Sobre el acto y la potencia

31 enero, 2011 § 2 comentarios


Los viajes siempre traen alguna epifanía. No importa tanto que vayamos a Melgar o en India; algo nos deja el tiempo en que nos salimos de la rutina. Curiosamente, la última noche en Cartagena, momentos antes de tener mi gran revelación, le estaba diciendo a Marciana que ese viaje sólo me había dejado pequeñas reflexiones, por no decir que no me había dejado nada.

Se preguntarán cómo llegamos a una conversación así y la verdad es que estábamos forzando el tema en frente de una cámara. El Hay Festival acababa de terminarse y era inevitable que compartiéramos opiniones al respecto. Lo de la cámara era por hacer algo con ella. No quería el peso de sentir que la llevé en vano.

-¿Qué te dejó el Hay Festival?- me preguntó Marciana, con un tono periodístico y falso que nos inducía la cámara. Yo solté un chorro de babas. Traté de explicar que me dejó varias preguntas, aunque todas pequeñas y ninguna nueva. Antes ella había tenido su turno y me había sorprendido que abordara esa misma pregunta de una manera que excedía el marco del Festival. Yo pensé que iba a hacer una lista de lo que le interesó de uno y otro conferencista, pero optó por integrar toda la experiencia del viaje. Eso dificultó mi propio discurso. Sentí que debía sintonizarme con este tono. Cuando llegó mi turno, entonces, traté de decir, en medio del ya mencionado chorro de babas, que el Hay-Festival-en-tanto-viaje no me había dejado nada. Me dejó muchas cosas, pero a la luz de lo que ella había dicho, parecía que no fue nada. Lo bello del diálogo es que esa confusión produjo otra pregunta por parte de mi entrevistadora y, a la larga, produjo también la epifanía. Imagínense ustedes un puente apropiado. Yo intento decir que esto o aquello fue relativamente interesante. Ella contesta que lo fue, pero añade también que la ausencia de lo cotidiano resultó siendo lo más diciente. Me explica cómo es que este aislamiento le recordó y le reavivó muchas cosas. Entonces me pregunta algo, acaso para ayudarme a que me exprese.

-¿Qué ideas te han acompañado a lo largo de la vida?

Otro chorro de babas y, de repente, apareció. ¡Sí hay una idea, sí hay algo que se manifiesta con absoluta frecuencia en mi cabeza! Pensé en un principio -hablo de segundos antes- que no tenía un equivalente a la idea que la mueve a ella. En efecto, me acababa de contar una breve historia de su vida, articulada a partir de la motivación particular que tiene y su reciente mutación. Historió sus ideas. Fue muy bello. Para que no queden con la curiosidad, les cuento que la obsesión de Marciana, aunque esto pertenece a su blog y no al mío, fue en un principio la necesidad de conocerse a sí misma y luego se convirtió en la necesidad de conocer, de escuchar, a los demás. (Donde les parezca culo, los capo. Es una gran motivación) ¿Cuál era entonces la mía?

Pensé que probablemente tendría algo que ver con los juegos o temas literarios que, sin mayor deformación, quedan enmarcados dentro de la agotadora categoría de “borgianos”. Pensé esto por razones excesivamente simples: me fascinan ambas cosas. También mencioné mis ubérrimas ganas de hacer algo que comunique. Siento esas ganas muy seguido y me angustia nunca poder hacer algo con ellas.

Busqué articular ambas cosas y nada salía. Mi primer intento de respuesta, de hecho, fue incomprensible. En el video se escucha la voz de Marciana diciendo, con el mismo tono de entrevista: -no estoy segura de que te entiendo-. Una lástima que no quedara grabada la sonrisa amable y ligeramente incómoda que vino después. Leonor debería tener un Talk Show. Y en ese momento, al tratar de explicarle algo forzado, casi innecesario, algo que tenía cabida sólo gracias al juego de la entrevista, terminé entendiendo un par de cosas que desconocía.

He aquí la idea que me ha ocupado desde que el mundo era joven. Hay demasiadas posibilidades creativas y lo que quiero hacer en mi vida es concretar alguna. Dicho eso es necesario aclarar un montón de cosas y, como ya me gasté la mayoría del texto en llegar a este momento, trataré de ser breve.

Primero, por posibilidades entiendo más o menos lo obvio. En cualquier situación, es fácil concebir algo distinto dentro de las reglas ya establecidas. Quizás habría que añadir que me gustan las posibilidades deseables. Digamos que Philip Glass es entrevistado en frente de un auditorio. Es normal que, al final, se reserve un tiempo para las preguntas del público. Tomaremos ésa como nuestra situación. La primera lista de posibilidades está hecha de las preguntas particulares que puede realizar cada persona. Ésas no me interesan, al menos si se siguen las formalidades. Otras listas son un poco más extremas. Alguien puede dispararle a Philip, dos personas pueden matarse, una tercera puede gritar sin razón, puede ocurrir un terremoto, etcétera. Como ven, apunto a lo más evidente: que en todo momento puede ocurrir una infinidad de cosas. El punto, sin embargo, es que siempre parece haber una manera de transgredir la situación sin destruirla; una manera de jugar con las posibilidades latentes. Yo estuve precisamente en esa situación aparentemente hipotética. No sé si fue durante el evento o después pero la idea de preguntarle algo a Philip Glass me pareció muy interesante.  Se me ocurrió, pues, una suerte de experimento mental. ¿Qué sería lo más interesante que podría ocurrir en ese contexto? Algo que no sea excesivamente descabellado, que no destruya la situación y que a la vez satisfaga algún deseo. Pensé entonces que sería magnífico que alguien usara su pregunta para invitar a Philip a un café o una cerveza.

-Hello. I was wondering if you would like to have a drink with me.

Sólo alcanzo a concebir algunos escenarios después de esto, pero son suficientes para fantasear un buen rato. A lo mejor Philip se reiría y aceptaría la propuesta sólo por lo inusual que resulta. Podría también dar una respuesta honesta, ser grosero o gentil. Imaginémonos esta versión.

-No. Te agradezco el gesto, pero lo más probable es que tu fascinación por mí arruine toda posible conversación.- Diría con seriedad. -No me gusta hablar con gente que me admira demasiado porque siempre terminan haciendo demasiadas preguntas y muestran un entusiasmo que me incomoda.

Es importante señalar que hago esto con increíble frecuencia. No sé qué tanto fantasean las demás personas por la misma línea, pero tengo la sensación de que soy particularmente obsesivo en ese sentido. También me gusta mucho imaginar soluciones a problemas particulares. Emprendo la tarea de simular escenarios por períodos largos de tiempo. El típico: ¿cómo sería un sistema político mejor? Otro clásico ¿qué haría con una cantidad virtualmente infinita de dinero? Pero quiero aclarar que se trata siempre de cosas que se insinúan en nuestra vida, posibilidades latentes pero inverosímiles. A veces me imagino discursos cortos de personas que serán escuchadas por su posición singular y juego con eso. Solía imaginarme mucho a Obama hablándole a la población mundial. También hago catarsis con los Óscares. Fantaseo con la idea de que un actor o director ponga la farsa en evidencia. Que diga, en plena ceremonia, lo más inapropiado que se me ocurre. Todos son experimentos ingenuos. Uno de mis favoritos es el encuentro de personajes anacrónicos. ¿Qué pensaría Beethoven durante un recital del mismo Philip Glass o durante el Unplugged de Soda Stéreo?, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué diría Kant del cine? Sé que soy incapaz de imaginar con la más burda de las precisiones cualquiera de estas cosas. Mas el punto no es que pueda o no, sino que me divierto mucho intentándolo.

Por supuesto, la necesidad de concretar estas cosas toma cada vez más relevancia. Tal vez porque lo que más me gusta es el arte o quizás porque es más fácil controlar la producción de ideas que el mundo mismo, cuando pienso esto en términos artísticos me lleno de afán. Puedo contentarme simulando cosas que técnicamente son posibles sin tener que realizarlas. Sin embargo, cuando pienso que la conjunción de una idea musical con otra sería magnífica, me muero por oírla. Lo mismo se aplica a la literatura y al cine (curiosamente, nunca a la pintura). Así, lo que en otros campos es el juego de imaginar, en el arte se vuelve las ganas de hacer todas estas cosas. Una película que logre poner en escena la idea que otras obras me suscitan, un disco en el que ocurra lo que quiero que ocurra cuando escucho la música que me gusta. Ésa es mi gran epifanía. Creo que hay muchas ideas o cosas concretas que, sin ser obras maestras ni revolucionarias, merecen ser creadas.

Habría que hablar de las dificultades y sobre todo de la parálisis que tengo. Puede que no sepa escribir bien, o que sea pésimo haciendo música, pero lo que verdaderamente me preocupa, al menos ahora, es que ni siquiera lo intento. En últimas, las técnicas se pueden adquirir, pero para ello hay que comenzar.

Estoy seguro de que todo lo que he dicho hasta ahora le pasa a mucha gente. No pretendo presentarme como un individuo especial. También es probable que lo que yo defino acá como una idea: que el mundo está lleno de posibilidades artísticas y que sería muy bello concretarlas, es en realidad la motivación oficial y trillada de todo artista. En últimas, no me considero artista -qué boleta-, pero me gustaría mucho serlo y, al menos, me alegra saber eso.

 

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El go, un secreto que a nadie le importa

4 enero, 2011 § 3 comentarios


Ha llegado el momento de hablar de go. Le había sacado el culo a este post porque me da pereza volverme monotemático. De suyo me parece grave tener que repetir una misma carreta por décadas completas, pero lo del go es mucho peor. Nadie lo conoce y por lo tanto ni siquiera puedo hablar sobre los aspectos más interesantes; debo limitarme a explicar de qué se trata y acaso porqué es digno de mención.

Me atrevo a pensar que tú, mi querido lector, te encuentras en alguno de los siguientes grupos. O bien te estás preguntando qué carajos es eso, en cuyo caso mi punto se prueba solo. O bien has oído hablar del famoso juego y te causa algo de curiosidad su estructura y reglas. O bien sabes perfectamente de qué estoy hablando porque me has oído muchas veces. Si estás en alguno de los primeros dos grupos, la única manera de entablar un diálogo sobre este tema es repetir lo que tantas veces he tenido que repetir. Si perteneces al tercero, me da pena continuar porque no quiero quedar atrapado en la etiqueta de “el que habla de go”. (Entre paréntesis, estoy ampliando esa etiqueta para que incluya al cubo Rubik también. Otro tema que ha brillado por su ausencia en este blog.)

Pero he aquí que efectivamente soy el que habla de go. Puede que ningún tema me apasione tanto como ése. De hecho, cada vez que hablo de laberintos infinitos, del tiempo y las decisiones, estoy obvia pero secretamente hablando de go. Hay otras cosas, por supuesto. Es imposible ser verdaderamente monotemático (hasta los veganos y los testigos de Jehová hablan del clima), pero es asombrosa la cantidad de energía mental que le dedico al bello baduk.

En ese orden de ideas, el punto de este post es que me siento muy solo amando al go. Le he enseñado a jugar a unas cien personas y ninguna lo hace hoy en día. Mi novia y mi hermana juegan, pero sólo conmigo. Sería llevadero e incluso emocionante que nadie conociera el juego si bastara con una breve charla para transmitir el mensaje. Pero es demasiado frustrante que todos se emocionen cuando escuchan esa palabra por primera vez porque ya sé que nunca tienen la energía o el entusiasmo para continuar. ¿Será culpa del juego, mía? En cierto sentido, creo que es como aprender coreano. Es decir que es divertidísimo y natural aprender en donde todos lo juegan, pero mamón y energéticamente costoso aprender en Colombia. Los primeros meses pueden ser difíciles y si no hay compañía en el tiempo que toma articular la primera frase con el lenguaje del juego, cualquiera se cansa de balbucear. Sin embargo, siempre me encuentro con el mismo misterio. Para mí no fue difícil. Me demoré muchísimo en ganar mi primera partida, recibí muendas apabullantes, pero nunca me aburrí o perdí la motivación. El Internet y las personas que juegan acá fueron más que suficientes. Explíquenme entonces, ¿por qué putas seguimos siendo cuatro gatos?

La razón ya fue dicha. Los juegos, como los lenguajes, sólo funcionan en compañía. Los del go estamos solos y tenemos que sufrir con la certeza de que, en otro contexto, se podría lograr nuestro sueño. El Sudoku, algo mucho más árido, pero también complejo y exigente, se volvió popular porque gozó de la moda que tanto anhelamos. Sin embargo, mi pregunta sigue teniendo sentido: lo que no me explico es ¿por qué no logramos conseguir veinte gatos más? Entiendo que el go nunca sea popular en Colombia; ¿pero debe acaso ser siempre igual de minúsculo y marginal?

Tengo dos teorías. La primera es que la gente quiere muy pocas cosas que alteren sus rutinas. Evidentemente, todos estamos ocupados, incluso procrastinando. Pero la gente se paraliza ante la perspectiva de algo inútil que pueda ocupar horas diarias. El piano es igual que el go, pero no se ve inútil. Los idiomas son iguales que el go, pero no se ven inútiles. El go está jodido porque se ve infinito, infructuoso y no hay forma de compartir el placer que produce. Sólo se puede prometer que se llegará a él. La gente cree en esa promesa, pero aún así les da pereza invertir energía en algo que luego costará tiempo. Que sea algo absolutamente maravilloso no pesa en esa ecuación.

La segunda teoría, paralela y complementaria, es que la gente no es juguetona. A todos nos gusta jugar, es tan instintivo como comer. Pero la mayoría no está dispuesta a involucrarse en juegos que no sean inmediatos, porque no les parece que vale la pena. Se les olvidó que jugar es lo más divertido que podemos hacer y sólo están dispuestos a recordarlo parcialmente con juegos que no impliquen esfuerzo. Piénsese en Risk, que es una mierda, pero es fácil y tiene muñequitos.

La verdad es que no me molesta repetir mil veces lo mismo. Necesito forzar el comienzo porque ya no me fluye, pero rápidamente le encuentro el gusto a lo que estoy diciendo. Lo terrible es que se vuelve cantaleta cuando no genera ningún resultado. El go se ha convertido en una rutina dentro de las conversaciones para mí. Una cuestión de formalidades, como las conversaciones que tengo por teléfono con sujetos que están a punto de pasarme a la persona que en realidad estoy llamando -“cuéntame, ¿fulanito está por ahí?”-.

Así pues, voy a decir el mensaje principal con tono de que es la última vez. Lo voy a decir en su versión más radical (y no por ello menos verdadera). Lo voy a decir con la esperanza de que pueda algún día ahorrarme otra explicación que no llevará a nada (y con la secreta ilusión de que esta vez sí seré escuchado). Agárrense:

  1. Todas nuestras interacciones están hechas de juegos y existe cierta revelación escondida en la posibilidad de tomarnos en serio los juegos que se presentan como artificiales.
  2. El go es insuperable.
  3. El mundo sería más feliz si jugáramos más, en particular; el mundo sería mejor si todos jugaran go.

 

 

 

 

 

Y revire, pirobo

26 noviembre, 2010 § 1 comentario


Un amigo campesino,
De maligno sobrenombre,
Quisiera que yo lo nombre
Sin ser ya mi fiel vecino.
Escribí texto apurado,
Pensé  días y no el año,
Haciéndole pues un daño,
Al tiempo que hemos pasado.
Y es que en las fincas distantes,
Con una ruana de abrigo,
Camina ese nuevo amigo,
Que yo no conocía antes.
Digan por doquier y a diario
El nombre de este guerrero,
Cuyo ingrato compañero
Olvidose escribir: ¡Mario!

Comunicado oficial

25 noviembre, 2010 § 1 comentario


Sucede por costumbre que las fechas cíclicas nos invitan a comparar los ciclos. Decir que un cumpleaños nos tomó por sorpresa, es decir que no alcanzamos a entrar en la modalidad reflexiva propia de estas fechas. Recuerdo varias celebraciones de año nuevo, en las que mis padres se encontraban absolutamente conmovidos, que para mí eran un día más con la novedad parcial de una copa de vino. Todos hemos dicho, en alguna ocasión, que hoy nos levantamos igual que ayer, a pesar de que los demás quieran que pongamos cara de cambio.

Cumplo veinticuatro años, un número que ni siquiera es particularmente redondo, pero creo que ésta no es una de esas ocasiones irrelevantes. Estoy en plena crisis en todo lo relacionado a mi futuro laboral, y mi cumpleaños llegó en la fecha perfecta para sentarme a pensar en el 2010. Así pues, si me perdonan la cursilería, voy a hacer un pequeño balance.

Lo único estable ha sido Marciana (y el gran Daniel), con quien las cosas van maravillosamente -gracias por preguntar-. Por lo demás, todo ha cambiado. Hace un año celebré con amigos fugaces, casi desconocidos, en una cabaña cubierta de nieve (se me sale el pseudo-poeta, qué cosas) y hablé por Skype con la novia y la familia. El mismo día derroté a un serbio que me dio cuatro piedras de ventaja. Fue la única partida que perdió y añadió en broma que ése había sido mi regalo. Este año gané el torneo nacional de go y recibí un montón de regalos. Es probable que el serbio, Dush, ahora me dé cinco piedras, pero el hecho es que puedo pensar en mi peregrinación a Corea con la alegría de haber cumplido mi misión geek.

Lo más significativo ha sido el colegio. Es, simultáneamente, el motivo de una satisfacción casi ontológica y de cierta angustia. Lo primero porque me siento tremendamente apreciado. Mi pared de Facebook está tapada por las felicitaciones de estudiantes. Muchos tienen mala ortografía -y no se olvide que la clase era de lenguaje- pero confieso que ver ese reguero de signos de interrogación es suficiente para evocar lo mucho que los quiero y lo mucho que me siento querido. No sé si adoptarlos o casarme con ellos; es una sensación inédita la que generan. Algunos en particular, claro, pero no tan pocos como para dudar si valió la pena molerme el culo de esa manera.

Por su parte, la angustia se debe a la inevitable reducción de amigos que ha ocurrido en este año. Hablo, claro, de esos que ya son mayores de edad, con los que se sale a tomar café o cerveza. Estar fuera de la universidad no ayuda en ese sentido, pero fue particularmente contraproducente que me haya ido al otro lado del mundo, para luego aceptar un trabajo que implicó aislamiento. Me hace falta un buen parche y me molesta pensar en todas las personas con las que no hablo seguido. Es por eso que, en el espíritu de estas reflexiones cíclicas, quisiera invitarlos a una fiesta de cumpleaños/reencuentro/búsqueda de parche fijo. A todos: los que no veo hace años y los que veo con cierta frecuencia.

Los espero el viernes 3 de diciembre en la carrera 26 #40-20 (la famosa casa de la historia). Haré el evento en Facebook con los datos claros y llamaré a los que pueda llamar, pero váyanse programando.

Un abrazo,

Santiago

 

Tercera estrofa, la cantaleta…

17 noviembre, 2010 § 2 comentarios


Claramente el enfoque sutil no funciona entonces paso a la cantaleta. ¡Les suplico que se manifiesten acerca de los posts! Entiendo que comentar da pereza, pero las cosas en Internet son tan convenientes que además está la posibilidad de presionar cualquiera de las cinco estrellitas ubicadas encima de cada texto. Además, perdido en algún lugar, también está el famoso botón de “like”. Esas aplicaciones son opcionales. Las puse allí porque verdaderamente me interesa lo que piensa el lector.

Supóngase por ejemplo que entran, se ponen a leer y los pierdo antes de que terminen el primer párrafo. Cierren la ventana, pero, por favor, no olviden ponerle una estrella al post. Cada entrega tiene el mismo número de calificaciones y sospecho que sé exactamente quiénes las ponen. El contador de visitas anuncia la presencia de decenas de fantasmas diarios. Me ayudaría mucho si hicieran un poco de ruido.

Voy a ponerle una estrellita a este regaño y espero que sigan el ejemplo.

Muchas gracias,

Santiago.

Introducción a otras entradas*

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


Como muchos, llevo un par de años acumulando ideas de cosas que me gustaría hacer y/o encontrar. Por supuesto, a la hora de la verdad (y como muchos también), mi obra visible se reduce a una tesis de pregrado, un playlist, cierta canción mal grabada y acaso este blog**. La obra invisible, la interminablemente heroica e impar, está compuesta de ideas nunca realizadas. No nos engañemos: sería falsa modestia decir que no me fascinaría ver estos proyectos bien logrados, pero sería mucho exagerar si añado que mis obras imaginarias serían de hecho buenas o si quiera no pésimas.

El problema está en que hay todo un abismo entre hacer y planear, cosa bien sabida. Me contradigo de manera evidente cuando, dando clases sobre escritura, señalo con vehemencia que lo importante es el proceso mismo. Pienso incluso que la escritura sólo ocurre en el momento de la edición. Y recuerdo, con preocupación y convencimiento, la siguiente frase de algún escritor famoso. “Lamentó mucho haber pasado toda una dácada pensando en escribir y no escribiendo” (Seguro la cita original es más amena).

Así pues, descaradamente me conformo con planear porque me emociona y me da la sensación de que hacer algo bueno no es tan difícil como parece. Digo a veces “manos a la obra” y me voy de jeta contra el fondo del mencionado abismo. Para colmo, me miento con la idea de que sólo me interesa hacer reseñas de libros falsos, como ocurre en los cuentos de Borges. De esa mentira, dicho sea de paso, surgió este post. Me debato ante la perspectiva de escribir algunas de estas ideas. No porque me dé miedo revelarlas, ni pendejadas semejantes, sino porque no estoy seguro de que valga la pena leerlas. Sin embargo, habíamos dicho más abajo -porque los blogs, además de ser pergaminos insufribles, están al revés- que el criterio no era ése. Entonces sí, lo haré. Tendré una pequeña categoría de proyectos no realizados y si acaso me aburro escribiéndolos, será porque no son tan chéveres después de todo.

Ya para terminar, vi una charla de TED en la que el expositor argumenta que es mala idea contar los sueños no realizados. Básicamente, dice que al compartir nuestros proyectos sentimos una aprobación que simula la sensación que queremos lograr. Por culpa de esto, nos sentimos más satisfechos y tenemos menos ganas de llevar a cabo dichas tareas. Siento que me diagnosticaron.

*Tanto la palabra “entrada” como la palabra “post” me molestan.

**Se podría decir que el otro Santiago a duras penas existe.***

***Al principio el blog se llamaba Santiago y yo. La nota al pie era una referencia a ese otro y flojo nombre.

Add New Post: El inicio de la monotonía

26 agosto, 2010 § Deja un comentario


Cuarto día y ya me cuesta un poco de trabajo continuar. Ayer estuve pensando en los temas que quisiera tratar y me tranquilizó pensar que son suficientes como para no tener que preocuparme por páginas blancas en un futuro cercano. Pues fijaos, unas horas más tarde ocurrió precisamente aquello que temía: no sé qué escribir. Pienso en cosas demasiado académicas que todavía no quiero publicar; pienso también en ideas agradables que ahora parecen bobas; pienso en reflexiones como esta misma y me pregunto si todo el blog será una crónica de la experiencia de tener un blog.

Acaso este momento es tan bueno como cualquiera para hablar un poco sobre el marco general de esas cuatro cosas que sigo repitiendo -con entusiasmo, óigase bien- en cada conversación.

Si el lector me conoce personalmente es probable que haya tenido (o tenga todavía) la impresión de que soy demasiado racional. Estrictamente hablando creo que no creo en ni mierda. Soy la clase de persona que se siente incómoda cuando habla con alguien que asegura haber experimentado algo sobrenatural porque sé que ese alguien lo cree pero creo también que, cualquiera que sea la cosa que defiende, no ocurrió. Soy el que tiende a tomar el bando hescéptico en discusiones filosóficas y hablo con frecuencia en términos hilustrados y positivistas. No me parece que la realidad sea aburridora en lo más mínimo, pero tampoco soy de los que defienden las maravillas asombrosas de la naturaleza; de esos que le dicen a las personas religiosas que es más bello pensar el mundo en términos científicos que míticos. No, siempre que interpreto lo hago pensando en ficciones y quisiera explicar a qué me refiero con eso.

Una de las ideas que más me llaman la atención es pensar que algo es irrelevante cuando aparenta ser todo lo contrario. Recuerdo, por ejemplo, un pequeño orgasmo durante una clase en la que Gustavo Chirolla entabló un diálogo hipotético entre Descartes y Spinoza. Gustavo es grosero y gritón cuando se emociona y en pleno embale se burló del dios maligno de Descartes, ese que puede estar simulando un mundo falso en todo momento sólo para cagarse en la ostia. No recuerdo las palabras exactas que usó. Pero básicamente le gritó a Descartes que si ése fuera el caso sólo habría de importarnos el día en el mundo dejara de ser como es. Por lo pronto, no importa si esta es la realidad real o si estamos conectados al matrix de un dios aguafiestas. ¿Se alcanza a ver lo bello que resulta esa respuesta? Ridiculiza la pesquisa del filósofo francés y simultáneamente equipara dos escenarios radicalmente opuestos. En uno somos los testigos de la realidad y en el otro somos las ratas de laboratorio de alguien que nos engaña y probablemente se ríe mientras tanto.

A lo que voy es que, durante la gran mayoría del tiempo, creo que la verdad es un criterio válido para juzgar el mundo y le reprocho constantemente a ciertos discursos precisamente el hecho de que los considero falsos. Sin embargo, me doy cuenta de que sólo vale la pena hablar de verdad allí donde no es obvio que algo sea verdadero o falso. El argumento entonces es el siguiente: si sólo nos tomamos la molestia de preguntarnos por la verdad de las cosas cuando no la conocemos, entonces aquello que finge ser verdadero es verdadero porque sólo podemos juzgar su retórica. Puede que suene culísimo y que sea una versión academizada del refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” pero no deja de ser muy interesante que resulte tan fácil entrar en el campo del como si. Por ejemplo, no creo que el futuro esté predeterminado (entre otras porque la ilusión de caos y libre albedrío haría que no importara si ése fuera el caso) pero el destino me parece una de las ideas más bellas que hemos concebido. Mi tesis es una disertación extremadamente específica en la que argumento que Rayuela no es una obra tan abierta como todo el mundo dice que es. Después de cien páginas concluyo que Rayuela sólo puede fingir que es un libro perfecto porque de hecho no lo es. Se contenta con lograr semejante ilusión -quiero exagerar- a la perfección y eso es acaso más bello que un libro verdaderamente infinito. Si nos atenemos a un examen minucioso, Rayuela no está hecha para ser leída en cualquier orden. El sólo hecho de que lleguemos a creerlo, sin embargo, es francamente genial.

Súmese a esto que durante un tiempo estuve leyendo sobre teoría de juegos y me encontré con definiciones que encajaban perfectamente con esquemas que hablan explícitamente de artificios y diversión. Me di cuenta de que el campo de juego constituye una realidad artificial que se impone por encima de la realidad real y que el pensamiento, por lo tanto, es también un juego. Y es que seguimos las reglas de los juegos porque se nos da la puta gana respetar un orden artificial en la medida de que nos divierte. Cuando el balón sale de la raya, los jugadores lo tocan con la mano y atraviesan un verdadero portal. Luego vuelven a cruzar ese límite y otra vez el mundo se reduce a patear el balón para que entre en una red. Frase genial que no veo como integrar a este texto: el aguafiestas no es el jugador que hace trampa pues éste respeta las reglas lo suficiente como para hacer creer que las sigue; el aguafiestas es el que denuncia lo absurdo del juego, el que no quiere jugar.

El resumen de todo esto es más o menos así. El mundo es bastante aburrido*. Por mucho que cuestionemos la causalidad, cada vez que suelto un objeto al piso, el maldito se cae. Lo poco que ha logrado decir la ciencia es de hecho tanto que casi nos encierra. Sin embargo, tenemos la habilidad de interpretar las cosas y eso pone varios planos sobre la sólida base de lo que percibimos como verdaderamente verdadero. Decimos que el mundo es como si fuera esto o aquello y los elementos que interpretamos para decir esas cosas efectivamente se prestan para que parezcan distintos, al punto que se vuelven distintos. La gracia está en pensar en metáforas y lograr con ello una aprehensión distinta de lo real.

Ahora bien, hay gente que olvida que está jugando. Veo a los supersticiosos, a los religiosos, a los místicos, como jugadores de fútbol que interactúan con el mundo usando sólo los pies. Me siento obligado a jugar de nuevo el papel del escéptico porque no entiendo cómo es que no podemos aceptar los pocos hechos que hay. Sé que esto suena terriblemente intolerante pero estoy hablando de que el agua moja, el pasto es verde y las cosas se caen al piso. El cristianismo es fácil de rechazar porque tiene el descaro de ser desagradable, pero me siento incómodo cuando alguien me habla de cosas cool como el I Ching porque no puedo jugar cuando los demás se lo creen de verdad. Busco entonces interpretaciones que no estén demasiado habitadas. No es que quiera ser original o exclusivo, sino que resulta imposible jugar a ser flexibles con gente que se asentó en uno de los como sís. El espacio que me llama la atención, entre los hechos y las mentiras congeladas, tiene la forma de laberintos, fractales, espejos, narraciones, metalenguaje, convenciones sociales y cosas que parecen naturales pero se revelan contingentes. En últimas, esquemas que ponen en escena la potencia del pensamiento, que alcanzan a insinuar una configuración distinta de lo real.

*Es flagrantemente exagerado decir que el mundo no es interesante en el orden de los hechos. Que la materia sea 99% vacía es ciertamente fascinante. Los confines del universo, las paradojas matemáticas y los puntos ciegos de las teorías son algunos de varios ejemplos. Ni siquiera es necesario hablar en términos de singularidades. Hace poco me enteré de que los cuchillos funcionan por presión. Me pareció loquísimo pensar que los cuchillos no cortan sino que concentran el peso. Digo mundo entonces en el sentido de lo que conmúnmente percibimos. Si acaso es menos insípida la idea de que siempre nos duele pegarnos contra una pared porque la misma no es sólida, es gracias a los juegos del pensamiento. En la práctica estamos “diseñados” para percibir la ilusión de solidez como un dato sensible porque es fácil y útil.

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