Aviso

12 abril, 2011 § 1 comentario


Ya agregué la categoría de “Grandes éxitos”. Vino en un momento de culpa porque el post inmediatamente anterior está pensado para los lectores de Hoja Blanca. Allá tiene algo de sorpresa y acá es demasiado revelador; exhibe monotonía. Entonces me armé de energía y revisé todos los textos que están publicados para elegir los que más me satisfacen. El de Scott Pilgrim se coló por estadística demanda popuilar. “Work in progress” lo puse para obligarme a convertirlo en un gran éxito.

Bogotá, 8 de abril de 2011

Posdata de 2011

Alguien trajo a mi atención el hecho de que mis preocupaciones y mis métodos obedecen al esquema de tuíter. Temo que me juzguen sólo por los escritos recientes y veo con nostalgia cómo se pierden aquellos que alguna vez fueron motivo de altivez. Ese alguien tiene toda la razón: “Grandes éxitos” es una suerte de favstar.

Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


Grandes éxitos y otros filtros

21 marzo, 2011 § 2 comentarios


Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue tanto lo que me incomodó el problema de lo que pensara el lector que opté por el nombre actual, algo sonoro, neutral y quizás anodino. Vuelvo a estas consideraciones porque estoy realizando un taller de escritura en el que mis estudiantes tienen que abrir sus propios blogs. Sus dudas y las decisiones que toman me recuerdan mis propias interrogantes. Sé, por ejemplo, que si bien el blanco que uso de fondo se ve pálido y perezoso en comparación con las posibilidades multicolores que se encuentran en otros blogs, lo prefiero porque hay algo elegante en la simpleza de un formato que enfoca la atención en los textos. Lo que sí me parece exagerado es dejar todas las entradas completas y hacer que el blog se extienda infinitamente. Las categorías que uso, en su mayoría, son un chiste. Luego no es fácil navegar la página y las entradas pasadas se pierden porque exigen demasiado; que bajen y bajen sólo por curiosidad. Pensarán que me burlo de la pasividad de alguien que no está dispuesto a leer más de lo que tiene frente a la nariz, pero lo cierto -y esto fue una gran revelación- es que yo mismo no leería mi propio blog por puros problemas de formato.

Solía pensar que había una cuestión de principios detrás de esto. Así como no quiero que la extensión de un texto cualquiera se vea restringida por facilitarle las cosas a un transeúnte, así tampoco quería poner colores, etiquetas o cambiar en algo el imponente formato de un extenso pergamino. Lo cierto es que todo cuenta y es probable que sea ingenuo pedir tanto si no se quiere que los únicos lectores serios sean dos o tres conocidos. Hoy haré un par de concesiones. Agregaré la categoría de “Grandes éxitos” y pondré extractos en la página principal. Ambas cosas tienen su dificultad. Con la primera quiero resaltar las entradas que más me satisfacen para que el último escrito no sea siempre el que tiene la responsabilidad de conquistar a cada lector. Preveo que puede ser incómodo elegir los textos que tendrían ese tag, pero es un riesgo menor si se compara con otros muchos que hacen parte de la construcción de un blog. Lo segundo, en cambio, es un problema el hijo de puta. Podría dejar las primeras cincuenta y cinco palabras de cada entrada pero creo que es una salida mediocre. Si se trata de generar un filtro, si la gracia es dar opciones, no creo que los primeros renglones sean un referente justo. Consideremos, por ejemplo, la imagen previa que tendría este mismo post.

Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue… read more.

Yo quiero algo más juguetón y, en últimas, más honesto. Si es largo, diré que es largo; si es serio, si es ficción, si es gracioso o denso trataré de anunciar qué es lo que espera al lector en el otro lado de un link. Pensemos en esta opción:

Grandes éxitos y otros filtros

Un texto para los amantes de las dificultades de crear un blog, para los chismosos que no resisten un detrás de escenas y para los sesudos que disfrutan el prefijo “meta”. Santiago reflexiona sobre cambios de formato, revela sus miedos y anhelos… read more .

Es así que me embarcaré en la jocoso-dispendiosa tarea de reseñar mis propios textos. Si encuentran un extracto literal, uno de esos que citan el principio del texto, será porque me rendí o porque el chiste no dio para tanto.

 

 

 

La vida de los otros

3 febrero, 2011 § 1 comentario


Mantendremos la costumbre de escribir con un reporte de las conversaciones que ocurrieron a mis espaldas. La disposición de la escena es simple. Yo juego música y escucho go en el computador, ella chatea y tuitea en la cama que está más atrás.  Ocurrió hace momentos una de las célebres sesiones de chat entre mi hermana y Daniel. Para éste último, mi clon menor dejó de ser la hermanita de Santiago y han construido una hermosa relación alrededor de su rivalidad futbolística. Daniel es fanático del Barça. Mi hermana, por su parte, lleva consigo la elegancia propia de alguien que entiende que hay algo poético en el tragedia prometeica del Real Madrid. No es el momento de juzgar a Daniel por sus gustos fáciles. Tan sólo nos concierne ilustrar las alturas a las que llega la interacción de estos guerreros.

Siempre es una carcajada la que inicia el diálogo. Me cuenta Alejandra que hemos recibido una propuesta: ver los clásicos entrantes en un territorio neutral. Las últimas ediciones, por razones que no queremos recordar acá, representaron para Daniel una situación incómoda. Enfrentado ante la tarea de describir esa sensación de victoria, agradecimiento y pena, nuestro personaje anotó su primera tanto.

-Me siento como si hubiera ido a tu casa y hubiera roto la loza.

Reconocemos el estilo con el que preparó su pregunta posterior.

-Quiero sonsacarte algo, pero tienes que leerme con cuidado.- Alejandra esperó con cautela mientras “Daniel estaba escribiendo”. -¿No crees que las decisiones arbitrales representaron un factor decisivo en clasificación del Madrid a la final?- Así como lo leen.

Presta a encontrar el link, Alejandra se defendió mostrando el estudio más grotesco que se ha hecho para determinar si una jugada fue gol. Nada menos que una simulación hecha a partir del volumen y las sombras del balón para ver su relación con la línea de gol sin la obstrucción del palo. Fue un golpe contundente. Suponemos que la prudencia inicial de Daniel era muestra de que no quería que se asociara su pregunta con las trilladas sospechas de fraude y conspiración que acechan al pobre Madrid. Los merengues deben cargar la cruz que es el estigma de franco. Se diría, entre paréntesis, que aún los fallos erróneos que perjudican al equipo albino hacen parte de la conspiración, en tanto que ayudan a evitar sospechas. Pero suponemos, digo, porque con Daniel nunca se sabe si habla en serio.

-¡As!- Bufó -nada menos que propaganda fascista.

Para terminar, no la situación sino esta crónica, Alejandra señaló que el Madrid fue fundado por un catalán, dato jugoso, éste, que había encontrado hace un par de días.

-Toda historia tiene su Judas.

 

***

Moralejas nos quedan muchas. Hemos aprendido que Daniel es un as de la palabra. Pero también abrimos campo para dudar de la veracidad de cualquier testimonio. La lección más importante, sin embargo, es que la justicia no existe. Alejandra, nuestro personaje sin voz, fue tan indispensable como Daniel. Su única falla fue contarme lo que decía él, no porque así se opacara, antes bien, porque me explicaba, como yo le pedía, qué es lo que la hacía reír. Algún día tendremos la versión de Daniel y confirmaremos que él tuvo sus propias risas y ella sus propios apuntes. Por lo pronto, los dejo con un detrás de escenas. Se trata del último tuit que no publicó nuestra heroína de Oz. Me comentó, precisamente hoy, que unas amigas suyas son activistas hasta el exceso. Se indignaron, por ejemplo, con la promoción de Comcel que incluía un perro por la compra de un celular. ¡Los perros se venden! Les pregunto, ¿qué es lo peor que podían hacer, meter al perro en la caja del teléfono? Pues bien, estas amigas le pidieron, como piden siempre, que hiciera alguna obra que salvará al mundo y para la cual toca desplazarse hasta el otro lado de la ciudad. Ella, enterrada bajo la avalancha de tuits que producían sus amigas, pero preocupada por su amistad pensó.

-Lo siento, no puedo ir a salvar a las ballenas porque estoy atrapada en el mundo consumista y capitalista: debo ir a comprar ropa.

Y en cambio escribió, obviamente en Facebook:

Mujeres,

De antemano, perdonadme. Yo las quiero mucho y me encanta que intenten contribuir con aquel sinfín de cosas. Pero no podré asistir a la tuiteratón. Primero, tengo arco. Luego debo comprar ropa con mi madre, que, como es Diana Uribe, vive ocupada y sólo puede el sábado. Y como ustedes sabrán, estoy en crisis zapasional y de ropa. Así que les deseo toda la suerte del mundo. Me cuentan. Y lo de Diana Uribe era un chiste, espero se hayan reído.

¿No les parece bello?

 

Cónlogo diaversado

12 septiembre, 2010 § 1 comentario


Santiago:  ¿Te molesta que te diga Estraggon?

Estraggon: Es un poco raro, pero para el caso es preferible eso a que me llames Santiago u otro nombre, como Truman.

S: ¿Y que te tutee?

E: Tampoco; la otra opción es más incómoda.

S: Vale. Cuéntame, Estraggon, ¿Qué opinas del arte de la conversación?

E: Sé que es un tema que me interesa mucho, luego diría que mi opinión al respecto es vehemente, pero no estoy seguro de saber cuál es esa opinión. A mí también me gusta usar la palabra “arte”. Creo, por ejemplo, que poder conversar bien con alguien es una de las cosas que más me importan en una amistad. Sin embargo, no sé qué decir, ¿que preferiría conocer a Cortázar a conocer a Einstein o a Jesús? Es más, todo el mundo piensa que las conversaciones son importantes. Que yo lo diga no es suficiente para insinuar hasta qué punto considero que de eso es que se trata (la vida misma). Hay veces en las deja de interesarme lo que dice otra persona por la cantidad de muletillas que usa. Pero me temo que eso habla más de mí como mala persona que como conversador.

S: Para eso estoy acá; para ayudarte a desenredar este asunto. Tengo entendido que querías grabar una conversación con Bruja antes de que se fuera.

E: Sí, cómo no. Grabar y editar, porque en la segunda palabra está la clave.

S: Cuéntame más sobre eso.

E: Pues bien, Bruja (un amigo) me pidió que lo acompañara a la (Universidad) Nacional porque lo iban a entrevistar en un programa de radio, en calidad de psicólogo experto. Siendo él algo que no es exactamente experto en psicología y tratándose, consecuentemente, de un programa de radio informal, resultó que tanto los entrevistadores como él insistieron en que sería divertido que participáramos ambos. Yo haría el papel de experto en literatura y filosofía; es decir -y óigase tamaña falacia- experto en la condición humana.

¿Te estoy aburriendo con esta introducción?

S: No, pero quizás aburres a los lectores.

E: ¿Lectores?

S: Si preguntaste lo que preguntaste es porque sabes que hay lectores.

E: Ahora que lo pienso, “consecuentemente” es de esas palabras que se escriben pero no se dicen.

S: Ahora que alguien escribe que a mí se me ocurren cosas, lo mismo pasa con “ahora bien”. De hecho pensé en decirte “Hágase el bobo”, mientras hacía cierta cara y ponía cierto tono. Noté incómodamente cómo no se podía. Pero continúa. Seguro que ya perdimos un  par.

Ambos hacen silencio y miran a su alrededor.

E: En fin. Entramos a la cabina para ser entrevistados y pasó algo maravilloso. Una vez superamos el nerviosismo inicial, fue tremendamente divertido fingir un diálogo en frente del micrófono. En cierto punto logré decirle a Bruja, “Bruja”. Ambos jugamos roles distintos y lo más bello es que planeamos y recreamos una conversación que ya habíamos tenido sin que por ello dejáramos de improvisar.

(¿Se puede poner punto a parte?)

No estoy seguro de que haya quedado bien el programa. Han pasado varios meses y nunca lo sacaron al aire. Cosa digna de mención, además, porque los programas que he oído buscando el nuestro son malísimos. En ese entonces, ignorando aquel penoso dato, pensamos que salió genial. Salimos embalados -edítese después- con ganas de oírlo y ganas de hacer conversaciones que no fueran sobre vida y salud. Así pues, llegamos a la casa con el plan concreto de grabar una conversación y editarla.

Estraggon interrumpe su párrafo y cambia de expresión para comentar algo.

E: Perdona que insista. Es imposible ser lo suficientemente breve. Hay toda una desproporción entre la extensión de lo que se escribe y lo que se dice. Lo de Inception, por ejemplo, salió larguísimo y aún así es demasiado corto como para ser emocionante o chévere. Como quien dice, un post que no es ni chicha ni limonada. Aproveché para hacer una clase con mis niños en la que decía exactamente lo que luego escribí en ese post y se embalaron como nunca lo hará un lector del mismo. La charla duró más de una hora, claro, pero es que hablando se puede poner atención como nunca podría un lector que se encontrara con suficientes palabras en un post de un blog como para cubrir toda una hora de lectura. Tan sólo esa frase debió haber sido complicada.

S: Estoy seguro de que los lectores serán algo más pacientes viendo que en lugar de párrafos están leyendo un diálogo. Me preocupa más que digas “ni chicha ni  limonada” a que hagas una introducción al tema que aquí nos reúne.

E: Bueno. La historia ya casi termina. Llegamos al apartamento de Marciana (su novia). Qué pena. ¿Importa que hable de gente que el lector no conoce?

S: Luego se edita.

E: Llegamos luego al apartamento Marciana y no hubo tiempo para grabar la dichosa conversación. En este momento Bruja está en Filandia leyendo este blog. No lo veo hace meses y dudo mucho que lleguemos a realizar la grabación, pero me quedó sonando esa idea. De hecho, estoy pensando en dedicarle un post de esos que llevan la categoría de “proyectos” (acaso para aceptar que nunca lo haré).

S: ¿Y por qué te agrada tanto?

E: La gracia de improvisar está en sorprender al otro y sorprenderse a uno mismo. Para conversar rico es necesario saber improvisar. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que los grandes momentos se deben a grandes frases y éstas son infrecuentes. No me refiero a cosas que luego sean citables o siquiera dignas de un tuit. Hablo de la frase perfecta en el momento perfecto. El plan entonces es condensar las conversaciones. Hacer que las frases geniales aparezcan en cada momento, que hasta los puentes entre una y otra estén bien logrados.

Lo ideal sería hacer un guión lleno de diálogos; escribir una obra de teatro o acaso una novela hecha de gente en cafés. Efectivamente, una de las cosas que más me atraen del cine es esa posibilidad de refinar nuestra vida cotidiana. Sin embargo, no es casualidad que los diálogos más llamativos sean cortos. Date cuenta de que, en el mejor de los casos, este texto que ahora dialogamos será interesante, pero no podrá ser verdaderamente gracioso o dinámico. Es ridículamente difícil escribir buenos diálogos. De eso te habrás dado cuenta en este punto. Pero el problema va más allá. Por bien que queden, es diferente conversar a decir cosas chéveres. En este preciso momento tú te estás borrando. Pareces más un interlocutor de Sócrates, diciendo, “Sí”, “No”, “Efectivamente”, que alguien hablando conmigo. La culpa no es tuya, es del formato.

S: Pero las conversaciones tienen turnos y tiempos. Todavía no entiendo lo que me quieres decir y ya afirmas que no he hablado. Tres páginas allá en Word o un cuarto de pergamino acá en blog; si lo piensas bien, no es tanto.

E: Ése es precisamente mi punto. Dejémosle los breves performance a los personajes de las películas que nos gustan. Lo que yo quiero es atiborrar una conversación de aquello que la hace conversación. Que dos horas se vuelvan veinte minutos así como cientos de páginas se vuelven tan sólo unas cuantas.  Quiero hablar con Bruja, Dániel o Marciana, ojalá con los tres, y que de eso salga algo que sea agradable escuchar.

S: ¿Sabías que los de Can se ponían a improvisar por horas y luego editaban las grabaciones para que el resultado fuera una canción genial de varios minutos?

Estraggon grita que sí, que iba a decir eso mismo. Había preparado una frase igual de torpe cuando Santiago se le adelantó. No escribiremos esas risas y alegrías, se verían horribles llenas de signos de exclamación.

 

 

 

Introducción a otras entradas*

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


Como muchos, llevo un par de años acumulando ideas de cosas que me gustaría hacer y/o encontrar. Por supuesto, a la hora de la verdad (y como muchos también), mi obra visible se reduce a una tesis de pregrado, un playlist, cierta canción mal grabada y acaso este blog**. La obra invisible, la interminablemente heroica e impar, está compuesta de ideas nunca realizadas. No nos engañemos: sería falsa modestia decir que no me fascinaría ver estos proyectos bien logrados, pero sería mucho exagerar si añado que mis obras imaginarias serían de hecho buenas o si quiera no pésimas.

El problema está en que hay todo un abismo entre hacer y planear, cosa bien sabida. Me contradigo de manera evidente cuando, dando clases sobre escritura, señalo con vehemencia que lo importante es el proceso mismo. Pienso incluso que la escritura sólo ocurre en el momento de la edición. Y recuerdo, con preocupación y convencimiento, la siguiente frase de algún escritor famoso. “Lamentó mucho haber pasado toda una dácada pensando en escribir y no escribiendo” (Seguro la cita original es más amena).

Así pues, descaradamente me conformo con planear porque me emociona y me da la sensación de que hacer algo bueno no es tan difícil como parece. Digo a veces “manos a la obra” y me voy de jeta contra el fondo del mencionado abismo. Para colmo, me miento con la idea de que sólo me interesa hacer reseñas de libros falsos, como ocurre en los cuentos de Borges. De esa mentira, dicho sea de paso, surgió este post. Me debato ante la perspectiva de escribir algunas de estas ideas. No porque me dé miedo revelarlas, ni pendejadas semejantes, sino porque no estoy seguro de que valga la pena leerlas. Sin embargo, habíamos dicho más abajo -porque los blogs, además de ser pergaminos insufribles, están al revés- que el criterio no era ése. Entonces sí, lo haré. Tendré una pequeña categoría de proyectos no realizados y si acaso me aburro escribiéndolos, será porque no son tan chéveres después de todo.

Ya para terminar, vi una charla de TED en la que el expositor argumenta que es mala idea contar los sueños no realizados. Básicamente, dice que al compartir nuestros proyectos sentimos una aprobación que simula la sensación que queremos lograr. Por culpa de esto, nos sentimos más satisfechos y tenemos menos ganas de llevar a cabo dichas tareas. Siento que me diagnosticaron.

*Tanto la palabra “entrada” como la palabra “post” me molestan.

**Se podría decir que el otro Santiago a duras penas existe.***

***Al principio el blog se llamaba Santiago y yo. La nota al pie era una referencia a ese otro y flojo nombre.

Add New Post: El inicio de la monotonía

26 agosto, 2010 § Deja un comentario


Cuarto día y ya me cuesta un poco de trabajo continuar. Ayer estuve pensando en los temas que quisiera tratar y me tranquilizó pensar que son suficientes como para no tener que preocuparme por páginas blancas en un futuro cercano. Pues fijaos, unas horas más tarde ocurrió precisamente aquello que temía: no sé qué escribir. Pienso en cosas demasiado académicas que todavía no quiero publicar; pienso también en ideas agradables que ahora parecen bobas; pienso en reflexiones como esta misma y me pregunto si todo el blog será una crónica de la experiencia de tener un blog.

Acaso este momento es tan bueno como cualquiera para hablar un poco sobre el marco general de esas cuatro cosas que sigo repitiendo -con entusiasmo, óigase bien- en cada conversación.

Si el lector me conoce personalmente es probable que haya tenido (o tenga todavía) la impresión de que soy demasiado racional. Estrictamente hablando creo que no creo en ni mierda. Soy la clase de persona que se siente incómoda cuando habla con alguien que asegura haber experimentado algo sobrenatural porque sé que ese alguien lo cree pero creo también que, cualquiera que sea la cosa que defiende, no ocurrió. Soy el que tiende a tomar el bando hescéptico en discusiones filosóficas y hablo con frecuencia en términos hilustrados y positivistas. No me parece que la realidad sea aburridora en lo más mínimo, pero tampoco soy de los que defienden las maravillas asombrosas de la naturaleza; de esos que le dicen a las personas religiosas que es más bello pensar el mundo en términos científicos que míticos. No, siempre que interpreto lo hago pensando en ficciones y quisiera explicar a qué me refiero con eso.

Una de las ideas que más me llaman la atención es pensar que algo es irrelevante cuando aparenta ser todo lo contrario. Recuerdo, por ejemplo, un pequeño orgasmo durante una clase en la que Gustavo Chirolla entabló un diálogo hipotético entre Descartes y Spinoza. Gustavo es grosero y gritón cuando se emociona y en pleno embale se burló del dios maligno de Descartes, ese que puede estar simulando un mundo falso en todo momento sólo para cagarse en la ostia. No recuerdo las palabras exactas que usó. Pero básicamente le gritó a Descartes que si ése fuera el caso sólo habría de importarnos el día en el mundo dejara de ser como es. Por lo pronto, no importa si esta es la realidad real o si estamos conectados al matrix de un dios aguafiestas. ¿Se alcanza a ver lo bello que resulta esa respuesta? Ridiculiza la pesquisa del filósofo francés y simultáneamente equipara dos escenarios radicalmente opuestos. En uno somos los testigos de la realidad y en el otro somos las ratas de laboratorio de alguien que nos engaña y probablemente se ríe mientras tanto.

A lo que voy es que, durante la gran mayoría del tiempo, creo que la verdad es un criterio válido para juzgar el mundo y le reprocho constantemente a ciertos discursos precisamente el hecho de que los considero falsos. Sin embargo, me doy cuenta de que sólo vale la pena hablar de verdad allí donde no es obvio que algo sea verdadero o falso. El argumento entonces es el siguiente: si sólo nos tomamos la molestia de preguntarnos por la verdad de las cosas cuando no la conocemos, entonces aquello que finge ser verdadero es verdadero porque sólo podemos juzgar su retórica. Puede que suene culísimo y que sea una versión academizada del refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” pero no deja de ser muy interesante que resulte tan fácil entrar en el campo del como si. Por ejemplo, no creo que el futuro esté predeterminado (entre otras porque la ilusión de caos y libre albedrío haría que no importara si ése fuera el caso) pero el destino me parece una de las ideas más bellas que hemos concebido. Mi tesis es una disertación extremadamente específica en la que argumento que Rayuela no es una obra tan abierta como todo el mundo dice que es. Después de cien páginas concluyo que Rayuela sólo puede fingir que es un libro perfecto porque de hecho no lo es. Se contenta con lograr semejante ilusión -quiero exagerar- a la perfección y eso es acaso más bello que un libro verdaderamente infinito. Si nos atenemos a un examen minucioso, Rayuela no está hecha para ser leída en cualquier orden. El sólo hecho de que lleguemos a creerlo, sin embargo, es francamente genial.

Súmese a esto que durante un tiempo estuve leyendo sobre teoría de juegos y me encontré con definiciones que encajaban perfectamente con esquemas que hablan explícitamente de artificios y diversión. Me di cuenta de que el campo de juego constituye una realidad artificial que se impone por encima de la realidad real y que el pensamiento, por lo tanto, es también un juego. Y es que seguimos las reglas de los juegos porque se nos da la puta gana respetar un orden artificial en la medida de que nos divierte. Cuando el balón sale de la raya, los jugadores lo tocan con la mano y atraviesan un verdadero portal. Luego vuelven a cruzar ese límite y otra vez el mundo se reduce a patear el balón para que entre en una red. Frase genial que no veo como integrar a este texto: el aguafiestas no es el jugador que hace trampa pues éste respeta las reglas lo suficiente como para hacer creer que las sigue; el aguafiestas es el que denuncia lo absurdo del juego, el que no quiere jugar.

El resumen de todo esto es más o menos así. El mundo es bastante aburrido*. Por mucho que cuestionemos la causalidad, cada vez que suelto un objeto al piso, el maldito se cae. Lo poco que ha logrado decir la ciencia es de hecho tanto que casi nos encierra. Sin embargo, tenemos la habilidad de interpretar las cosas y eso pone varios planos sobre la sólida base de lo que percibimos como verdaderamente verdadero. Decimos que el mundo es como si fuera esto o aquello y los elementos que interpretamos para decir esas cosas efectivamente se prestan para que parezcan distintos, al punto que se vuelven distintos. La gracia está en pensar en metáforas y lograr con ello una aprehensión distinta de lo real.

Ahora bien, hay gente que olvida que está jugando. Veo a los supersticiosos, a los religiosos, a los místicos, como jugadores de fútbol que interactúan con el mundo usando sólo los pies. Me siento obligado a jugar de nuevo el papel del escéptico porque no entiendo cómo es que no podemos aceptar los pocos hechos que hay. Sé que esto suena terriblemente intolerante pero estoy hablando de que el agua moja, el pasto es verde y las cosas se caen al piso. El cristianismo es fácil de rechazar porque tiene el descaro de ser desagradable, pero me siento incómodo cuando alguien me habla de cosas cool como el I Ching porque no puedo jugar cuando los demás se lo creen de verdad. Busco entonces interpretaciones que no estén demasiado habitadas. No es que quiera ser original o exclusivo, sino que resulta imposible jugar a ser flexibles con gente que se asentó en uno de los como sís. El espacio que me llama la atención, entre los hechos y las mentiras congeladas, tiene la forma de laberintos, fractales, espejos, narraciones, metalenguaje, convenciones sociales y cosas que parecen naturales pero se revelan contingentes. En últimas, esquemas que ponen en escena la potencia del pensamiento, que alcanzan a insinuar una configuración distinta de lo real.

*Es flagrantemente exagerado decir que el mundo no es interesante en el orden de los hechos. Que la materia sea 99% vacía es ciertamente fascinante. Los confines del universo, las paradojas matemáticas y los puntos ciegos de las teorías son algunos de varios ejemplos. Ni siquiera es necesario hablar en términos de singularidades. Hace poco me enteré de que los cuchillos funcionan por presión. Me pareció loquísimo pensar que los cuchillos no cortan sino que concentran el peso. Digo mundo entonces en el sentido de lo que conmúnmente percibimos. Si acaso es menos insípida la idea de que siempre nos duele pegarnos contra una pared porque la misma no es sólida, es gracias a los juegos del pensamiento. En la práctica estamos “diseñados” para percibir la ilusión de solidez como un dato sensible porque es fácil y útil.

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