24 horas sin fumar

26 mayo, 2011 § 2 comentarios


Publico cuando se puede. Esto lo escribí en el vuelo de San Francisco a Tokio. 

Faltan tres horas todavía. Estoy absolutamente mamado y no se me ocurre mucho que decir. Lamento no haber escrito a tiempo un post bien alegre en el que anunciara que me largo para Japón. Hubiera dicho que es un viaje corto porque estoy invitado a disputar un torneo de go. Hubiera añadido que esa invitación es poco menos que el sueño de los últimos años y que es muy raro encontrarme por fin acá. Pero no hice eso y debería ser honesto con el momento. Ahora pienso que estoy cansado, que me molesta no poder escuchar la sexta de Beethoven sin pensar en Fantasía y que mi iPod es un guapo. Llevamos 21 horas de reproducción musical continua. No; mentiras. Paré en los aeropuertos y durante una película. Digamos 15 horas de música. Nada mal. Un recorrido ecléctico que da pena no haber registrado.

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Un curioso update

21 enero, 2011 § Deja un comentario


Mientras escribía mi pataleta sobre la difusión del go, todo terminaba de encajar en su lugar. Aparecieron proyectos futuros, proyectos grandes que implican una opción de vida y que están centrados en el go. No quiero adelantar la sorpresa porque nada es definitivo. Lo que sí debe ser dicho es que llevo una semana en la que me alegro cuando alguien me pregunta sobre el bello baduk. Hace años no sentía tanta gratitud hacia las personas que en un momento dado preguntan sobre este tema. Puedo adelantar también que tuve una sensación potente y trillada. Pensé que quizás todo lo que ha ocurrido en mi vida hasta el momento apuntaba secretamente en esta dirección.

Les estaré comentando sobre el desarrollo de mi posible felicidad infinita. Eso sí, vayan llamando a los reservistas.

Bobos miedos

12 enero, 2011 § 1 comentario


Usualmente la palabra procrastinación viene al caso cuando el dilema está entre lo que debemos hacer y lo que queremos hacer. Me viene ocurriendo algo curioso. Estoy en vacaciones, no estoy obligado a hacer nada, pero me debato entre hacer cosas que considero productivas y divertidas, como escribir, y cosas que sólo cumplen el segundo criterio: jugar go y armar el cubo infinitas veces. La cuestión se complica si tomamos en cuenta lo que dije en el post anterior porque yo mismo me siento culpable cuando paso tardes enteras “perdiendo el tiempo”. Pensé que las vacaciones serían el tiempo ideal para escribir varios post, inclusive he venido contemplando la posibilidad de escribir una novela corta, pero lo único que verdaderamente he hecho con seriedad es jugar.

Por un lado, creo que debe existir un balance. Está bien divertirse, pero tengo la impresión de que me espera un terrible vacío si no hago al menos una fracción de las grandes cosas que me gustaría hacer en la vida. Por el otro, sin embargo, me parece terriblemente estúpido no reconocer lo mucho que me gusta perder el tiempo. Ayer me senté en frente del computador y armé mi cubo cerca de cincuenta veces mientras escuchaba una playlist perfecta. No se imaginan el embale. Basta comparar ese par de horas con todas aquellas que paso aburrido en distintos lugares y situaciones para darme cuenta de que fue un gran día.

El go, un secreto que a nadie le importa

4 enero, 2011 § 3 comentarios


Ha llegado el momento de hablar de go. Le había sacado el culo a este post porque me da pereza volverme monotemático. De suyo me parece grave tener que repetir una misma carreta por décadas completas, pero lo del go es mucho peor. Nadie lo conoce y por lo tanto ni siquiera puedo hablar sobre los aspectos más interesantes; debo limitarme a explicar de qué se trata y acaso porqué es digno de mención.

Me atrevo a pensar que tú, mi querido lector, te encuentras en alguno de los siguientes grupos. O bien te estás preguntando qué carajos es eso, en cuyo caso mi punto se prueba solo. O bien has oído hablar del famoso juego y te causa algo de curiosidad su estructura y reglas. O bien sabes perfectamente de qué estoy hablando porque me has oído muchas veces. Si estás en alguno de los primeros dos grupos, la única manera de entablar un diálogo sobre este tema es repetir lo que tantas veces he tenido que repetir. Si perteneces al tercero, me da pena continuar porque no quiero quedar atrapado en la etiqueta de “el que habla de go”. (Entre paréntesis, estoy ampliando esa etiqueta para que incluya al cubo Rubik también. Otro tema que ha brillado por su ausencia en este blog.)

Pero he aquí que efectivamente soy el que habla de go. Puede que ningún tema me apasione tanto como ése. De hecho, cada vez que hablo de laberintos infinitos, del tiempo y las decisiones, estoy obvia pero secretamente hablando de go. Hay otras cosas, por supuesto. Es imposible ser verdaderamente monotemático (hasta los veganos y los testigos de Jehová hablan del clima), pero es asombrosa la cantidad de energía mental que le dedico al bello baduk.

En ese orden de ideas, el punto de este post es que me siento muy solo amando al go. Le he enseñado a jugar a unas cien personas y ninguna lo hace hoy en día. Mi novia y mi hermana juegan, pero sólo conmigo. Sería llevadero e incluso emocionante que nadie conociera el juego si bastara con una breve charla para transmitir el mensaje. Pero es demasiado frustrante que todos se emocionen cuando escuchan esa palabra por primera vez porque ya sé que nunca tienen la energía o el entusiasmo para continuar. ¿Será culpa del juego, mía? En cierto sentido, creo que es como aprender coreano. Es decir que es divertidísimo y natural aprender en donde todos lo juegan, pero mamón y energéticamente costoso aprender en Colombia. Los primeros meses pueden ser difíciles y si no hay compañía en el tiempo que toma articular la primera frase con el lenguaje del juego, cualquiera se cansa de balbucear. Sin embargo, siempre me encuentro con el mismo misterio. Para mí no fue difícil. Me demoré muchísimo en ganar mi primera partida, recibí muendas apabullantes, pero nunca me aburrí o perdí la motivación. El Internet y las personas que juegan acá fueron más que suficientes. Explíquenme entonces, ¿por qué putas seguimos siendo cuatro gatos?

La razón ya fue dicha. Los juegos, como los lenguajes, sólo funcionan en compañía. Los del go estamos solos y tenemos que sufrir con la certeza de que, en otro contexto, se podría lograr nuestro sueño. El Sudoku, algo mucho más árido, pero también complejo y exigente, se volvió popular porque gozó de la moda que tanto anhelamos. Sin embargo, mi pregunta sigue teniendo sentido: lo que no me explico es ¿por qué no logramos conseguir veinte gatos más? Entiendo que el go nunca sea popular en Colombia; ¿pero debe acaso ser siempre igual de minúsculo y marginal?

Tengo dos teorías. La primera es que la gente quiere muy pocas cosas que alteren sus rutinas. Evidentemente, todos estamos ocupados, incluso procrastinando. Pero la gente se paraliza ante la perspectiva de algo inútil que pueda ocupar horas diarias. El piano es igual que el go, pero no se ve inútil. Los idiomas son iguales que el go, pero no se ven inútiles. El go está jodido porque se ve infinito, infructuoso y no hay forma de compartir el placer que produce. Sólo se puede prometer que se llegará a él. La gente cree en esa promesa, pero aún así les da pereza invertir energía en algo que luego costará tiempo. Que sea algo absolutamente maravilloso no pesa en esa ecuación.

La segunda teoría, paralela y complementaria, es que la gente no es juguetona. A todos nos gusta jugar, es tan instintivo como comer. Pero la mayoría no está dispuesta a involucrarse en juegos que no sean inmediatos, porque no les parece que vale la pena. Se les olvidó que jugar es lo más divertido que podemos hacer y sólo están dispuestos a recordarlo parcialmente con juegos que no impliquen esfuerzo. Piénsese en Risk, que es una mierda, pero es fácil y tiene muñequitos.

La verdad es que no me molesta repetir mil veces lo mismo. Necesito forzar el comienzo porque ya no me fluye, pero rápidamente le encuentro el gusto a lo que estoy diciendo. Lo terrible es que se vuelve cantaleta cuando no genera ningún resultado. El go se ha convertido en una rutina dentro de las conversaciones para mí. Una cuestión de formalidades, como las conversaciones que tengo por teléfono con sujetos que están a punto de pasarme a la persona que en realidad estoy llamando -“cuéntame, ¿fulanito está por ahí?”-.

Así pues, voy a decir el mensaje principal con tono de que es la última vez. Lo voy a decir en su versión más radical (y no por ello menos verdadera). Lo voy a decir con la esperanza de que pueda algún día ahorrarme otra explicación que no llevará a nada (y con la secreta ilusión de que esta vez sí seré escuchado). Agárrense:

  1. Todas nuestras interacciones están hechas de juegos y existe cierta revelación escondida en la posibilidad de tomarnos en serio los juegos que se presentan como artificiales.
  2. El go es insuperable.
  3. El mundo sería más feliz si jugáramos más, en particular; el mundo sería mejor si todos jugaran go.

 

 

 

 

 

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