Catarsis

16 mayo, 2011 § Deja un comentario


Voy a hablar sobre Garavito. Les ruego que me perdonen la falta de preámbulos. Francamente me da muchísima mamera recolectar los hechos y creo que no es arriesgado suponer que ya saben quién es, qué hizo y que el tema está candente porque es posible que lo liberen en un futuro cercano. Espero que sepan también que la cuestión no es tan fácil como muchos la ponen. La rabia nos deja ciegos y con rabia es fácil tomar decisiones. El hecho sigue siendo que el tipo éste es un ser humano, que él también tiene miedos y motivaciones. Nada de lo que haya hecho o dicho podrá cambiar eso. Lo único que podrá hacer es cegarnos lo suficiente como para creer que la decisión es fácil. Basta con notar que los correos que andan dando vueltas por ahí se basan en argumentos falaces y emocionales que buscan formar en nosotros la idea de que Garavito es el mal mismo y que matarlo es, por lo tanto, el bien.

Pero no vengo acá a recrear el debate para luego manifestar mi opinión; eso se hace en todas partes y no coincide con los propósitos de este blog. Vengo a invitarlos a que pensemos cuál sería la mejor película que podríamos sacar de este caso. Así como lo leen: si hiciéramos una película sobre el futuro de Garavito, ¿cuál de los múltiples escenarios será el más interesante en términos catárticos?

Pensemos primero que en todas nuestras películas necesitamos una vía de comunicación directa entre el pueblo y el gobierno: Facebook. Hecho eso, que empiece la especulación.

Propongo, para comenzar, una película en la que, por demanda popular, maten a Garavito. Podríamos matarlo “limpiamente” y mostrar sutilmente las pequeñas y horrendas contradicciones del sistema de la pena de muerte. Hacemos que todos los miembros de la ejecución pongan cara de que es la justicia misma la que está actuando y que ellos sólo tenían el trabajo de ejecutarla ese día. Llenamos la película de discursos sobre el equilibro y la impersonalidad de la justicia. Pero ponemos un montón de énfasis en que la idea de la muerte impersonal no existe. Mostramos al doctor desinfectando la aguja, a la gente vistiéndose de blanco ese día y lo contrastamos con la gente hambrienta de sangre, entre otros, a los mismos doctores. Ahora bien, yo propongo, en esa línea, que incluyamos a un personaje crítico que tome la decisión. Cuando los votos lo obliguen a matar, nuestro personaje saldrá en televisión desesperado y le dirá a la gente que no sea tan pusilánime, que si van a matar a alguien con el pretexto del equilibro, pues que le hagan lo que hizo. Entonces filmamos una violada con verdugos con máscaras negras y falos falsos, metálicos y con púas. Doscientos verdugos, entre voluntarios y empleados, que violen a Garavito en público. Luego mostramos a la gente horrorizándose porque no dimensionaban lo que pedían. Si quieren hacemos un montaje de Garavito violando niños y la gente violándolo a él. Pero ojo, la gracia es que quede ambigua la película. Toca que haya muchos debates y que se alcancen a insinuar ambas cosas: esa pseudo justicia pseudo natural que todos sentimos cuando aprobamos una venganza, y el problema ético que implica pagarle a alguien con su propia moneda.

Otra opción es poner énfasis en el carácter funcional de la ley. Podemos hacer una película llena de tensiones, con ambos bandos debatiendo, en la que la sorpresa final sea que alguien salva a Garavito por medio de una ejecución falsa. Es decir, la gente ve y cree que lo matan, pero lo salvan para no cometer esa barbarie. Entonces mostramos a la gente satisfecha y feliz creyendo que el castigo ejemplar fue dado. Mostramos a Garavito no reincidiendo y tratamos de señalar que la justicia es también lograr que el mundo siga dando vueltas sin que los dioses vengan a decirnos quién merece morir a manos de nosotros.

Eso sí; no hagamos propaganda. Porque podríamos hacer una muy obvia. Una en la que el gobierno se quede de brazos cruzados, Garavito salga libre y en unos meses viole a otro niño. Le metemos incluso la historia del niño para que desde el principio anticipemos el final, como pasa en El niño con piyama de rayas. En la última escena vuelven a capturar a Garavito. Alguien dice: “Hicimos lo que se podía hacer” y el protagonista le responde: “No, se escudaron en la ley para dejar que hubiera otra injusticia”, “Les costó una vida reconocer que cometieron un error”- y llora.

A lo mejor la más seria de todas las películas sería un remake de Dead Man Walking. ¿Se la vieron? Es brutal. Logra poner en escena todo: que el malo también es humano, que la familia quiere venganza y no justicia; que su crimen en todo caso fue atroz y que el criminal no se hubiera arrepentido sin el proceso de la pena de muerte; que se puede amar a quien sea. Es tan buena que toca llamar a los bomberos. Entonces nos enfocamos en la perspectiva de Garavito y, a punta de buen cine, le sacamos un destello de simpatía, uno sólo que nos permita dudar, pero luego lo matamos.

¡Uy! ¿Y qué opinan de un remake de The Wall? Mostramos a Garavito volviéndose un asesino violador paso por paso, con el mismo Pink Floyd de fondo. Construimos cinematográficamente su pared, terminamos con el juicio por Facebook y hasta incluimos imágenes oníricas de la violación masiva, quién quita.

En últimas, yo voto por que hagamos una película en la que alguien viaje en el tiempo a distintas épocas y ayude a rediseñar la sociedad para que, desprovista de ambientes hostiles, la gente no se convierta en un síntoma de nuestra podredumbre. Nos craneamos un diseño bien pinchado de cómo nos gustaría vivir con todo: modelos económicos, escuelas completamente distintas, ecología y toda la vaina. Entonces, incluimos a un personaje, un bacán, que sea el mismo Garavito hecho otra persona. Pero, como para que no nos quede sin nudo la vaina, ponemos a un par de personajes con desórdenes psicológicos, o como se diga. Entonces planteamos el problema de qué pasa cuando la gente se explica en términos biológicos y no morales. Después de intentarlo todo con estas personas, la comunidad se rinde y diseña una prisión para los que no cuadran. Le meten todos los recursos necesarios para que sea un edén que les ayude a olvidar el hecho que nos trajo acá en un principio: que las prisiones son una manera de ignorar nuestra impotencia; son el espacio debajo del tapete y, cuando las atiborramos de lo que nos parece mugre, eventualmente terminamos tropezándonos.

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