El go, un secreto que a nadie le importa

4 enero, 2011 § 3 comentarios


Ha llegado el momento de hablar de go. Le había sacado el culo a este post porque me da pereza volverme monotemático. De suyo me parece grave tener que repetir una misma carreta por décadas completas, pero lo del go es mucho peor. Nadie lo conoce y por lo tanto ni siquiera puedo hablar sobre los aspectos más interesantes; debo limitarme a explicar de qué se trata y acaso porqué es digno de mención.

Me atrevo a pensar que tú, mi querido lector, te encuentras en alguno de los siguientes grupos. O bien te estás preguntando qué carajos es eso, en cuyo caso mi punto se prueba solo. O bien has oído hablar del famoso juego y te causa algo de curiosidad su estructura y reglas. O bien sabes perfectamente de qué estoy hablando porque me has oído muchas veces. Si estás en alguno de los primeros dos grupos, la única manera de entablar un diálogo sobre este tema es repetir lo que tantas veces he tenido que repetir. Si perteneces al tercero, me da pena continuar porque no quiero quedar atrapado en la etiqueta de “el que habla de go”. (Entre paréntesis, estoy ampliando esa etiqueta para que incluya al cubo Rubik también. Otro tema que ha brillado por su ausencia en este blog.)

Pero he aquí que efectivamente soy el que habla de go. Puede que ningún tema me apasione tanto como ése. De hecho, cada vez que hablo de laberintos infinitos, del tiempo y las decisiones, estoy obvia pero secretamente hablando de go. Hay otras cosas, por supuesto. Es imposible ser verdaderamente monotemático (hasta los veganos y los testigos de Jehová hablan del clima), pero es asombrosa la cantidad de energía mental que le dedico al bello baduk.

En ese orden de ideas, el punto de este post es que me siento muy solo amando al go. Le he enseñado a jugar a unas cien personas y ninguna lo hace hoy en día. Mi novia y mi hermana juegan, pero sólo conmigo. Sería llevadero e incluso emocionante que nadie conociera el juego si bastara con una breve charla para transmitir el mensaje. Pero es demasiado frustrante que todos se emocionen cuando escuchan esa palabra por primera vez porque ya sé que nunca tienen la energía o el entusiasmo para continuar. ¿Será culpa del juego, mía? En cierto sentido, creo que es como aprender coreano. Es decir que es divertidísimo y natural aprender en donde todos lo juegan, pero mamón y energéticamente costoso aprender en Colombia. Los primeros meses pueden ser difíciles y si no hay compañía en el tiempo que toma articular la primera frase con el lenguaje del juego, cualquiera se cansa de balbucear. Sin embargo, siempre me encuentro con el mismo misterio. Para mí no fue difícil. Me demoré muchísimo en ganar mi primera partida, recibí muendas apabullantes, pero nunca me aburrí o perdí la motivación. El Internet y las personas que juegan acá fueron más que suficientes. Explíquenme entonces, ¿por qué putas seguimos siendo cuatro gatos?

La razón ya fue dicha. Los juegos, como los lenguajes, sólo funcionan en compañía. Los del go estamos solos y tenemos que sufrir con la certeza de que, en otro contexto, se podría lograr nuestro sueño. El Sudoku, algo mucho más árido, pero también complejo y exigente, se volvió popular porque gozó de la moda que tanto anhelamos. Sin embargo, mi pregunta sigue teniendo sentido: lo que no me explico es ¿por qué no logramos conseguir veinte gatos más? Entiendo que el go nunca sea popular en Colombia; ¿pero debe acaso ser siempre igual de minúsculo y marginal?

Tengo dos teorías. La primera es que la gente quiere muy pocas cosas que alteren sus rutinas. Evidentemente, todos estamos ocupados, incluso procrastinando. Pero la gente se paraliza ante la perspectiva de algo inútil que pueda ocupar horas diarias. El piano es igual que el go, pero no se ve inútil. Los idiomas son iguales que el go, pero no se ven inútiles. El go está jodido porque se ve infinito, infructuoso y no hay forma de compartir el placer que produce. Sólo se puede prometer que se llegará a él. La gente cree en esa promesa, pero aún así les da pereza invertir energía en algo que luego costará tiempo. Que sea algo absolutamente maravilloso no pesa en esa ecuación.

La segunda teoría, paralela y complementaria, es que la gente no es juguetona. A todos nos gusta jugar, es tan instintivo como comer. Pero la mayoría no está dispuesta a involucrarse en juegos que no sean inmediatos, porque no les parece que vale la pena. Se les olvidó que jugar es lo más divertido que podemos hacer y sólo están dispuestos a recordarlo parcialmente con juegos que no impliquen esfuerzo. Piénsese en Risk, que es una mierda, pero es fácil y tiene muñequitos.

La verdad es que no me molesta repetir mil veces lo mismo. Necesito forzar el comienzo porque ya no me fluye, pero rápidamente le encuentro el gusto a lo que estoy diciendo. Lo terrible es que se vuelve cantaleta cuando no genera ningún resultado. El go se ha convertido en una rutina dentro de las conversaciones para mí. Una cuestión de formalidades, como las conversaciones que tengo por teléfono con sujetos que están a punto de pasarme a la persona que en realidad estoy llamando -“cuéntame, ¿fulanito está por ahí?”-.

Así pues, voy a decir el mensaje principal con tono de que es la última vez. Lo voy a decir en su versión más radical (y no por ello menos verdadera). Lo voy a decir con la esperanza de que pueda algún día ahorrarme otra explicación que no llevará a nada (y con la secreta ilusión de que esta vez sí seré escuchado). Agárrense:

  1. Todas nuestras interacciones están hechas de juegos y existe cierta revelación escondida en la posibilidad de tomarnos en serio los juegos que se presentan como artificiales.
  2. El go es insuperable.
  3. El mundo sería más feliz si jugáramos más, en particular; el mundo sería mejor si todos jugaran go.

 

 

 

 

 

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WikiLeaks, kickin’ it trucha style

14 diciembre, 2010 § Deja un comentario


Sí, yo sé que estamos gastando el tema de WikiLeaks, pero no hay que negarse a las cuestiones que nos ocupan.

No he leído casi ninguno de los documentos que ha publicado WikiLeaks. He visto videos y artículos sobre el contenido específico que ha salido, pero sobretodo he escuchado el ruido de este pequeño acontecimiento. A veces siento ganas de discutir con todas las personas que salen en videos y noticias argumentando que se trata de algo demasiado peligroso. El problema es que no conozco a ninguna. Son esos personajes misteriosos y distantes que conforman el mundo del otro lado de la pantalla. En este caso, los dueños encorbatados de los secretos o los gringos mundanos que están siendo enterrados bajo la avalancha de panfletos conservadores provocada por este fenómeno.

Tengo ganas de gritar las cosas como son, pero no las conozco bien y tú, mi querido lector, probablemente estás de acuerdo conmigo por razones que no logro escribir de un modo elegante. El hecho es que, en nuestro caso, la pantalla es más bien una ventana que nos ahorra un par de calles. Los dueños de Master Card están muy lejos de leer estas páginas. Supuesta la situación más radical, eres de los que creen que WikiLeaks no es tan significativo porque la mayoría de las cosas que salieron son chismes flojos. Sin embargo, aunque estemos de acuerdo y fallemos al momento de dar con todos los matices, no creo que sobre repetir lo mismo.

Lo primero es reiterar la indignación que nos produce el modo en que Assange y WikiLeaks han sido desprestigiados. Hay que emputarnos de tanto escuchar argumentos sobre los riesgos de la información. Puede que nos dé más rabia escuchar las acusaciones de terrorismo, pero son abiertamente irracionales y merecen menos indignación que el argumento pseudo-razonable que nos habla de la seguridad nacional. El discursito ése parece suponer que WikiLeaks tiene los planos de la Estrella de la Muerte y que sólo es cuestión de tiempo antes de que algún loco decida botar una bomba por la frágil tubería. No, si algo puede salir en WikiLeaks es el tipo de suciedad que debe conocerse; que el imperio es un imperio, que buena parte de las cosas que nos dicen a diario son pura mierda. Los secretos políticos esconden muy poca información peligrosa (como el punto en el que un torpedo lo podría destruir todo) y demasiada información inmoral. Habrá algún caso en el que se revela que cierta persona es un tetra-espía y aunque se cambien los nombres, la persona en cuestión quedará expuesta. Pero no nos pueden argumentar que es peligroso destapar todas las porquerías porque los que hacen el trabajo sucio correrán más riesgo. Sin mencionar que los afganos e iraquíes ya saben que el ejército gringo hace porquerías. Son precisamente aquellos que ni siquiera pueden amenazar las famosas vidas los que deben enterarse.

Cuando se trata de cuestiones individuales estoy de acuerdo con que cierto grado de hipocresía nos conviene. Hay chismes de borracheras, comentarios desafortunados y amoríos secretos que dificultan nuestra convivencia. Por otro lado, las políticas internacionales tienen repercusiones demasiado significativas. Que tal gobierno apoyó una dictadura, que cierta elección fue un fraude, que las crisis económicas son el resultado de decisiones irresponsables: ése tipo de cosas deben tener un registro más allá de nuestras lógicas sospechas. Todas las verdades en nuestra vida cotidiana podrían hacer más dura nuestra convivencia, pero todos los secretos grandes nos han llevado como ganado al hueco en el que estamos. Es tan sencillo como decir que nos va relativamente bien siendo amigos y terriblemente mal siendo naciones. No nos vengan entonces con que la información de WikiLeaks puede ocasionar guerras; es la hipocresía política la que ha generado ese riesgo.

WikiLeaks tiene el potencial de mostrar la voz de los que no tienen voz. Y la muestra irónicamente escondida en el discurso oficial y secreto de los que dicen cosas distintas cuando hablan entre sí. Perdonen que me emocione, pero siento que WikiLeaks puede hacerle al statu quo lo mismo que Napster le hizo a Tower Records. Si me equivoco, luego le pondré un tag de nostalgia a este post. Pero si no…

 

 

The Disappointment of the Sith

4 noviembre, 2010 § Deja un comentario


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, me rompieron el corazón. Hubo miedo, rabia, dolor, sufrimiento, odio, diversión y finalmente el lado oscuro. Hoy quiero invitarlos a que hagan todo ese recorrido porque si bien no es ningún secreto que la saga de Star Wars pudo haber sido mejor, la verdad es que es mucho más decepcionante de lo que incluso ahora imaginamos. El modo Jedi para lidiar con este fracaso probablemente nos exhortaría a tomar distancia y desapego. Sin embargo, no envidio ni a los afortunados que nunca se interesaron por esta saga, ni a los sabios que supieron olvidarla. Se trata de algo tan ridículo que vale la pena reírnos de ello, así como de nosotros mismos porque, en últimas, el verdadero modo Jedi resultó siendo ingenuidad y ceguera. Es cierto que hubo buenos momentos, pero nos manipularon. Se aprovecharon de todo el peso que tenía esta historia.

Sobra decir que nuestro verdadero enemigo son las precuelas. Todavía puedo ver Una nueva esperanza y El imperio contraataca con admiración y encanto. Sin embargo, cabe preguntarnos hasta qué punto los añadidos afectaron la totalidad. No olvidemos que ya en El retorno del Jedi fueron ositos de peluche los que derrotan al imperio, que allí mismo John Williams la cagó por primera vez con la música y que el Emperador no dejó que Luke se pasara al lado oscuro porque le dijo explícitamente las consecuencias de lo que hacía. Dos películas excelentes contra tres pésimas y una mala.

El plato fuerte de este llamado al lado oscuro es el link a una serie de videos que encontrarán al final de este artículo. Son de crítica cinematográfica pero tienen la ventaja inigualable de contar con cada una de las imágenes concretas. A mí me toca decir que en este o aquel momento pasa algo hilarante. Allá muestran las imágenes y hacen un buen apunte. El problema es que el narrador de estos videos tiene una voz insoportable y, por alguna razón, insiste en hacer chistes malos que nada tienen que ver con su análisis. Es un personaje fastidioso pero no es casualidad que sus videos tengan millones de visitas. Sólo hace falta algo de rabia y curiosidad para morirnos de la risa.

Comencemos pensando en la cantidad de elementos absurdos que tienen las precuelas. Por sólo mencionar algunos, recuérdese que a Amidala la trataron de asesinar con gusanos venenoso a través de la misma ventana desprotegida que hubiera servido para pegarle un tiro. Jango Fett no mató a Obi-Wan sino a la persona que éste estaba interrogando. Al otro día, Anakin y Amidala se fueron caminando sin la menor precaución y la única razón parece ser que nadie hace atentados de día. En Episodio I Anakin niño destruyó una estación espacial por error. ¡En Episodio III Vader mató a Amidala con su sola rabia! ¿Por qué no salvaron a la mamá de Anakin en todos los años que pasaron después de que lo encontraron a él? Hay situaciones en las que nos conviene hacer la vista gorda y efectivamente estoy dispuesto a ignorar el hecho de que en un mismo lapso de tiempo Luke pasó meses entrenando con Yoda y Leia y Han Solo tan sólo horas huyendo del imperio. Pero no hay ningún encanto que rescate a las precuelas. Lo único que las sostiene es el peso de nuestra nostalgia.

¿Cómo es que Lucas fue tan descuidado con el mundo que había hecho? Por ejemplo, era interesante la perspectiva de incluir coreografías complejas en las peleas con espadas láser. No obstante, resultaron perjudiciales porque hay demasiadas ocasiones en las que es evidente que si pelearan en serio se matarían en un instante y, a la inversa, demasiados Jedi mueren sin resistencia: se quedan quietos y ponen cara de bobos. Por otro lado, la sobre carga de espadas casi destruye el encanto que tenían. Vemos un millón, de todos los colores. En Episodio III, hay un robot tísico que tiene cuatro espadas jedi y en el II tenemos que soportar una escena en la que varios niños entrenan, con los ojos tapados y de a cinco por metro cuadrado, con armas que podrían descuartizarlos. Star Wars, cosa cool entre cosas cool, nos salió con personajes molestos, política barata y mucho rosado. ¿Qué necesidad había de hacer que Darth Vader le mandara el más ridículo de todos los gritos al cielo?

Finalmente, el centro de la mediocridad está en el modo en que los diálogos nos hablan de dinámicas que no vemos. Nos dicen que Anakin tiene un gran amigo y un gran amor, pero no hay nada memorable en las relaciones que supuestamente deberían ser el núcleo de las películas. Obi-Wan y Anakin sólo logran parecer buenos amigos en la escena de su despedida. Y es inexplicable cómo es que Amidala puede amar a Anakin. El cagón no hace más que quejarse de su supuesto amigo y de su vida; no la deja hablar y le cuenta, con cara de psicópata, las masacres que cometió. Para colmo, sólo dice frases estúpidas que en nada nos recuerdan al sabio Vader. Alguien dirá que en algún momento se rieron juntos, pero lo cierto es que le taparon la boca a los actores con cinta verde y luego pusieron digitalmente risas de cartón.

Así pues, los invito a que odiemos a Star Wars precisamente porque alguna vez nos gustó tanto. Si tan sólo conocieran el poder del lado oscuro verían que es más divertido criticar a esta saga que apegarnos a la nostalgia de algo que no vale la pena. Join me and togather we can rule the galaxy.

 

 

 

Fuck LOST

25 octubre, 2010 § 2 comentarios


Hoy amanecí, por obra y gracia del Señor, con ganas de despotricar sobre LOST. ¡Seis años a la mierda! ¿Y qué tal la propaganda melancólica que ponen en AXN con imágenes que, lejos de despertar nostalgia, reviven la decepción?

Sé lo que algunos de ustedes están pensando, que el bobo soy yo por dedicarle tiempo a semejante pendejada. Tienen razón, pero recuerden que siempre hay una historia detrás de cada gran error. Nuestros descaches memorables sólo se revelan como tal cuando es demasiado tarde.*

Desde el principio hubo capítulos pésimos. Recuerdo, por ejemplo, que la inteligencia emocional de los personajes era paupérrima. Todos, absolutamente todos, eran tercos. Pero la mayoría de los capítulos eran bastante buenos. Hubo rachas que llegaban hasta cinco episodios excelentes en línea y los finales de temporada nunca decepcionaban. La producción además era genial. Sin embargo, la clave de ese encanto irresistible que permitía ignorar todo lo que era flojo siempre estuvo en la idea del misterio que vendía la serie. Estamos hablando de una prospecto francamente excitante. No se trataba de revelar cuál era el asesino o el magnifico plan de los personajes. Era una promesa de proporciones colosales: resolver un enigma tan grande que ocuparía más de cien horas en revelarse por completo. Las piezas del rompecabezas, para colmo, no bosquejaba ninguna figura. Había osos polares, estatuas con cuatro dedos en los pies, barcos atascados a kilómetros del agua y nos repetían con vehemencia que todo lo que estaba ocurriendo tenía una razón de ser. No me refiero a las entrevistas que daban los productores, sino a las casualidades exageradísimas que insinuaban la más arrogante de las ideas: el destino, la armonía narrativa.

En cierto punto llegué a pensar que la idea de una serie así era tan genial que lo extraño era el tiempo que nos había tomado llevarla a cabo. Hacer algo perfecto, planeado hasta en el último detalle, que exigiera años enteros de esquemas y discusiones por parte de los creadores. Una Invención de Morel que, como el libro, no estuviera restringida a las dos horas que permite el cine.

Lo que terminó de comprarme fue el buzz que había en Internet. Lostpedia tenía decenas de miles de artículos. Las teorías de los fans hacían justicia a esa promesa de un misterio inmenso y, lo que es más, la historia daba pie para una especulación meticulosa y enfermiza. Si en la serie mostraban un mapa, en Internet había una foto ampliada y se veía que el mapa correspondía perfectamente con la narración. Hasta los periódicos en LOST decían lo que debían decir.

Pero pasó el tiempo de abrir incógnitas y llegó el tiempo de comenzar a cerrarlas. Entramos a la cuarta temporada y con ella al declive. No es que la serie perdiera calidad como le pasó a los Simpson, es que la mitad de la calidad inicial era fingida. Dos estrategias comenzaron a anunciar el fracaso. La primera consistía en resolver las cosas a medias. Nos decían algo que necesitaba un complemento y luego lo dejaban atrás hasta que el tiempo diera la ilusión de que el asunto quedó aclarado. La otra era rellenar por todas partes con historias culas e irrelevantes en las que se iba perdiendo las proporciones la serie. Lo trágico es que mientras se reventaba esta burbuja, mientras se caía la fachada que nada tenía detrás, en Internet las teorías de los fans lograban tejer ese reguero inmundo con alternativas coherentes e interesantes. Pero no, los bobos éstos se empeñaban en contar su cuentucho barato. Declaraban a diestra y siniestra que todo iba acorde al plan, jugaban a alcahuetear la sobreinterpretación de los fans pero cambiaban de esquemas constantemente e introducían elementos cada vez más sacados del culo. La estatua estaba destruida porque el barco de madera, oígase, de madera, había chocado contra la cabeza de ella llevado por un Tsunami, oígase también, que lo dejó casi intacto en la mitad de la isla.

Cuando llegó el final ya no esperábamos perfección ni magnificencia, tan sólo decoro. Pero el resultado fue peor de lo que cualquiera se pudo imaginar. No hubo respuesta al misterio. No la hubo en ningún sentido. No es que lo dejaran abierto para que el espectador reflexionara; no, se preocuparon por ser contradictorios y ridículos. Se preocuparon por cagarse en el misterio. El final es tan absurdo que pudo haber sido el final de cualquier otra serie, luego ni siquiera fue una mala solución. Pero agarrate que el resumen va así: todos se mueren y se encuentran en el purgatorio. Una realidad posterior en la que resuelven sus conflictos y se encuentran en una iglesia para ir juntos a la siguiente etapa. Porque no basta con cagarse en todo el encanto, hay que ser patéticos, melosos e incluir el Cielo. En cierto punto, alguien aclara, como si eso explicara por qué hicieron un purgatorio juntos, que el tiempo que pasaron en la Isla fue el más importante en sus vidas. ¡Pues obvio güevón!, mataron gente, vieron amigos morir. ¡Y viajaron a través del puto tiempo!

En últimas el final sí fue revelador. Dejó claro que nunca fueron serios al momento de establecer los elementos de la serie; mostró que eran unos telenoveleros baratos; y, lo que es peor, puso en evidencia que no lo hicieron por hijos de puta sino por mediocres y brutos, al mejor estilo de George Bush. Hubiera preferido que un personaje le hiciera pistola a la cámara y se burlara de lo creativos y geeks que fuimos.

 

 

*Se me acaba de ocurrir que debería rajar de Star Wars. Le tengo mucha bronca a esa mierda.

 

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