de que suba el nivel de exigencia. Me aventuré a pensar que lo mejor es tener el coraje y el entusiasmo para recibir los nuevos límites con curiosidad. Mozart, como sabemos, es un putas. Y se me ocurre que nuestra habilidad para adaptarnos hace que todo límite pasado parezca pusilánime e inútil. La cuestión se complica si consideramos que muchas veces los requisitos no se deben tanto a una evolución cuanto a un problema de inflación. Antes no era necesario tener un doctorado. Parece que el tipo de procesos y el nivel de trabajos que se requería en un pregrado simplemente se han desplazado a estudios más avanzados. Ignoraré ese punto porque se me está saliendo de control la reflexión. Lo cierto es que la gente se aterroriza cuando piensa en modificaciones genéticas, implantes cibernéticos y muchas otras cosas que augura el futuro vertiginoso que tenemos enfrente. Por alguna misteriosa razón, no comparto ese miedo. Tampoco creo que la vida será mejor el día en que se implementen ese tipo de cambios. Pero sí creo que nosotros, o los que vivan ese futuro, miraremos atrás sin nostalgia. Tal vez del mismo modo en que imaginamos períodos de tiempo en los que los cambios eran demasiado lentos; la higiene, paupérrima; la vida llena de tiempos muertos.

No negaré que muchas veces he hecho parte del bando conservador. Cuando me enteré de que existía la música electrónica me pareció fea y carente de mérito, pero lo que en realidad sentía era miedo ante la idea de que alguien pudiera hacer sonidos complejos con sólo espichar botones. Últimamente, parece que tiendo más hacia los bandos transgresivos. Sería incomodísimo tratar de justificar esa tendencia porque creo que me llevaría al desprecio prejuicioso que tengo por la palabra conservador. Cada vez que me encuentro con un debate entre las viejas tradiciones y los cambios, abogo por los cambios. Típicamente se trata de cuestiones tecnológicas, artísticas o políticas. Antes, por ejemplo -y pongo intencionalmente el más trivial-, defendía los libros a capa y espada y ahora creo que las bibliotecas deberían ser electrónicas y los libros digitales. A la mierda la nostalgia por el olor del papel.

Ahora bien, llegamos al tercer episodio. Se trata del más culo de todos pero es también el que me puso a dudar, el que me recordó que todos oscilamos entre la vanguardia y la tradición. Fue nada menos que la victoria del Barza. Como era de esperarse, me pareció insoportable. Lo curioso es que entre todos los motivos para esa molestia -las polémicas arbitrales, el planteamiento del Madrid, la conducta antideportiva- el que más me quedó sonando, acaso porque había visto Glee y porque había hablado de Mozart, fue el egoísmo con el que el Barza está empeñado en romper los límites del fútbol. Óigase bien: me dio miedo que el Barza esté cambiando el fútbol. El argumento es muy simple: no se les puede quitar el balón. A pesar de que el dominio que tienen de él no se ve en otros equipos, creo que no se requiere demasiado virtuosismo para aprender a jugar bobito. Esto es, si todos los equipos adoptan el modelo del Barza, el hecho de que estén compuestos de jugadores profesionales permitiría, al menos, que aprendan a conservar el balón indefinidamente. Luego discutiremos si el Barza tiene también el don de realizar ataques contundentes. El problema es que su posesión del balón, esa que realizan entre los defensas y el arquero, reduce la ofensiva del equipo contrario a un puñado de ataques potencialmente peligrosos. Entonces lo vi: los equipos deberán convertirse en el Barza y cuando comiencen a hacerlo el fútbol se volverá muy aburrido y será necesario establecer un límite de posesión, así como se volvió necesario prohibir que el portero toque el balón con las manos cuando se lo devuelve alguien del mismo equipo. El viejito chapado a la antigua en mí se despertó con terror. Sentí lo que sienten los godos de la FIFA cuando les mencionan las cámaras de video. Si el Barza resuelve el fútbol al modo en que se resuelve el triqui habrá que cambiarlo y quién sabe cómo quedará.

No fue sino atar un par de cabos y comencé a considerar todas las cosas en las que soy godo. Me da miedo que los estudiantes puedan escaparse del salón de clase con la pantalla de sus celulares. Me da miedo aceptar que poner atención no implica mirar a los ojos y que compartir el tiempo no implica compartir un silencio. Me escandaliza la idea de que no haya tal cosa como el buen gusto. Ya sabía que no se puede comparar a Bach con Nirvana y que es muy godo el que juzgue a alguien que prefiera escuchar a éste último. Pero es a regañadientes que “acepto” que el reggaeton no es inferior a lo que a mí me gusta. Peor aún, de igual modo “tolero” que alguien que lo escucha no es menos interesante que una persona que tiene mis gustos musicales. Por el lado del lenguaje, me gusta jugar con uno que otro de anglicismo, pero me desagradan los nuevos hábitos de escritura y encuentro con facilidad el límite de mezclas y cambos que me incomoda.

Estas cuestiones no están directamente relacionadas con el problema de subir el nivel de exigencia. Llegué a ellas, como dije, por asociación. Sin embargo, no deja de haber cierta conexión en la medida en que perder los cánones me da miedo. Me gusta ampliarlos, cambiarlos, pero tenerlos es algo así como un límite que permite facilidad y tranquilidad conceptual. Qué jodido es pensar el mundo cuando se te dañan esas cosas.

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