Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


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Grandes éxitos y otros filtros

21 marzo, 2011 § 2 comentarios


Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue tanto lo que me incomodó el problema de lo que pensara el lector que opté por el nombre actual, algo sonoro, neutral y quizás anodino. Vuelvo a estas consideraciones porque estoy realizando un taller de escritura en el que mis estudiantes tienen que abrir sus propios blogs. Sus dudas y las decisiones que toman me recuerdan mis propias interrogantes. Sé, por ejemplo, que si bien el blanco que uso de fondo se ve pálido y perezoso en comparación con las posibilidades multicolores que se encuentran en otros blogs, lo prefiero porque hay algo elegante en la simpleza de un formato que enfoca la atención en los textos. Lo que sí me parece exagerado es dejar todas las entradas completas y hacer que el blog se extienda infinitamente. Las categorías que uso, en su mayoría, son un chiste. Luego no es fácil navegar la página y las entradas pasadas se pierden porque exigen demasiado; que bajen y bajen sólo por curiosidad. Pensarán que me burlo de la pasividad de alguien que no está dispuesto a leer más de lo que tiene frente a la nariz, pero lo cierto -y esto fue una gran revelación- es que yo mismo no leería mi propio blog por puros problemas de formato.

Solía pensar que había una cuestión de principios detrás de esto. Así como no quiero que la extensión de un texto cualquiera se vea restringida por facilitarle las cosas a un transeúnte, así tampoco quería poner colores, etiquetas o cambiar en algo el imponente formato de un extenso pergamino. Lo cierto es que todo cuenta y es probable que sea ingenuo pedir tanto si no se quiere que los únicos lectores serios sean dos o tres conocidos. Hoy haré un par de concesiones. Agregaré la categoría de “Grandes éxitos” y pondré extractos en la página principal. Ambas cosas tienen su dificultad. Con la primera quiero resaltar las entradas que más me satisfacen para que el último escrito no sea siempre el que tiene la responsabilidad de conquistar a cada lector. Preveo que puede ser incómodo elegir los textos que tendrían ese tag, pero es un riesgo menor si se compara con otros muchos que hacen parte de la construcción de un blog. Lo segundo, en cambio, es un problema el hijo de puta. Podría dejar las primeras cincuenta y cinco palabras de cada entrada pero creo que es una salida mediocre. Si se trata de generar un filtro, si la gracia es dar opciones, no creo que los primeros renglones sean un referente justo. Consideremos, por ejemplo, la imagen previa que tendría este mismo post.

Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue… read more.

Yo quiero algo más juguetón y, en últimas, más honesto. Si es largo, diré que es largo; si es serio, si es ficción, si es gracioso o denso trataré de anunciar qué es lo que espera al lector en el otro lado de un link. Pensemos en esta opción:

Grandes éxitos y otros filtros

Un texto para los amantes de las dificultades de crear un blog, para los chismosos que no resisten un detrás de escenas y para los sesudos que disfrutan el prefijo “meta”. Santiago reflexiona sobre cambios de formato, revela sus miedos y anhelos… read more .

Es así que me embarcaré en la jocoso-dispendiosa tarea de reseñar mis propios textos. Si encuentran un extracto literal, uno de esos que citan el principio del texto, será porque me rendí o porque el chiste no dio para tanto.

 

 

 

Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.

La vida de los otros

3 febrero, 2011 § 1 comentario


Mantendremos la costumbre de escribir con un reporte de las conversaciones que ocurrieron a mis espaldas. La disposición de la escena es simple. Yo juego música y escucho go en el computador, ella chatea y tuitea en la cama que está más atrás.  Ocurrió hace momentos una de las célebres sesiones de chat entre mi hermana y Daniel. Para éste último, mi clon menor dejó de ser la hermanita de Santiago y han construido una hermosa relación alrededor de su rivalidad futbolística. Daniel es fanático del Barça. Mi hermana, por su parte, lleva consigo la elegancia propia de alguien que entiende que hay algo poético en el tragedia prometeica del Real Madrid. No es el momento de juzgar a Daniel por sus gustos fáciles. Tan sólo nos concierne ilustrar las alturas a las que llega la interacción de estos guerreros.

Siempre es una carcajada la que inicia el diálogo. Me cuenta Alejandra que hemos recibido una propuesta: ver los clásicos entrantes en un territorio neutral. Las últimas ediciones, por razones que no queremos recordar acá, representaron para Daniel una situación incómoda. Enfrentado ante la tarea de describir esa sensación de victoria, agradecimiento y pena, nuestro personaje anotó su primera tanto.

-Me siento como si hubiera ido a tu casa y hubiera roto la loza.

Reconocemos el estilo con el que preparó su pregunta posterior.

-Quiero sonsacarte algo, pero tienes que leerme con cuidado.- Alejandra esperó con cautela mientras “Daniel estaba escribiendo”. -¿No crees que las decisiones arbitrales representaron un factor decisivo en clasificación del Madrid a la final?- Así como lo leen.

Presta a encontrar el link, Alejandra se defendió mostrando el estudio más grotesco que se ha hecho para determinar si una jugada fue gol. Nada menos que una simulación hecha a partir del volumen y las sombras del balón para ver su relación con la línea de gol sin la obstrucción del palo. Fue un golpe contundente. Suponemos que la prudencia inicial de Daniel era muestra de que no quería que se asociara su pregunta con las trilladas sospechas de fraude y conspiración que acechan al pobre Madrid. Los merengues deben cargar la cruz que es el estigma de franco. Se diría, entre paréntesis, que aún los fallos erróneos que perjudican al equipo albino hacen parte de la conspiración, en tanto que ayudan a evitar sospechas. Pero suponemos, digo, porque con Daniel nunca se sabe si habla en serio.

-¡As!- Bufó -nada menos que propaganda fascista.

Para terminar, no la situación sino esta crónica, Alejandra señaló que el Madrid fue fundado por un catalán, dato jugoso, éste, que había encontrado hace un par de días.

-Toda historia tiene su Judas.

 

***

Moralejas nos quedan muchas. Hemos aprendido que Daniel es un as de la palabra. Pero también abrimos campo para dudar de la veracidad de cualquier testimonio. La lección más importante, sin embargo, es que la justicia no existe. Alejandra, nuestro personaje sin voz, fue tan indispensable como Daniel. Su única falla fue contarme lo que decía él, no porque así se opacara, antes bien, porque me explicaba, como yo le pedía, qué es lo que la hacía reír. Algún día tendremos la versión de Daniel y confirmaremos que él tuvo sus propias risas y ella sus propios apuntes. Por lo pronto, los dejo con un detrás de escenas. Se trata del último tuit que no publicó nuestra heroína de Oz. Me comentó, precisamente hoy, que unas amigas suyas son activistas hasta el exceso. Se indignaron, por ejemplo, con la promoción de Comcel que incluía un perro por la compra de un celular. ¡Los perros se venden! Les pregunto, ¿qué es lo peor que podían hacer, meter al perro en la caja del teléfono? Pues bien, estas amigas le pidieron, como piden siempre, que hiciera alguna obra que salvará al mundo y para la cual toca desplazarse hasta el otro lado de la ciudad. Ella, enterrada bajo la avalancha de tuits que producían sus amigas, pero preocupada por su amistad pensó.

-Lo siento, no puedo ir a salvar a las ballenas porque estoy atrapada en el mundo consumista y capitalista: debo ir a comprar ropa.

Y en cambio escribió, obviamente en Facebook:

Mujeres,

De antemano, perdonadme. Yo las quiero mucho y me encanta que intenten contribuir con aquel sinfín de cosas. Pero no podré asistir a la tuiteratón. Primero, tengo arco. Luego debo comprar ropa con mi madre, que, como es Diana Uribe, vive ocupada y sólo puede el sábado. Y como ustedes sabrán, estoy en crisis zapasional y de ropa. Así que les deseo toda la suerte del mundo. Me cuentan. Y lo de Diana Uribe era un chiste, espero se hayan reído.

¿No les parece bello?

 

Y revire, pirobo

26 noviembre, 2010 § 1 comentario


Un amigo campesino,
De maligno sobrenombre,
Quisiera que yo lo nombre
Sin ser ya mi fiel vecino.
Escribí texto apurado,
Pensé  días y no el año,
Haciéndole pues un daño,
Al tiempo que hemos pasado.
Y es que en las fincas distantes,
Con una ruana de abrigo,
Camina ese nuevo amigo,
Que yo no conocía antes.
Digan por doquier y a diario
El nombre de este guerrero,
Cuyo ingrato compañero
Olvidose escribir: ¡Mario!

Comunicado oficial

25 noviembre, 2010 § 1 comentario


Sucede por costumbre que las fechas cíclicas nos invitan a comparar los ciclos. Decir que un cumpleaños nos tomó por sorpresa, es decir que no alcanzamos a entrar en la modalidad reflexiva propia de estas fechas. Recuerdo varias celebraciones de año nuevo, en las que mis padres se encontraban absolutamente conmovidos, que para mí eran un día más con la novedad parcial de una copa de vino. Todos hemos dicho, en alguna ocasión, que hoy nos levantamos igual que ayer, a pesar de que los demás quieran que pongamos cara de cambio.

Cumplo veinticuatro años, un número que ni siquiera es particularmente redondo, pero creo que ésta no es una de esas ocasiones irrelevantes. Estoy en plena crisis en todo lo relacionado a mi futuro laboral, y mi cumpleaños llegó en la fecha perfecta para sentarme a pensar en el 2010. Así pues, si me perdonan la cursilería, voy a hacer un pequeño balance.

Lo único estable ha sido Marciana (y el gran Daniel), con quien las cosas van maravillosamente -gracias por preguntar-. Por lo demás, todo ha cambiado. Hace un año celebré con amigos fugaces, casi desconocidos, en una cabaña cubierta de nieve (se me sale el pseudo-poeta, qué cosas) y hablé por Skype con la novia y la familia. El mismo día derroté a un serbio que me dio cuatro piedras de ventaja. Fue la única partida que perdió y añadió en broma que ése había sido mi regalo. Este año gané el torneo nacional de go y recibí un montón de regalos. Es probable que el serbio, Dush, ahora me dé cinco piedras, pero el hecho es que puedo pensar en mi peregrinación a Corea con la alegría de haber cumplido mi misión geek.

Lo más significativo ha sido el colegio. Es, simultáneamente, el motivo de una satisfacción casi ontológica y de cierta angustia. Lo primero porque me siento tremendamente apreciado. Mi pared de Facebook está tapada por las felicitaciones de estudiantes. Muchos tienen mala ortografía -y no se olvide que la clase era de lenguaje- pero confieso que ver ese reguero de signos de interrogación es suficiente para evocar lo mucho que los quiero y lo mucho que me siento querido. No sé si adoptarlos o casarme con ellos; es una sensación inédita la que generan. Algunos en particular, claro, pero no tan pocos como para dudar si valió la pena molerme el culo de esa manera.

Por su parte, la angustia se debe a la inevitable reducción de amigos que ha ocurrido en este año. Hablo, claro, de esos que ya son mayores de edad, con los que se sale a tomar café o cerveza. Estar fuera de la universidad no ayuda en ese sentido, pero fue particularmente contraproducente que me haya ido al otro lado del mundo, para luego aceptar un trabajo que implicó aislamiento. Me hace falta un buen parche y me molesta pensar en todas las personas con las que no hablo seguido. Es por eso que, en el espíritu de estas reflexiones cíclicas, quisiera invitarlos a una fiesta de cumpleaños/reencuentro/búsqueda de parche fijo. A todos: los que no veo hace años y los que veo con cierta frecuencia.

Los espero el viernes 3 de diciembre en la carrera 26 #40-20 (la famosa casa de la historia). Haré el evento en Facebook con los datos claros y llamaré a los que pueda llamar, pero váyanse programando.

Un abrazo,

Santiago

 

Tercera estrofa, la cantaleta…

17 noviembre, 2010 § 2 comentarios


Claramente el enfoque sutil no funciona entonces paso a la cantaleta. ¡Les suplico que se manifiesten acerca de los posts! Entiendo que comentar da pereza, pero las cosas en Internet son tan convenientes que además está la posibilidad de presionar cualquiera de las cinco estrellitas ubicadas encima de cada texto. Además, perdido en algún lugar, también está el famoso botón de “like”. Esas aplicaciones son opcionales. Las puse allí porque verdaderamente me interesa lo que piensa el lector.

Supóngase por ejemplo que entran, se ponen a leer y los pierdo antes de que terminen el primer párrafo. Cierren la ventana, pero, por favor, no olviden ponerle una estrella al post. Cada entrega tiene el mismo número de calificaciones y sospecho que sé exactamente quiénes las ponen. El contador de visitas anuncia la presencia de decenas de fantasmas diarios. Me ayudaría mucho si hicieran un poco de ruido.

Voy a ponerle una estrellita a este regaño y espero que sigan el ejemplo.

Muchas gracias,

Santiago.

¿Dónde estoy?

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