Catarsis

16 mayo, 2011 § Deja un comentario


Voy a hablar sobre Garavito. Les ruego que me perdonen la falta de preámbulos. Francamente me da muchísima mamera recolectar los hechos y creo que no es arriesgado suponer que ya saben quién es, qué hizo y que el tema está candente porque es posible que lo liberen en un futuro cercano. Espero que sepan también que la cuestión no es tan fácil como muchos la ponen. La rabia nos deja ciegos y con rabia es fácil tomar decisiones. El hecho sigue siendo que el tipo éste es un ser humano, que él también tiene miedos y motivaciones. Nada de lo que haya hecho o dicho podrá cambiar eso. Lo único que podrá hacer es cegarnos lo suficiente como para creer que la decisión es fácil. Basta con notar que los correos que andan dando vueltas por ahí se basan en argumentos falaces y emocionales que buscan formar en nosotros la idea de que Garavito es el mal mismo y que matarlo es, por lo tanto, el bien.

Pero no vengo acá a recrear el debate para luego manifestar mi opinión; eso se hace en todas partes y no coincide con los propósitos de este blog. Vengo a invitarlos a que pensemos cuál sería la mejor película que podríamos sacar de este caso. Así como lo leen: si hiciéramos una película sobre el futuro de Garavito, ¿cuál de los múltiples escenarios será el más interesante en términos catárticos?

Pensemos primero que en todas nuestras películas necesitamos una vía de comunicación directa entre el pueblo y el gobierno: Facebook. Hecho eso, que empiece la especulación.

Propongo, para comenzar, una película en la que, por demanda popular, maten a Garavito. Podríamos matarlo “limpiamente” y mostrar sutilmente las pequeñas y horrendas contradicciones del sistema de la pena de muerte. Hacemos que todos los miembros de la ejecución pongan cara de que es la justicia misma la que está actuando y que ellos sólo tenían el trabajo de ejecutarla ese día. Llenamos la película de discursos sobre el equilibro y la impersonalidad de la justicia. Pero ponemos un montón de énfasis en que la idea de la muerte impersonal no existe. Mostramos al doctor desinfectando la aguja, a la gente vistiéndose de blanco ese día y lo contrastamos con la gente hambrienta de sangre, entre otros, a los mismos doctores. Ahora bien, yo propongo, en esa línea, que incluyamos a un personaje crítico que tome la decisión. Cuando los votos lo obliguen a matar, nuestro personaje saldrá en televisión desesperado y le dirá a la gente que no sea tan pusilánime, que si van a matar a alguien con el pretexto del equilibro, pues que le hagan lo que hizo. Entonces filmamos una violada con verdugos con máscaras negras y falos falsos, metálicos y con púas. Doscientos verdugos, entre voluntarios y empleados, que violen a Garavito en público. Luego mostramos a la gente horrorizándose porque no dimensionaban lo que pedían. Si quieren hacemos un montaje de Garavito violando niños y la gente violándolo a él. Pero ojo, la gracia es que quede ambigua la película. Toca que haya muchos debates y que se alcancen a insinuar ambas cosas: esa pseudo justicia pseudo natural que todos sentimos cuando aprobamos una venganza, y el problema ético que implica pagarle a alguien con su propia moneda.

Otra opción es poner énfasis en el carácter funcional de la ley. Podemos hacer una película llena de tensiones, con ambos bandos debatiendo, en la que la sorpresa final sea que alguien salva a Garavito por medio de una ejecución falsa. Es decir, la gente ve y cree que lo matan, pero lo salvan para no cometer esa barbarie. Entonces mostramos a la gente satisfecha y feliz creyendo que el castigo ejemplar fue dado. Mostramos a Garavito no reincidiendo y tratamos de señalar que la justicia es también lograr que el mundo siga dando vueltas sin que los dioses vengan a decirnos quién merece morir a manos de nosotros.

Eso sí; no hagamos propaganda. Porque podríamos hacer una muy obvia. Una en la que el gobierno se quede de brazos cruzados, Garavito salga libre y en unos meses viole a otro niño. Le metemos incluso la historia del niño para que desde el principio anticipemos el final, como pasa en El niño con piyama de rayas. En la última escena vuelven a capturar a Garavito. Alguien dice: “Hicimos lo que se podía hacer” y el protagonista le responde: “No, se escudaron en la ley para dejar que hubiera otra injusticia”, “Les costó una vida reconocer que cometieron un error”- y llora.

A lo mejor la más seria de todas las películas sería un remake de Dead Man Walking. ¿Se la vieron? Es brutal. Logra poner en escena todo: que el malo también es humano, que la familia quiere venganza y no justicia; que su crimen en todo caso fue atroz y que el criminal no se hubiera arrepentido sin el proceso de la pena de muerte; que se puede amar a quien sea. Es tan buena que toca llamar a los bomberos. Entonces nos enfocamos en la perspectiva de Garavito y, a punta de buen cine, le sacamos un destello de simpatía, uno sólo que nos permita dudar, pero luego lo matamos.

¡Uy! ¿Y qué opinan de un remake de The Wall? Mostramos a Garavito volviéndose un asesino violador paso por paso, con el mismo Pink Floyd de fondo. Construimos cinematográficamente su pared, terminamos con el juicio por Facebook y hasta incluimos imágenes oníricas de la violación masiva, quién quita.

En últimas, yo voto por que hagamos una película en la que alguien viaje en el tiempo a distintas épocas y ayude a rediseñar la sociedad para que, desprovista de ambientes hostiles, la gente no se convierta en un síntoma de nuestra podredumbre. Nos craneamos un diseño bien pinchado de cómo nos gustaría vivir con todo: modelos económicos, escuelas completamente distintas, ecología y toda la vaina. Entonces, incluimos a un personaje, un bacán, que sea el mismo Garavito hecho otra persona. Pero, como para que no nos quede sin nudo la vaina, ponemos a un par de personajes con desórdenes psicológicos, o como se diga. Entonces planteamos el problema de qué pasa cuando la gente se explica en términos biológicos y no morales. Después de intentarlo todo con estas personas, la comunidad se rinde y diseña una prisión para los que no cuadran. Le meten todos los recursos necesarios para que sea un edén que les ayude a olvidar el hecho que nos trajo acá en un principio: que las prisiones son una manera de ignorar nuestra impotencia; son el espacio debajo del tapete y, cuando las atiborramos de lo que nos parece mugre, eventualmente terminamos tropezándonos.

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Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


Sobre revoluciones o el juego de pensarlas

15 marzo, 2011 § Deja un comentario


¿Sabe usted qué es el movimiento Zeitgeist? En serio: ¿lo sabe? Porque no tengo ni idea de qué tan popular realmente es y me debato entre hacer una breve introducción o saltar directamente al tema. Diré, con un link de por medio, que Zeitgeist tiene tres películas, dos facetas y una curiosa historia. Por un lado, es una crítica metódica a la sociedad actual. Analizan el sistema monetario, los paradigmas religiosos, nuestro esquema pseudo político y los destruyen todos. Por el otro lado, Zeitgeist es la propuesta de un nuevo diseño social basado en el uso inteligente de los recursos planetarios. Argumentan, entre otras cosas, que los actuales avances tecnológicos permiten un modelo de sociedad que antes era inconcebible, que siempre ha sido deseable y que ahora, para colmo, es necesario. Aparentemente, un señor cualquiera hizo un documental en Internet, Zeitgeist, que se volvió muy popular. Otro señor había trabajado durante años en el diseño de un nuevo esquema social, El proyecto Venus, y cuando vio el documental y la fuerza que convocaba se comunicó con el primero para generar una alianza. De esa unión se desprendieron otras dos películas de Zeitgeist (Addendum y Moving forward) en las que el tono cambió por completo. Mientras que la primera es un documental con dejos de superteoría de conspiración, en las otras dos se conjuga la crítica con esa propuesta particular.

Para los que no hayan visto estas películas, les recomiendo enfáticamente que se pongan en ésas y los espero dentro de diez horas en el párrafo que sigue. Los espero en seis si se quieren saltar la saltable primera. (Yo la disfruté bastante, pero ahora le tengo pánico a su tendencia a exagerar). Para los que sí las han visto, les pido disculpas porque en todo caso me toca resumir las cuestiones centrales. Burdamente hablando, el argumento de Zeitgeist va así. La gran mayoría de problemas que tenemos son inherentes a un sistema que no tiene sentido en este punto; la corrupción es un fenómeno natural dentro del capitalismo; la deuda hace que se genere artificialmente la escasez y causa todo tipo de conflictos sociales. Gracias a los avances tecnológicos que tenemos ahora podemos concebir un sistema que sería obvio si fuera posible comenzar de ceros en un planeta nuevo. Como no es el caso, nos toca pensar en una transición y para ello debemos entender con claridad la naturaleza fallida de la sociedad que tenemos ahora. Entenderla a tal punto que aceptemos que no se trata de maquillar las fallas; que no se trata de dar limosna, ni de votar por alguien mejor. Se trata de aprovechar nuestra capacidad de generar abundancia para lograr un sistema en el podemos superar la instancia del trueque; esto es, un sistema sin propiedad privada en el que todos tendrían acceso a todo. Esto, por supuesto, incluye argumentos a favor de la ecología, la colaboración y en contra del consumismo, la desigualdad, la pseudo política, la pseudo democracia y cétera. Todo porque debemos dejar de aferrarnos a valores autodestructivos. Incluye también una respuesta a los contraargumentos previsibles. Para los que dicen que la gente es incapaz de vivir un modelo ideal, que siempre hay malos, argumentan que la naturaleza humana es la adaptación; que no hay naturaleza humana. Como vivimos en sistema de mierda, somos una mierda, pero eso se puede modificar. Para los que hablan de los beneficios de la competencia o los incentivos pecuniarios, reflexionan sobre nuestras motivaciones y rechazan las ideas que nos venden. Ante las acusaciones de ingenuidad, buscan el mayor rigor posible. Se desviven para sostener la viabilidad de las ideas que defienden.

La iniciativa llega tan lejos que en todo caso es muy difícil no dudar de las propuestas. Por ejemplo, quieren un sistema en el que no se “tomen” decisiones sino que se “llegue” a ellas, delegándole a las computadoras la función de analizar información para realizar ajustes administrativos. Mucha gente se alarma ante la perspectiva de automatizar el gobierno. Mucha gente se asusta con la sola palabra “automático”. Personalmente, me parece interesante considerar otras opciones dado que nuestro sistema está marcado por la corrupción, la ineptitud y los modelos autocráticos. El punto, sin embargo, es que el proyecto que defiende Zeitgeit es un cyberanarquismo radical y por mucho que se argumente, no es fácil simpatizar con esa idea en una sentada.

Por esto y otras razones, Zeitgeist es bastante controversial. Me dispongo a pensar en los problemas que puede tener, pero convengamos, por lo pronto, que vale la pena ver estas películas. Cada una tiene más de dos horas, luego no es algo que se diga a la ligera. Son sorprendentemente entretenidas y estoy convencido de que generan pensamiento. Es tan difícil sustentar o refutar la propuesta de Zeitgeist y dan tantas ganas de hacer alguna de las dos cosas, que todo el que las ve, sale hilando ideas.

Ahora, ¿le cree usted al movimiento Zeitgeist? Yo sí, pero reconozco que algunas cosas me incomodan y acepto que apruebo otras por una afinidad que no se puede exigir de los demás. La lista de problemas que se me ocurre es la siguiente.

  • Varias veces las películas de Zeitgeist adquieren un tono de manipulación digno de El secreto. Hacen dramatizaciones (!) y lo único peor que una dramatización, es eso mismo en medio de un documental que denuncia la manipulación de los discursos vigentes. Es demasiado sospechoso que recurran a esa estrategia.
  • La oda a la tecnología es conflictiva. A mí me entra fácil, pero tengo amigos que se ponen nerviosos cuando alguien insinúa que la tecnología nos puede hacer felices. Siendo justos, el argumento de Zeitgeist, más allá de afirmar que sólo podemos enfrentarnos tecnológicamente al problema de la escasez, sería que la tecnología nos libera de la esclavitud que nos impone la supervivencia; que ella misma no nos hace crecer espiritual, social y culturalmente pero sí es una herramienta que permite ese tipo de búsquedas. No deja de haber, sin embargo, cierto fetiche tecnológico. Parece que la educación ideal es la de científicos e inventores y que todo el mundo sería feliz con sistemas de transporte eficientes y ciudades circulares.
  • Los diseños urbanos de Zeitgeist insinúan una uniformidad desagradable. No hablo sólo de arquitectura. Entiendo que no pueden concebir las distintas manifestaciones culturales en una sociedad global y que se limitan a especificar las condiciones básicas. Aún así, esos datos ya dicen demasiado. Hablan de homogeneidad en tanto que el manejo de los espacios es algo prominentemente cultural.
  • Siempre es cuestionable el salto de las críticas a las propuestas. Se puede aceptar que la sociedad entera es una mierda y aún así quedarse pensando en perspectivas locales y no globales.
  • En términos teóricos hay un problema serio cuando se considera una solución propia de un esquema de desarrollo particular aplicada a todos los rincones del mundo. Da la sensación de que la gente de Zeitgeist son gringos que creen que todos son como ellos. Los de Zeitgeist luchan mucho contra esta percepción. Defienden la lógica de sus argumentos y señalan que lo que vemos es sólo la base y que nos corresponde a todos construir y vivir el imprevisible resto. En todo caso, vale la pena pensar este problema. Le agradezco a @marciana_ por señalarlo.
  • Asimismo, y un poco abarcando todo lo anterior, el discurso de Zeitgeist es absolutamente ilustrado. La gente que odia la idea de Sherlock Holmes puede cabriarse mucho con el racionalismo de Zeitgeist. (A mí me entra como un baso de agua).
  • En ningún momento se especifican las particularidades de la transición. Es obvio que sería ingenuo atreverse a predecir un acontecimiento. Acaso por eso se limitan a hablar tan sólo de protestas pacíficas. Está bien que la única claridad sea que esto no lo vamos a lograr con armas. Pero aún si suponemos que todos nos pondremos de acuerdo en tumbar al sistema monetario y aún si creemos que todo el sistema que proponen es viable, que no necesitamos leyes, ni prisiones, ni políticos; aún así, es de suma importancia concebir un modelo específico de transición. ¿Quién manda mientras tanto y cómo hacemos para no matarnos antes de que logremos cambiar nuestros valores?
  • ¿Qué tan viable es todo lo que dicen? No se puede descartar por completo la idea de que nos mienten a punta de exagerar. La mayoría de las dudas que puede tener el público de Zeitgeist son fácticas porque el proyecto tiene un aire caricaturesco de futuro perfecto.

En últimas, todas las dudas se recogen en una. A pesar de que se empeñan en ser claros y metódicos, es incómodo notar que hacen ver como fáciles cosas que pueden ser muy complejas. A veces siento que tiene que haber un hueco filosófico gigantesco y que por principio yo debería ser moderado. Otras veces pienso que negarme al entusiasmo que me genera Zeitgeist para mantener el principio de la duda obedece tan sólo a un academicismo exacerbado. Como si, en el fondo, lo que no quiero es que aparezca alguien más informado e inteligente a decirme que soy un güevón.

Pero entre toda esa incertidumbre, sigo creyendo que deberían tomarse el grato trabajo de ver esas películas, aunque sea para luego para poner cara de informados e inteligentes.  Estoy seguro de que ustedes encontrarán sus propias preguntas y la verdad es que me molesta no poder profundizar en ninguno de estos temas. Lo cierto es que me dispuse a escribir un texto suicida; uno de esos artículos que pueden fallar porque los que no están enterados de la discusión no alcanzan a involucrarse con una reseña, y los que sí la conocen, se decepcionan por la falta de ideas. Espero que haya valido la pena, midiendo eso con la curiosidad y la energía que tengan para verse y pensar las tres películas. Luego discutimos.

Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.

Sobre el acto y la potencia

31 enero, 2011 § 2 comentarios


Los viajes siempre traen alguna epifanía. No importa tanto que vayamos a Melgar o en India; algo nos deja el tiempo en que nos salimos de la rutina. Curiosamente, la última noche en Cartagena, momentos antes de tener mi gran revelación, le estaba diciendo a Marciana que ese viaje sólo me había dejado pequeñas reflexiones, por no decir que no me había dejado nada.

Se preguntarán cómo llegamos a una conversación así y la verdad es que estábamos forzando el tema en frente de una cámara. El Hay Festival acababa de terminarse y era inevitable que compartiéramos opiniones al respecto. Lo de la cámara era por hacer algo con ella. No quería el peso de sentir que la llevé en vano.

-¿Qué te dejó el Hay Festival?- me preguntó Marciana, con un tono periodístico y falso que nos inducía la cámara. Yo solté un chorro de babas. Traté de explicar que me dejó varias preguntas, aunque todas pequeñas y ninguna nueva. Antes ella había tenido su turno y me había sorprendido que abordara esa misma pregunta de una manera que excedía el marco del Festival. Yo pensé que iba a hacer una lista de lo que le interesó de uno y otro conferencista, pero optó por integrar toda la experiencia del viaje. Eso dificultó mi propio discurso. Sentí que debía sintonizarme con este tono. Cuando llegó mi turno, entonces, traté de decir, en medio del ya mencionado chorro de babas, que el Hay-Festival-en-tanto-viaje no me había dejado nada. Me dejó muchas cosas, pero a la luz de lo que ella había dicho, parecía que no fue nada. Lo bello del diálogo es que esa confusión produjo otra pregunta por parte de mi entrevistadora y, a la larga, produjo también la epifanía. Imagínense ustedes un puente apropiado. Yo intento decir que esto o aquello fue relativamente interesante. Ella contesta que lo fue, pero añade también que la ausencia de lo cotidiano resultó siendo lo más diciente. Me explica cómo es que este aislamiento le recordó y le reavivó muchas cosas. Entonces me pregunta algo, acaso para ayudarme a que me exprese.

-¿Qué ideas te han acompañado a lo largo de la vida?

Otro chorro de babas y, de repente, apareció. ¡Sí hay una idea, sí hay algo que se manifiesta con absoluta frecuencia en mi cabeza! Pensé en un principio -hablo de segundos antes- que no tenía un equivalente a la idea que la mueve a ella. En efecto, me acababa de contar una breve historia de su vida, articulada a partir de la motivación particular que tiene y su reciente mutación. Historió sus ideas. Fue muy bello. Para que no queden con la curiosidad, les cuento que la obsesión de Marciana, aunque esto pertenece a su blog y no al mío, fue en un principio la necesidad de conocerse a sí misma y luego se convirtió en la necesidad de conocer, de escuchar, a los demás. (Donde les parezca culo, los capo. Es una gran motivación) ¿Cuál era entonces la mía?

Pensé que probablemente tendría algo que ver con los juegos o temas literarios que, sin mayor deformación, quedan enmarcados dentro de la agotadora categoría de “borgianos”. Pensé esto por razones excesivamente simples: me fascinan ambas cosas. También mencioné mis ubérrimas ganas de hacer algo que comunique. Siento esas ganas muy seguido y me angustia nunca poder hacer algo con ellas.

Busqué articular ambas cosas y nada salía. Mi primer intento de respuesta, de hecho, fue incomprensible. En el video se escucha la voz de Marciana diciendo, con el mismo tono de entrevista: -no estoy segura de que te entiendo-. Una lástima que no quedara grabada la sonrisa amable y ligeramente incómoda que vino después. Leonor debería tener un Talk Show. Y en ese momento, al tratar de explicarle algo forzado, casi innecesario, algo que tenía cabida sólo gracias al juego de la entrevista, terminé entendiendo un par de cosas que desconocía.

He aquí la idea que me ha ocupado desde que el mundo era joven. Hay demasiadas posibilidades creativas y lo que quiero hacer en mi vida es concretar alguna. Dicho eso es necesario aclarar un montón de cosas y, como ya me gasté la mayoría del texto en llegar a este momento, trataré de ser breve.

Primero, por posibilidades entiendo más o menos lo obvio. En cualquier situación, es fácil concebir algo distinto dentro de las reglas ya establecidas. Quizás habría que añadir que me gustan las posibilidades deseables. Digamos que Philip Glass es entrevistado en frente de un auditorio. Es normal que, al final, se reserve un tiempo para las preguntas del público. Tomaremos ésa como nuestra situación. La primera lista de posibilidades está hecha de las preguntas particulares que puede realizar cada persona. Ésas no me interesan, al menos si se siguen las formalidades. Otras listas son un poco más extremas. Alguien puede dispararle a Philip, dos personas pueden matarse, una tercera puede gritar sin razón, puede ocurrir un terremoto, etcétera. Como ven, apunto a lo más evidente: que en todo momento puede ocurrir una infinidad de cosas. El punto, sin embargo, es que siempre parece haber una manera de transgredir la situación sin destruirla; una manera de jugar con las posibilidades latentes. Yo estuve precisamente en esa situación aparentemente hipotética. No sé si fue durante el evento o después pero la idea de preguntarle algo a Philip Glass me pareció muy interesante.  Se me ocurrió, pues, una suerte de experimento mental. ¿Qué sería lo más interesante que podría ocurrir en ese contexto? Algo que no sea excesivamente descabellado, que no destruya la situación y que a la vez satisfaga algún deseo. Pensé entonces que sería magnífico que alguien usara su pregunta para invitar a Philip a un café o una cerveza.

-Hello. I was wondering if you would like to have a drink with me.

Sólo alcanzo a concebir algunos escenarios después de esto, pero son suficientes para fantasear un buen rato. A lo mejor Philip se reiría y aceptaría la propuesta sólo por lo inusual que resulta. Podría también dar una respuesta honesta, ser grosero o gentil. Imaginémonos esta versión.

-No. Te agradezco el gesto, pero lo más probable es que tu fascinación por mí arruine toda posible conversación.- Diría con seriedad. -No me gusta hablar con gente que me admira demasiado porque siempre terminan haciendo demasiadas preguntas y muestran un entusiasmo que me incomoda.

Es importante señalar que hago esto con increíble frecuencia. No sé qué tanto fantasean las demás personas por la misma línea, pero tengo la sensación de que soy particularmente obsesivo en ese sentido. También me gusta mucho imaginar soluciones a problemas particulares. Emprendo la tarea de simular escenarios por períodos largos de tiempo. El típico: ¿cómo sería un sistema político mejor? Otro clásico ¿qué haría con una cantidad virtualmente infinita de dinero? Pero quiero aclarar que se trata siempre de cosas que se insinúan en nuestra vida, posibilidades latentes pero inverosímiles. A veces me imagino discursos cortos de personas que serán escuchadas por su posición singular y juego con eso. Solía imaginarme mucho a Obama hablándole a la población mundial. También hago catarsis con los Óscares. Fantaseo con la idea de que un actor o director ponga la farsa en evidencia. Que diga, en plena ceremonia, lo más inapropiado que se me ocurre. Todos son experimentos ingenuos. Uno de mis favoritos es el encuentro de personajes anacrónicos. ¿Qué pensaría Beethoven durante un recital del mismo Philip Glass o durante el Unplugged de Soda Stéreo?, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué diría Kant del cine? Sé que soy incapaz de imaginar con la más burda de las precisiones cualquiera de estas cosas. Mas el punto no es que pueda o no, sino que me divierto mucho intentándolo.

Por supuesto, la necesidad de concretar estas cosas toma cada vez más relevancia. Tal vez porque lo que más me gusta es el arte o quizás porque es más fácil controlar la producción de ideas que el mundo mismo, cuando pienso esto en términos artísticos me lleno de afán. Puedo contentarme simulando cosas que técnicamente son posibles sin tener que realizarlas. Sin embargo, cuando pienso que la conjunción de una idea musical con otra sería magnífica, me muero por oírla. Lo mismo se aplica a la literatura y al cine (curiosamente, nunca a la pintura). Así, lo que en otros campos es el juego de imaginar, en el arte se vuelve las ganas de hacer todas estas cosas. Una película que logre poner en escena la idea que otras obras me suscitan, un disco en el que ocurra lo que quiero que ocurra cuando escucho la música que me gusta. Ésa es mi gran epifanía. Creo que hay muchas ideas o cosas concretas que, sin ser obras maestras ni revolucionarias, merecen ser creadas.

Habría que hablar de las dificultades y sobre todo de la parálisis que tengo. Puede que no sepa escribir bien, o que sea pésimo haciendo música, pero lo que verdaderamente me preocupa, al menos ahora, es que ni siquiera lo intento. En últimas, las técnicas se pueden adquirir, pero para ello hay que comenzar.

Estoy seguro de que todo lo que he dicho hasta ahora le pasa a mucha gente. No pretendo presentarme como un individuo especial. También es probable que lo que yo defino acá como una idea: que el mundo está lleno de posibilidades artísticas y que sería muy bello concretarlas, es en realidad la motivación oficial y trillada de todo artista. En últimas, no me considero artista -qué boleta-, pero me gustaría mucho serlo y, al menos, me alegra saber eso.

 

El go, un secreto que a nadie le importa

4 enero, 2011 § 3 comentarios


Ha llegado el momento de hablar de go. Le había sacado el culo a este post porque me da pereza volverme monotemático. De suyo me parece grave tener que repetir una misma carreta por décadas completas, pero lo del go es mucho peor. Nadie lo conoce y por lo tanto ni siquiera puedo hablar sobre los aspectos más interesantes; debo limitarme a explicar de qué se trata y acaso porqué es digno de mención.

Me atrevo a pensar que tú, mi querido lector, te encuentras en alguno de los siguientes grupos. O bien te estás preguntando qué carajos es eso, en cuyo caso mi punto se prueba solo. O bien has oído hablar del famoso juego y te causa algo de curiosidad su estructura y reglas. O bien sabes perfectamente de qué estoy hablando porque me has oído muchas veces. Si estás en alguno de los primeros dos grupos, la única manera de entablar un diálogo sobre este tema es repetir lo que tantas veces he tenido que repetir. Si perteneces al tercero, me da pena continuar porque no quiero quedar atrapado en la etiqueta de “el que habla de go”. (Entre paréntesis, estoy ampliando esa etiqueta para que incluya al cubo Rubik también. Otro tema que ha brillado por su ausencia en este blog.)

Pero he aquí que efectivamente soy el que habla de go. Puede que ningún tema me apasione tanto como ése. De hecho, cada vez que hablo de laberintos infinitos, del tiempo y las decisiones, estoy obvia pero secretamente hablando de go. Hay otras cosas, por supuesto. Es imposible ser verdaderamente monotemático (hasta los veganos y los testigos de Jehová hablan del clima), pero es asombrosa la cantidad de energía mental que le dedico al bello baduk.

En ese orden de ideas, el punto de este post es que me siento muy solo amando al go. Le he enseñado a jugar a unas cien personas y ninguna lo hace hoy en día. Mi novia y mi hermana juegan, pero sólo conmigo. Sería llevadero e incluso emocionante que nadie conociera el juego si bastara con una breve charla para transmitir el mensaje. Pero es demasiado frustrante que todos se emocionen cuando escuchan esa palabra por primera vez porque ya sé que nunca tienen la energía o el entusiasmo para continuar. ¿Será culpa del juego, mía? En cierto sentido, creo que es como aprender coreano. Es decir que es divertidísimo y natural aprender en donde todos lo juegan, pero mamón y energéticamente costoso aprender en Colombia. Los primeros meses pueden ser difíciles y si no hay compañía en el tiempo que toma articular la primera frase con el lenguaje del juego, cualquiera se cansa de balbucear. Sin embargo, siempre me encuentro con el mismo misterio. Para mí no fue difícil. Me demoré muchísimo en ganar mi primera partida, recibí muendas apabullantes, pero nunca me aburrí o perdí la motivación. El Internet y las personas que juegan acá fueron más que suficientes. Explíquenme entonces, ¿por qué putas seguimos siendo cuatro gatos?

La razón ya fue dicha. Los juegos, como los lenguajes, sólo funcionan en compañía. Los del go estamos solos y tenemos que sufrir con la certeza de que, en otro contexto, se podría lograr nuestro sueño. El Sudoku, algo mucho más árido, pero también complejo y exigente, se volvió popular porque gozó de la moda que tanto anhelamos. Sin embargo, mi pregunta sigue teniendo sentido: lo que no me explico es ¿por qué no logramos conseguir veinte gatos más? Entiendo que el go nunca sea popular en Colombia; ¿pero debe acaso ser siempre igual de minúsculo y marginal?

Tengo dos teorías. La primera es que la gente quiere muy pocas cosas que alteren sus rutinas. Evidentemente, todos estamos ocupados, incluso procrastinando. Pero la gente se paraliza ante la perspectiva de algo inútil que pueda ocupar horas diarias. El piano es igual que el go, pero no se ve inútil. Los idiomas son iguales que el go, pero no se ven inútiles. El go está jodido porque se ve infinito, infructuoso y no hay forma de compartir el placer que produce. Sólo se puede prometer que se llegará a él. La gente cree en esa promesa, pero aún así les da pereza invertir energía en algo que luego costará tiempo. Que sea algo absolutamente maravilloso no pesa en esa ecuación.

La segunda teoría, paralela y complementaria, es que la gente no es juguetona. A todos nos gusta jugar, es tan instintivo como comer. Pero la mayoría no está dispuesta a involucrarse en juegos que no sean inmediatos, porque no les parece que vale la pena. Se les olvidó que jugar es lo más divertido que podemos hacer y sólo están dispuestos a recordarlo parcialmente con juegos que no impliquen esfuerzo. Piénsese en Risk, que es una mierda, pero es fácil y tiene muñequitos.

La verdad es que no me molesta repetir mil veces lo mismo. Necesito forzar el comienzo porque ya no me fluye, pero rápidamente le encuentro el gusto a lo que estoy diciendo. Lo terrible es que se vuelve cantaleta cuando no genera ningún resultado. El go se ha convertido en una rutina dentro de las conversaciones para mí. Una cuestión de formalidades, como las conversaciones que tengo por teléfono con sujetos que están a punto de pasarme a la persona que en realidad estoy llamando -“cuéntame, ¿fulanito está por ahí?”-.

Así pues, voy a decir el mensaje principal con tono de que es la última vez. Lo voy a decir en su versión más radical (y no por ello menos verdadera). Lo voy a decir con la esperanza de que pueda algún día ahorrarme otra explicación que no llevará a nada (y con la secreta ilusión de que esta vez sí seré escuchado). Agárrense:

  1. Todas nuestras interacciones están hechas de juegos y existe cierta revelación escondida en la posibilidad de tomarnos en serio los juegos que se presentan como artificiales.
  2. El go es insuperable.
  3. El mundo sería más feliz si jugáramos más, en particular; el mundo sería mejor si todos jugaran go.

 

 

 

 

 

Comunicado oficial

25 noviembre, 2010 § 1 comentario


Sucede por costumbre que las fechas cíclicas nos invitan a comparar los ciclos. Decir que un cumpleaños nos tomó por sorpresa, es decir que no alcanzamos a entrar en la modalidad reflexiva propia de estas fechas. Recuerdo varias celebraciones de año nuevo, en las que mis padres se encontraban absolutamente conmovidos, que para mí eran un día más con la novedad parcial de una copa de vino. Todos hemos dicho, en alguna ocasión, que hoy nos levantamos igual que ayer, a pesar de que los demás quieran que pongamos cara de cambio.

Cumplo veinticuatro años, un número que ni siquiera es particularmente redondo, pero creo que ésta no es una de esas ocasiones irrelevantes. Estoy en plena crisis en todo lo relacionado a mi futuro laboral, y mi cumpleaños llegó en la fecha perfecta para sentarme a pensar en el 2010. Así pues, si me perdonan la cursilería, voy a hacer un pequeño balance.

Lo único estable ha sido Marciana (y el gran Daniel), con quien las cosas van maravillosamente -gracias por preguntar-. Por lo demás, todo ha cambiado. Hace un año celebré con amigos fugaces, casi desconocidos, en una cabaña cubierta de nieve (se me sale el pseudo-poeta, qué cosas) y hablé por Skype con la novia y la familia. El mismo día derroté a un serbio que me dio cuatro piedras de ventaja. Fue la única partida que perdió y añadió en broma que ése había sido mi regalo. Este año gané el torneo nacional de go y recibí un montón de regalos. Es probable que el serbio, Dush, ahora me dé cinco piedras, pero el hecho es que puedo pensar en mi peregrinación a Corea con la alegría de haber cumplido mi misión geek.

Lo más significativo ha sido el colegio. Es, simultáneamente, el motivo de una satisfacción casi ontológica y de cierta angustia. Lo primero porque me siento tremendamente apreciado. Mi pared de Facebook está tapada por las felicitaciones de estudiantes. Muchos tienen mala ortografía -y no se olvide que la clase era de lenguaje- pero confieso que ver ese reguero de signos de interrogación es suficiente para evocar lo mucho que los quiero y lo mucho que me siento querido. No sé si adoptarlos o casarme con ellos; es una sensación inédita la que generan. Algunos en particular, claro, pero no tan pocos como para dudar si valió la pena molerme el culo de esa manera.

Por su parte, la angustia se debe a la inevitable reducción de amigos que ha ocurrido en este año. Hablo, claro, de esos que ya son mayores de edad, con los que se sale a tomar café o cerveza. Estar fuera de la universidad no ayuda en ese sentido, pero fue particularmente contraproducente que me haya ido al otro lado del mundo, para luego aceptar un trabajo que implicó aislamiento. Me hace falta un buen parche y me molesta pensar en todas las personas con las que no hablo seguido. Es por eso que, en el espíritu de estas reflexiones cíclicas, quisiera invitarlos a una fiesta de cumpleaños/reencuentro/búsqueda de parche fijo. A todos: los que no veo hace años y los que veo con cierta frecuencia.

Los espero el viernes 3 de diciembre en la carrera 26 #40-20 (la famosa casa de la historia). Haré el evento en Facebook con los datos claros y llamaré a los que pueda llamar, pero váyanse programando.

Un abrazo,

Santiago

 

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