Catarsis

16 mayo, 2011 § Deja un comentario


Voy a hablar sobre Garavito. Les ruego que me perdonen la falta de preámbulos. Francamente me da muchísima mamera recolectar los hechos y creo que no es arriesgado suponer que ya saben quién es, qué hizo y que el tema está candente porque es posible que lo liberen en un futuro cercano. Espero que sepan también que la cuestión no es tan fácil como muchos la ponen. La rabia nos deja ciegos y con rabia es fácil tomar decisiones. El hecho sigue siendo que el tipo éste es un ser humano, que él también tiene miedos y motivaciones. Nada de lo que haya hecho o dicho podrá cambiar eso. Lo único que podrá hacer es cegarnos lo suficiente como para creer que la decisión es fácil. Basta con notar que los correos que andan dando vueltas por ahí se basan en argumentos falaces y emocionales que buscan formar en nosotros la idea de que Garavito es el mal mismo y que matarlo es, por lo tanto, el bien.

Pero no vengo acá a recrear el debate para luego manifestar mi opinión; eso se hace en todas partes y no coincide con los propósitos de este blog. Vengo a invitarlos a que pensemos cuál sería la mejor película que podríamos sacar de este caso. Así como lo leen: si hiciéramos una película sobre el futuro de Garavito, ¿cuál de los múltiples escenarios será el más interesante en términos catárticos?

Pensemos primero que en todas nuestras películas necesitamos una vía de comunicación directa entre el pueblo y el gobierno: Facebook. Hecho eso, que empiece la especulación.

Propongo, para comenzar, una película en la que, por demanda popular, maten a Garavito. Podríamos matarlo “limpiamente” y mostrar sutilmente las pequeñas y horrendas contradicciones del sistema de la pena de muerte. Hacemos que todos los miembros de la ejecución pongan cara de que es la justicia misma la que está actuando y que ellos sólo tenían el trabajo de ejecutarla ese día. Llenamos la película de discursos sobre el equilibro y la impersonalidad de la justicia. Pero ponemos un montón de énfasis en que la idea de la muerte impersonal no existe. Mostramos al doctor desinfectando la aguja, a la gente vistiéndose de blanco ese día y lo contrastamos con la gente hambrienta de sangre, entre otros, a los mismos doctores. Ahora bien, yo propongo, en esa línea, que incluyamos a un personaje crítico que tome la decisión. Cuando los votos lo obliguen a matar, nuestro personaje saldrá en televisión desesperado y le dirá a la gente que no sea tan pusilánime, que si van a matar a alguien con el pretexto del equilibro, pues que le hagan lo que hizo. Entonces filmamos una violada con verdugos con máscaras negras y falos falsos, metálicos y con púas. Doscientos verdugos, entre voluntarios y empleados, que violen a Garavito en público. Luego mostramos a la gente horrorizándose porque no dimensionaban lo que pedían. Si quieren hacemos un montaje de Garavito violando niños y la gente violándolo a él. Pero ojo, la gracia es que quede ambigua la película. Toca que haya muchos debates y que se alcancen a insinuar ambas cosas: esa pseudo justicia pseudo natural que todos sentimos cuando aprobamos una venganza, y el problema ético que implica pagarle a alguien con su propia moneda.

Otra opción es poner énfasis en el carácter funcional de la ley. Podemos hacer una película llena de tensiones, con ambos bandos debatiendo, en la que la sorpresa final sea que alguien salva a Garavito por medio de una ejecución falsa. Es decir, la gente ve y cree que lo matan, pero lo salvan para no cometer esa barbarie. Entonces mostramos a la gente satisfecha y feliz creyendo que el castigo ejemplar fue dado. Mostramos a Garavito no reincidiendo y tratamos de señalar que la justicia es también lograr que el mundo siga dando vueltas sin que los dioses vengan a decirnos quién merece morir a manos de nosotros.

Eso sí; no hagamos propaganda. Porque podríamos hacer una muy obvia. Una en la que el gobierno se quede de brazos cruzados, Garavito salga libre y en unos meses viole a otro niño. Le metemos incluso la historia del niño para que desde el principio anticipemos el final, como pasa en El niño con piyama de rayas. En la última escena vuelven a capturar a Garavito. Alguien dice: “Hicimos lo que se podía hacer” y el protagonista le responde: “No, se escudaron en la ley para dejar que hubiera otra injusticia”, “Les costó una vida reconocer que cometieron un error”- y llora.

A lo mejor la más seria de todas las películas sería un remake de Dead Man Walking. ¿Se la vieron? Es brutal. Logra poner en escena todo: que el malo también es humano, que la familia quiere venganza y no justicia; que su crimen en todo caso fue atroz y que el criminal no se hubiera arrepentido sin el proceso de la pena de muerte; que se puede amar a quien sea. Es tan buena que toca llamar a los bomberos. Entonces nos enfocamos en la perspectiva de Garavito y, a punta de buen cine, le sacamos un destello de simpatía, uno sólo que nos permita dudar, pero luego lo matamos.

¡Uy! ¿Y qué opinan de un remake de The Wall? Mostramos a Garavito volviéndose un asesino violador paso por paso, con el mismo Pink Floyd de fondo. Construimos cinematográficamente su pared, terminamos con el juicio por Facebook y hasta incluimos imágenes oníricas de la violación masiva, quién quita.

En últimas, yo voto por que hagamos una película en la que alguien viaje en el tiempo a distintas épocas y ayude a rediseñar la sociedad para que, desprovista de ambientes hostiles, la gente no se convierta en un síntoma de nuestra podredumbre. Nos craneamos un diseño bien pinchado de cómo nos gustaría vivir con todo: modelos económicos, escuelas completamente distintas, ecología y toda la vaina. Entonces, incluimos a un personaje, un bacán, que sea el mismo Garavito hecho otra persona. Pero, como para que no nos quede sin nudo la vaina, ponemos a un par de personajes con desórdenes psicológicos, o como se diga. Entonces planteamos el problema de qué pasa cuando la gente se explica en términos biológicos y no morales. Después de intentarlo todo con estas personas, la comunidad se rinde y diseña una prisión para los que no cuadran. Le meten todos los recursos necesarios para que sea un edén que les ayude a olvidar el hecho que nos trajo acá en un principio: que las prisiones son una manera de ignorar nuestra impotencia; son el espacio debajo del tapete y, cuando las atiborramos de lo que nos parece mugre, eventualmente terminamos tropezándonos.

Pedro y los Óscar

25 febrero, 2011 § Deja un comentario


Un tuit solitario marcó el momento en que Pedro perdió la paciencia. Terminada la ceremonia, nuestro héroe publicó que se rehusaba a ver otra entrega de los Óscar. Lo notamos tan sólo en retrospectiva, por supuesto. Difícil sería que ese tuit se destacara, pues las demás personas, como suelen hacer, escribieron cosas similares sobre lo mismo y cosas distintas sobre temas diferentes. Sin embargo, ahí estaba esa primera señal. Una persona la agregó a sus favoritos.

Pedro incumplió su promesa. Tuvo que ver y presenciar varias ediciones de los Óscar después de ese día. Pero no se debió a un cambio de parecer sino a la determinación de que durante los premios de la Academia, por culpa o gracias a lo insoportable que resultaba la ceremonia, se abría siempre la posibilidad de una irrupción. Los años de experiencia que le otorgaría la realización de su plan confirmaron que no se trataba de dar argumentos. Su opinión era la misma que tiene cualquier persona frustrada por el resultado de cada entrega y molesta por el tono mundial que tiene esta celebración local. Lo que indignaba a Pedro, lo que lo sacaba de quicio, era que el formato mismo del programa le daba un micrófono sin límites a decenas de personas y ninguna de ellas lo utilizaba. Le costaba creer que entre todos los ganadores no hubiera nunca alguien que pudiera superar las limitaciones sociales o contractuales impuestas por esta celebración; alguna persona con el valor o la tranquilidad para tirarlo todo por el desagüe y decir aquello que ruega por ser dicho. Cuando Pedro tuiteó lo que tuiteó, entendió que esa persona nunca llegaría. Los Óscar siempre serían iguales y el silencio con cara de agradecimientos a gente desconocida sería cada vez más impresionante. Fue entonces que ideó su plan. Se convertiría en un exitoso cineasta sólo para recibir un Óscar sólo para tener la oportunidad de decir, en plena ceremonia, que se limpiaría el culo con la estatuilla dorada.

El proceso fue arduo y lento. Podríamos incluso cuestionar las motivaciones de nuestro héroe porque nadie se toma la molestia de molestarse tanto por tanto tiempo. Lo cierto, en términos cotidianos, es que trabajar haciendo cine es muy divertido. Y lo fundamental, en términos esdrújulos, es que romper la configuración del mundo, aunque sea por un momento, es algo que merece algunos años de búsqueda. La trayectoria de Pedro está para que la revisen en Wikipedia; la omitiremos acá porque carece de elementos especiales. No cabe duda de que estuvo llena de dificultades y aventuras. Pero el Pedro que conseguía palancas y trabajaba en comerciales de videojuegos, el que dirigió blockbusters completamente amarrado por los productores, sólo se distinguía de sus colegas por el intangible secreto de sus motivaciones y eso no se puede mostrar. De no ser por aquel tuit dudaríamos de que haya habido un plan y no tan sólo un momento de cansancio en la mitad de esa ceremonia. Los invito a que revisen las entrevistas que daba acerca de sus películas. ¿Puede alguien distinguir entre el Pedro que jugaba a decir lugares comunes y sus colegas, que los decían por obligación?

Suponemos que se reía en sus adentros. Es inevitable gozarse una farsa cuando se logra hacer, con toda seriedad, una película sobre una lesbiana afrodescendiente, lisiada, judía y jorobada que recibe la medalla de honor luchando en Afganistán. Tuvo que haberse divertido porque nadie sospechó lo que enunciado así parece tan obvio. Cierto es que muchos se indignaron cuando la cinta de Pedro obtuvo esa anhelada nominación. Pero la mayoría se alegró porque él, maestro de tonos y ritmos, había hecho una película que dejaba llorando a cualquier desprevenido. A su manera, todos le creían.

Paso entonces al momento que ya vivimos. Un hombre vestido de esmoquin, con gafas, barba y ademanes torpes, se alegra por su victoria tanto como todos los demás ganadores. Camina hacia el escenario, en medio de los aplausos, con una mezcla de alivio y frenesí. Recibe la estatuilla, se acerca al micrófono y, cuando lo toca con su boca, hace una pequeña pausa. Con su mirada revisa las secciones alejadas del teatro. Acaso Pedro piensa en que al otro lado de las cámaras, en países y hogares diversos, hay gente como él que va a sentir un profundo alivio cuando ocurra la sorpresa. Duda por un instante, quizá porque ya que no sabe cuál es el tono apropiado. Se rasca la frente y, por fin, usa el micrófono.

-Sólo quería decir que esto es una puta mierda.

La gente desconcertada no entiende qué acaba de ocurrir. El director de la transmisión no alcanza a reaccionar. Primero hay silencio, luego el teatro se llena de bullicio y, en ese mismo instante, un coro inaudible se articula entre todas las personas que, sin compartir un mismo espacio, dicen “gracias”.

Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.

Sobre el acto y la potencia

31 enero, 2011 § 2 comentarios


Los viajes siempre traen alguna epifanía. No importa tanto que vayamos a Melgar o en India; algo nos deja el tiempo en que nos salimos de la rutina. Curiosamente, la última noche en Cartagena, momentos antes de tener mi gran revelación, le estaba diciendo a Marciana que ese viaje sólo me había dejado pequeñas reflexiones, por no decir que no me había dejado nada.

Se preguntarán cómo llegamos a una conversación así y la verdad es que estábamos forzando el tema en frente de una cámara. El Hay Festival acababa de terminarse y era inevitable que compartiéramos opiniones al respecto. Lo de la cámara era por hacer algo con ella. No quería el peso de sentir que la llevé en vano.

-¿Qué te dejó el Hay Festival?- me preguntó Marciana, con un tono periodístico y falso que nos inducía la cámara. Yo solté un chorro de babas. Traté de explicar que me dejó varias preguntas, aunque todas pequeñas y ninguna nueva. Antes ella había tenido su turno y me había sorprendido que abordara esa misma pregunta de una manera que excedía el marco del Festival. Yo pensé que iba a hacer una lista de lo que le interesó de uno y otro conferencista, pero optó por integrar toda la experiencia del viaje. Eso dificultó mi propio discurso. Sentí que debía sintonizarme con este tono. Cuando llegó mi turno, entonces, traté de decir, en medio del ya mencionado chorro de babas, que el Hay-Festival-en-tanto-viaje no me había dejado nada. Me dejó muchas cosas, pero a la luz de lo que ella había dicho, parecía que no fue nada. Lo bello del diálogo es que esa confusión produjo otra pregunta por parte de mi entrevistadora y, a la larga, produjo también la epifanía. Imagínense ustedes un puente apropiado. Yo intento decir que esto o aquello fue relativamente interesante. Ella contesta que lo fue, pero añade también que la ausencia de lo cotidiano resultó siendo lo más diciente. Me explica cómo es que este aislamiento le recordó y le reavivó muchas cosas. Entonces me pregunta algo, acaso para ayudarme a que me exprese.

-¿Qué ideas te han acompañado a lo largo de la vida?

Otro chorro de babas y, de repente, apareció. ¡Sí hay una idea, sí hay algo que se manifiesta con absoluta frecuencia en mi cabeza! Pensé en un principio -hablo de segundos antes- que no tenía un equivalente a la idea que la mueve a ella. En efecto, me acababa de contar una breve historia de su vida, articulada a partir de la motivación particular que tiene y su reciente mutación. Historió sus ideas. Fue muy bello. Para que no queden con la curiosidad, les cuento que la obsesión de Marciana, aunque esto pertenece a su blog y no al mío, fue en un principio la necesidad de conocerse a sí misma y luego se convirtió en la necesidad de conocer, de escuchar, a los demás. (Donde les parezca culo, los capo. Es una gran motivación) ¿Cuál era entonces la mía?

Pensé que probablemente tendría algo que ver con los juegos o temas literarios que, sin mayor deformación, quedan enmarcados dentro de la agotadora categoría de “borgianos”. Pensé esto por razones excesivamente simples: me fascinan ambas cosas. También mencioné mis ubérrimas ganas de hacer algo que comunique. Siento esas ganas muy seguido y me angustia nunca poder hacer algo con ellas.

Busqué articular ambas cosas y nada salía. Mi primer intento de respuesta, de hecho, fue incomprensible. En el video se escucha la voz de Marciana diciendo, con el mismo tono de entrevista: -no estoy segura de que te entiendo-. Una lástima que no quedara grabada la sonrisa amable y ligeramente incómoda que vino después. Leonor debería tener un Talk Show. Y en ese momento, al tratar de explicarle algo forzado, casi innecesario, algo que tenía cabida sólo gracias al juego de la entrevista, terminé entendiendo un par de cosas que desconocía.

He aquí la idea que me ha ocupado desde que el mundo era joven. Hay demasiadas posibilidades creativas y lo que quiero hacer en mi vida es concretar alguna. Dicho eso es necesario aclarar un montón de cosas y, como ya me gasté la mayoría del texto en llegar a este momento, trataré de ser breve.

Primero, por posibilidades entiendo más o menos lo obvio. En cualquier situación, es fácil concebir algo distinto dentro de las reglas ya establecidas. Quizás habría que añadir que me gustan las posibilidades deseables. Digamos que Philip Glass es entrevistado en frente de un auditorio. Es normal que, al final, se reserve un tiempo para las preguntas del público. Tomaremos ésa como nuestra situación. La primera lista de posibilidades está hecha de las preguntas particulares que puede realizar cada persona. Ésas no me interesan, al menos si se siguen las formalidades. Otras listas son un poco más extremas. Alguien puede dispararle a Philip, dos personas pueden matarse, una tercera puede gritar sin razón, puede ocurrir un terremoto, etcétera. Como ven, apunto a lo más evidente: que en todo momento puede ocurrir una infinidad de cosas. El punto, sin embargo, es que siempre parece haber una manera de transgredir la situación sin destruirla; una manera de jugar con las posibilidades latentes. Yo estuve precisamente en esa situación aparentemente hipotética. No sé si fue durante el evento o después pero la idea de preguntarle algo a Philip Glass me pareció muy interesante.  Se me ocurrió, pues, una suerte de experimento mental. ¿Qué sería lo más interesante que podría ocurrir en ese contexto? Algo que no sea excesivamente descabellado, que no destruya la situación y que a la vez satisfaga algún deseo. Pensé entonces que sería magnífico que alguien usara su pregunta para invitar a Philip a un café o una cerveza.

-Hello. I was wondering if you would like to have a drink with me.

Sólo alcanzo a concebir algunos escenarios después de esto, pero son suficientes para fantasear un buen rato. A lo mejor Philip se reiría y aceptaría la propuesta sólo por lo inusual que resulta. Podría también dar una respuesta honesta, ser grosero o gentil. Imaginémonos esta versión.

-No. Te agradezco el gesto, pero lo más probable es que tu fascinación por mí arruine toda posible conversación.- Diría con seriedad. -No me gusta hablar con gente que me admira demasiado porque siempre terminan haciendo demasiadas preguntas y muestran un entusiasmo que me incomoda.

Es importante señalar que hago esto con increíble frecuencia. No sé qué tanto fantasean las demás personas por la misma línea, pero tengo la sensación de que soy particularmente obsesivo en ese sentido. También me gusta mucho imaginar soluciones a problemas particulares. Emprendo la tarea de simular escenarios por períodos largos de tiempo. El típico: ¿cómo sería un sistema político mejor? Otro clásico ¿qué haría con una cantidad virtualmente infinita de dinero? Pero quiero aclarar que se trata siempre de cosas que se insinúan en nuestra vida, posibilidades latentes pero inverosímiles. A veces me imagino discursos cortos de personas que serán escuchadas por su posición singular y juego con eso. Solía imaginarme mucho a Obama hablándole a la población mundial. También hago catarsis con los Óscares. Fantaseo con la idea de que un actor o director ponga la farsa en evidencia. Que diga, en plena ceremonia, lo más inapropiado que se me ocurre. Todos son experimentos ingenuos. Uno de mis favoritos es el encuentro de personajes anacrónicos. ¿Qué pensaría Beethoven durante un recital del mismo Philip Glass o durante el Unplugged de Soda Stéreo?, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué diría Kant del cine? Sé que soy incapaz de imaginar con la más burda de las precisiones cualquiera de estas cosas. Mas el punto no es que pueda o no, sino que me divierto mucho intentándolo.

Por supuesto, la necesidad de concretar estas cosas toma cada vez más relevancia. Tal vez porque lo que más me gusta es el arte o quizás porque es más fácil controlar la producción de ideas que el mundo mismo, cuando pienso esto en términos artísticos me lleno de afán. Puedo contentarme simulando cosas que técnicamente son posibles sin tener que realizarlas. Sin embargo, cuando pienso que la conjunción de una idea musical con otra sería magnífica, me muero por oírla. Lo mismo se aplica a la literatura y al cine (curiosamente, nunca a la pintura). Así, lo que en otros campos es el juego de imaginar, en el arte se vuelve las ganas de hacer todas estas cosas. Una película que logre poner en escena la idea que otras obras me suscitan, un disco en el que ocurra lo que quiero que ocurra cuando escucho la música que me gusta. Ésa es mi gran epifanía. Creo que hay muchas ideas o cosas concretas que, sin ser obras maestras ni revolucionarias, merecen ser creadas.

Habría que hablar de las dificultades y sobre todo de la parálisis que tengo. Puede que no sepa escribir bien, o que sea pésimo haciendo música, pero lo que verdaderamente me preocupa, al menos ahora, es que ni siquiera lo intento. En últimas, las técnicas se pueden adquirir, pero para ello hay que comenzar.

Estoy seguro de que todo lo que he dicho hasta ahora le pasa a mucha gente. No pretendo presentarme como un individuo especial. También es probable que lo que yo defino acá como una idea: que el mundo está lleno de posibilidades artísticas y que sería muy bello concretarlas, es en realidad la motivación oficial y trillada de todo artista. En últimas, no me considero artista -qué boleta-, pero me gustaría mucho serlo y, al menos, me alegra saber eso.

 

WikiLeaks, kickin’ it trucha style

14 diciembre, 2010 § Deja un comentario


Sí, yo sé que estamos gastando el tema de WikiLeaks, pero no hay que negarse a las cuestiones que nos ocupan.

No he leído casi ninguno de los documentos que ha publicado WikiLeaks. He visto videos y artículos sobre el contenido específico que ha salido, pero sobretodo he escuchado el ruido de este pequeño acontecimiento. A veces siento ganas de discutir con todas las personas que salen en videos y noticias argumentando que se trata de algo demasiado peligroso. El problema es que no conozco a ninguna. Son esos personajes misteriosos y distantes que conforman el mundo del otro lado de la pantalla. En este caso, los dueños encorbatados de los secretos o los gringos mundanos que están siendo enterrados bajo la avalancha de panfletos conservadores provocada por este fenómeno.

Tengo ganas de gritar las cosas como son, pero no las conozco bien y tú, mi querido lector, probablemente estás de acuerdo conmigo por razones que no logro escribir de un modo elegante. El hecho es que, en nuestro caso, la pantalla es más bien una ventana que nos ahorra un par de calles. Los dueños de Master Card están muy lejos de leer estas páginas. Supuesta la situación más radical, eres de los que creen que WikiLeaks no es tan significativo porque la mayoría de las cosas que salieron son chismes flojos. Sin embargo, aunque estemos de acuerdo y fallemos al momento de dar con todos los matices, no creo que sobre repetir lo mismo.

Lo primero es reiterar la indignación que nos produce el modo en que Assange y WikiLeaks han sido desprestigiados. Hay que emputarnos de tanto escuchar argumentos sobre los riesgos de la información. Puede que nos dé más rabia escuchar las acusaciones de terrorismo, pero son abiertamente irracionales y merecen menos indignación que el argumento pseudo-razonable que nos habla de la seguridad nacional. El discursito ése parece suponer que WikiLeaks tiene los planos de la Estrella de la Muerte y que sólo es cuestión de tiempo antes de que algún loco decida botar una bomba por la frágil tubería. No, si algo puede salir en WikiLeaks es el tipo de suciedad que debe conocerse; que el imperio es un imperio, que buena parte de las cosas que nos dicen a diario son pura mierda. Los secretos políticos esconden muy poca información peligrosa (como el punto en el que un torpedo lo podría destruir todo) y demasiada información inmoral. Habrá algún caso en el que se revela que cierta persona es un tetra-espía y aunque se cambien los nombres, la persona en cuestión quedará expuesta. Pero no nos pueden argumentar que es peligroso destapar todas las porquerías porque los que hacen el trabajo sucio correrán más riesgo. Sin mencionar que los afganos e iraquíes ya saben que el ejército gringo hace porquerías. Son precisamente aquellos que ni siquiera pueden amenazar las famosas vidas los que deben enterarse.

Cuando se trata de cuestiones individuales estoy de acuerdo con que cierto grado de hipocresía nos conviene. Hay chismes de borracheras, comentarios desafortunados y amoríos secretos que dificultan nuestra convivencia. Por otro lado, las políticas internacionales tienen repercusiones demasiado significativas. Que tal gobierno apoyó una dictadura, que cierta elección fue un fraude, que las crisis económicas son el resultado de decisiones irresponsables: ése tipo de cosas deben tener un registro más allá de nuestras lógicas sospechas. Todas las verdades en nuestra vida cotidiana podrían hacer más dura nuestra convivencia, pero todos los secretos grandes nos han llevado como ganado al hueco en el que estamos. Es tan sencillo como decir que nos va relativamente bien siendo amigos y terriblemente mal siendo naciones. No nos vengan entonces con que la información de WikiLeaks puede ocasionar guerras; es la hipocresía política la que ha generado ese riesgo.

WikiLeaks tiene el potencial de mostrar la voz de los que no tienen voz. Y la muestra irónicamente escondida en el discurso oficial y secreto de los que dicen cosas distintas cuando hablan entre sí. Perdonen que me emocione, pero siento que WikiLeaks puede hacerle al statu quo lo mismo que Napster le hizo a Tower Records. Si me equivoco, luego le pondré un tag de nostalgia a este post. Pero si no…

 

 

Y revire, pirobo

26 noviembre, 2010 § 1 comentario


Un amigo campesino,
De maligno sobrenombre,
Quisiera que yo lo nombre
Sin ser ya mi fiel vecino.
Escribí texto apurado,
Pensé  días y no el año,
Haciéndole pues un daño,
Al tiempo que hemos pasado.
Y es que en las fincas distantes,
Con una ruana de abrigo,
Camina ese nuevo amigo,
Que yo no conocía antes.
Digan por doquier y a diario
El nombre de este guerrero,
Cuyo ingrato compañero
Olvidose escribir: ¡Mario!

Scott Pilgrim vs. Hitchcock o la gramática del embale

17 noviembre, 2010 § Deja un comentario


El cine es un lenguaje, una articulación de convenciones cuya gramática es el montaje. Cuando un niño ve cine por primera vez suele pensarse que tiene dificultades siguiendo el hilo de un argumento porque no es capaz de mantenerse concentrado o porque los referentes en la pantalla son cosas que aún no conoce. La verdad es mucho más bella. Ver películas por primera vez es como escuchar una idioma nuevo. Hay gente atenta y brillante que se confunde viendo películas simplemente porque no ha educado su ojo para ello. Piénsese que es particularmente artificial la idea de que dos vehículos que atraviesan la pantalla en una misma dirección van de hecho en una misma dirección. Cada uno está solo en el cuadro, pero hay una convención que nos ha enseñado a asociar las dos imágenes. Efectivamente, si quisiera filmar una persecución de autos e invirtiera la perspectiva en uno de los cuadros el espectador entendería exactamente lo contrario: que se van a estrellar.

Es un lugar común afirmar que los videojuegos, las novelas gráficas y los videos musicales han cambiado el modo en que procesamos imágenes. El problema es que suele decirse esto exclusivamente en un sentido negativo. Se afirma que por culpa de MTV pocos son capaces de no aburrirse viendo Lo que el viento se llevó. Perdimos la paciencia –continúan- y ahora sólo podemos ver explosiones y escenas cortas. Creo yo que hay también un aspecto positivo en este cambio. Se abre la posibilidad de explorar montajes barrocos con cuadros cargadísimos, de explorar los límites de nuestra percepción. Es comprensible que se critique a esta cultura de videojuegos porque la mayoría de las veces su poética del afán se emplea de un modo mediocre o torpe. Las peleas de Transformers no se alejan mucho de las nubes de polvo, con brazos y piernas, que usaban en los cómics para dibujar una pelotera. Si la supuesta velocidad se usa para pegar imágenes con torpeza, estoy de acuerdo con los que abogan por planos amplios y duraderos. Sin embargo, existe un potencial muy interesante y ya hay películas que han sabido aprovecharlo. Meteoro -sí, la última película de los ahora odiados hermanos Wachowski- es una de ellas. La otra se llama Scott Pilgrim vs The World. Lo poético del asunto es que ambas fracasaron en taquilla a pesar de que van a favor de la corriente. Y si me permitiera añadir algo trillado, diría que el mundo no estaba listo.

Meteoro es una película que discursivamente está lejos de ser cool y a la larga esto funciona a su favor porque permite ver, en toda su desnudez, el poder de las imágenes. Confieso que me costó trabajo darme cuenta de lo malas que fueron las continuaciones de Matrix porque el cuero, el kung fu, los celulares y el rollo discursivo sobre la realidad, fueron muy atractivos. Lo contrario ocurre con Meteoro. Todavía me da algo de pena recomendarla. Es una película tonta acerca de carros y valores familiares. Sin embargo, cuando Speed gana la última carrera la realidad casi se desintegra en colores. Me sentí más emocionado que viendo cualquier deporte real y fue un montaje lo que les dio ese permiso de fundir la pantalla. Por su parte, Scott Pilgrim es fácil de defender. Encima de las transiciones absolutamente brillantes, de los letreros y los colores, hay buenos diálogos y dinámicas muy divertidas.

Notarán que ninguna de las películas le rinde cuentas estrictas a la realidad. Esa libertad es algo bello. Es como si dejar de fingir naturalidad en las tomas nos permite también mayor soberanía en el campo visual y narrativo. En todo caso, Scott Pilgrim ocurre en Canadá y si bien llega un punto en que los muertos se transforman en monedas, es emocionante notar que también una conversación puede ser el resultado de un complejo montaje.

Pienso entonces que estas películas logran jugar con los límites del lenguaje cinematográfico y me impresiona gratamente el virtuosismo de los editores. No estoy diciendo que rompen con las convenciones, aunque es notable que añaden unas cuantas. Y si empujan los límites lo hacen imponiendo velocidad. Nos obligan a asimilar la mayor cantidad de información visual que alcancemos a procesar y nos recompensan con la satisfacción de ver que cada una de las imágenes tiene sentido. No me vengan con que El perro andaluz o El acorazado Potemkin ya hicieron eso. Hacían falta Halo, las novelas gráficas y Locomotion.

Vuelvo ahora al ejemplo del niño que todavía no entiende el cine. Basta que se quede pegado al televisor por un par de años para que sea él quien comprenda lo que a sus mayores les cuesta más trabajo. Me parece atractiva y emocionante la perspectiva de montajes frenéticos porque estas películas prueban que podemos ver con otros ritmos. Qué bello es pensar que el mismísimo Hitchcock ya no sería capaz de entender una película como éstas.

Para los piratas perezosos, acá pueden ver Scott Pilgrim y acá Meteoro.

 

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría Grandes éxitos en Press Play.