Grandes éxitos y otros filtros

21 marzo, 2011 § 2 comentarios


Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue tanto lo que me incomodó el problema de lo que pensara el lector que opté por el nombre actual, algo sonoro, neutral y quizás anodino. Vuelvo a estas consideraciones porque estoy realizando un taller de escritura en el que mis estudiantes tienen que abrir sus propios blogs. Sus dudas y las decisiones que toman me recuerdan mis propias interrogantes. Sé, por ejemplo, que si bien el blanco que uso de fondo se ve pálido y perezoso en comparación con las posibilidades multicolores que se encuentran en otros blogs, lo prefiero porque hay algo elegante en la simpleza de un formato que enfoca la atención en los textos. Lo que sí me parece exagerado es dejar todas las entradas completas y hacer que el blog se extienda infinitamente. Las categorías que uso, en su mayoría, son un chiste. Luego no es fácil navegar la página y las entradas pasadas se pierden porque exigen demasiado; que bajen y bajen sólo por curiosidad. Pensarán que me burlo de la pasividad de alguien que no está dispuesto a leer más de lo que tiene frente a la nariz, pero lo cierto -y esto fue una gran revelación- es que yo mismo no leería mi propio blog por puros problemas de formato.

Solía pensar que había una cuestión de principios detrás de esto. Así como no quiero que la extensión de un texto cualquiera se vea restringida por facilitarle las cosas a un transeúnte, así tampoco quería poner colores, etiquetas o cambiar en algo el imponente formato de un extenso pergamino. Lo cierto es que todo cuenta y es probable que sea ingenuo pedir tanto si no se quiere que los únicos lectores serios sean dos o tres conocidos. Hoy haré un par de concesiones. Agregaré la categoría de “Grandes éxitos” y pondré extractos en la página principal. Ambas cosas tienen su dificultad. Con la primera quiero resaltar las entradas que más me satisfacen para que el último escrito no sea siempre el que tiene la responsabilidad de conquistar a cada lector. Preveo que puede ser incómodo elegir los textos que tendrían ese tag, pero es un riesgo menor si se compara con otros muchos que hacen parte de la construcción de un blog. Lo segundo, en cambio, es un problema el hijo de puta. Podría dejar las primeras cincuenta y cinco palabras de cada entrada pero creo que es una salida mediocre. Si se trata de generar un filtro, si la gracia es dar opciones, no creo que los primeros renglones sean un referente justo. Consideremos, por ejemplo, la imagen previa que tendría este mismo post.

Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue… read more.

Yo quiero algo más juguetón y, en últimas, más honesto. Si es largo, diré que es largo; si es serio, si es ficción, si es gracioso o denso trataré de anunciar qué es lo que espera al lector en el otro lado de un link. Pensemos en esta opción:

Grandes éxitos y otros filtros

Un texto para los amantes de las dificultades de crear un blog, para los chismosos que no resisten un detrás de escenas y para los sesudos que disfrutan el prefijo “meta”. Santiago reflexiona sobre cambios de formato, revela sus miedos y anhelos… read more .

Es así que me embarcaré en la jocoso-dispendiosa tarea de reseñar mis propios textos. Si encuentran un extracto literal, uno de esos que citan el principio del texto, será porque me rendí o porque el chiste no dio para tanto.

 

 

 

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Sobre el acto y la potencia

31 enero, 2011 § 2 comentarios


Los viajes siempre traen alguna epifanía. No importa tanto que vayamos a Melgar o en India; algo nos deja el tiempo en que nos salimos de la rutina. Curiosamente, la última noche en Cartagena, momentos antes de tener mi gran revelación, le estaba diciendo a Marciana que ese viaje sólo me había dejado pequeñas reflexiones, por no decir que no me había dejado nada.

Se preguntarán cómo llegamos a una conversación así y la verdad es que estábamos forzando el tema en frente de una cámara. El Hay Festival acababa de terminarse y era inevitable que compartiéramos opiniones al respecto. Lo de la cámara era por hacer algo con ella. No quería el peso de sentir que la llevé en vano.

-¿Qué te dejó el Hay Festival?- me preguntó Marciana, con un tono periodístico y falso que nos inducía la cámara. Yo solté un chorro de babas. Traté de explicar que me dejó varias preguntas, aunque todas pequeñas y ninguna nueva. Antes ella había tenido su turno y me había sorprendido que abordara esa misma pregunta de una manera que excedía el marco del Festival. Yo pensé que iba a hacer una lista de lo que le interesó de uno y otro conferencista, pero optó por integrar toda la experiencia del viaje. Eso dificultó mi propio discurso. Sentí que debía sintonizarme con este tono. Cuando llegó mi turno, entonces, traté de decir, en medio del ya mencionado chorro de babas, que el Hay-Festival-en-tanto-viaje no me había dejado nada. Me dejó muchas cosas, pero a la luz de lo que ella había dicho, parecía que no fue nada. Lo bello del diálogo es que esa confusión produjo otra pregunta por parte de mi entrevistadora y, a la larga, produjo también la epifanía. Imagínense ustedes un puente apropiado. Yo intento decir que esto o aquello fue relativamente interesante. Ella contesta que lo fue, pero añade también que la ausencia de lo cotidiano resultó siendo lo más diciente. Me explica cómo es que este aislamiento le recordó y le reavivó muchas cosas. Entonces me pregunta algo, acaso para ayudarme a que me exprese.

-¿Qué ideas te han acompañado a lo largo de la vida?

Otro chorro de babas y, de repente, apareció. ¡Sí hay una idea, sí hay algo que se manifiesta con absoluta frecuencia en mi cabeza! Pensé en un principio -hablo de segundos antes- que no tenía un equivalente a la idea que la mueve a ella. En efecto, me acababa de contar una breve historia de su vida, articulada a partir de la motivación particular que tiene y su reciente mutación. Historió sus ideas. Fue muy bello. Para que no queden con la curiosidad, les cuento que la obsesión de Marciana, aunque esto pertenece a su blog y no al mío, fue en un principio la necesidad de conocerse a sí misma y luego se convirtió en la necesidad de conocer, de escuchar, a los demás. (Donde les parezca culo, los capo. Es una gran motivación) ¿Cuál era entonces la mía?

Pensé que probablemente tendría algo que ver con los juegos o temas literarios que, sin mayor deformación, quedan enmarcados dentro de la agotadora categoría de “borgianos”. Pensé esto por razones excesivamente simples: me fascinan ambas cosas. También mencioné mis ubérrimas ganas de hacer algo que comunique. Siento esas ganas muy seguido y me angustia nunca poder hacer algo con ellas.

Busqué articular ambas cosas y nada salía. Mi primer intento de respuesta, de hecho, fue incomprensible. En el video se escucha la voz de Marciana diciendo, con el mismo tono de entrevista: -no estoy segura de que te entiendo-. Una lástima que no quedara grabada la sonrisa amable y ligeramente incómoda que vino después. Leonor debería tener un Talk Show. Y en ese momento, al tratar de explicarle algo forzado, casi innecesario, algo que tenía cabida sólo gracias al juego de la entrevista, terminé entendiendo un par de cosas que desconocía.

He aquí la idea que me ha ocupado desde que el mundo era joven. Hay demasiadas posibilidades creativas y lo que quiero hacer en mi vida es concretar alguna. Dicho eso es necesario aclarar un montón de cosas y, como ya me gasté la mayoría del texto en llegar a este momento, trataré de ser breve.

Primero, por posibilidades entiendo más o menos lo obvio. En cualquier situación, es fácil concebir algo distinto dentro de las reglas ya establecidas. Quizás habría que añadir que me gustan las posibilidades deseables. Digamos que Philip Glass es entrevistado en frente de un auditorio. Es normal que, al final, se reserve un tiempo para las preguntas del público. Tomaremos ésa como nuestra situación. La primera lista de posibilidades está hecha de las preguntas particulares que puede realizar cada persona. Ésas no me interesan, al menos si se siguen las formalidades. Otras listas son un poco más extremas. Alguien puede dispararle a Philip, dos personas pueden matarse, una tercera puede gritar sin razón, puede ocurrir un terremoto, etcétera. Como ven, apunto a lo más evidente: que en todo momento puede ocurrir una infinidad de cosas. El punto, sin embargo, es que siempre parece haber una manera de transgredir la situación sin destruirla; una manera de jugar con las posibilidades latentes. Yo estuve precisamente en esa situación aparentemente hipotética. No sé si fue durante el evento o después pero la idea de preguntarle algo a Philip Glass me pareció muy interesante.  Se me ocurrió, pues, una suerte de experimento mental. ¿Qué sería lo más interesante que podría ocurrir en ese contexto? Algo que no sea excesivamente descabellado, que no destruya la situación y que a la vez satisfaga algún deseo. Pensé entonces que sería magnífico que alguien usara su pregunta para invitar a Philip a un café o una cerveza.

-Hello. I was wondering if you would like to have a drink with me.

Sólo alcanzo a concebir algunos escenarios después de esto, pero son suficientes para fantasear un buen rato. A lo mejor Philip se reiría y aceptaría la propuesta sólo por lo inusual que resulta. Podría también dar una respuesta honesta, ser grosero o gentil. Imaginémonos esta versión.

-No. Te agradezco el gesto, pero lo más probable es que tu fascinación por mí arruine toda posible conversación.- Diría con seriedad. -No me gusta hablar con gente que me admira demasiado porque siempre terminan haciendo demasiadas preguntas y muestran un entusiasmo que me incomoda.

Es importante señalar que hago esto con increíble frecuencia. No sé qué tanto fantasean las demás personas por la misma línea, pero tengo la sensación de que soy particularmente obsesivo en ese sentido. También me gusta mucho imaginar soluciones a problemas particulares. Emprendo la tarea de simular escenarios por períodos largos de tiempo. El típico: ¿cómo sería un sistema político mejor? Otro clásico ¿qué haría con una cantidad virtualmente infinita de dinero? Pero quiero aclarar que se trata siempre de cosas que se insinúan en nuestra vida, posibilidades latentes pero inverosímiles. A veces me imagino discursos cortos de personas que serán escuchadas por su posición singular y juego con eso. Solía imaginarme mucho a Obama hablándole a la población mundial. También hago catarsis con los Óscares. Fantaseo con la idea de que un actor o director ponga la farsa en evidencia. Que diga, en plena ceremonia, lo más inapropiado que se me ocurre. Todos son experimentos ingenuos. Uno de mis favoritos es el encuentro de personajes anacrónicos. ¿Qué pensaría Beethoven durante un recital del mismo Philip Glass o durante el Unplugged de Soda Stéreo?, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué diría Kant del cine? Sé que soy incapaz de imaginar con la más burda de las precisiones cualquiera de estas cosas. Mas el punto no es que pueda o no, sino que me divierto mucho intentándolo.

Por supuesto, la necesidad de concretar estas cosas toma cada vez más relevancia. Tal vez porque lo que más me gusta es el arte o quizás porque es más fácil controlar la producción de ideas que el mundo mismo, cuando pienso esto en términos artísticos me lleno de afán. Puedo contentarme simulando cosas que técnicamente son posibles sin tener que realizarlas. Sin embargo, cuando pienso que la conjunción de una idea musical con otra sería magnífica, me muero por oírla. Lo mismo se aplica a la literatura y al cine (curiosamente, nunca a la pintura). Así, lo que en otros campos es el juego de imaginar, en el arte se vuelve las ganas de hacer todas estas cosas. Una película que logre poner en escena la idea que otras obras me suscitan, un disco en el que ocurra lo que quiero que ocurra cuando escucho la música que me gusta. Ésa es mi gran epifanía. Creo que hay muchas ideas o cosas concretas que, sin ser obras maestras ni revolucionarias, merecen ser creadas.

Habría que hablar de las dificultades y sobre todo de la parálisis que tengo. Puede que no sepa escribir bien, o que sea pésimo haciendo música, pero lo que verdaderamente me preocupa, al menos ahora, es que ni siquiera lo intento. En últimas, las técnicas se pueden adquirir, pero para ello hay que comenzar.

Estoy seguro de que todo lo que he dicho hasta ahora le pasa a mucha gente. No pretendo presentarme como un individuo especial. También es probable que lo que yo defino acá como una idea: que el mundo está lleno de posibilidades artísticas y que sería muy bello concretarlas, es en realidad la motivación oficial y trillada de todo artista. En últimas, no me considero artista -qué boleta-, pero me gustaría mucho serlo y, al menos, me alegra saber eso.

 

Un curioso update

21 enero, 2011 § Deja un comentario


Mientras escribía mi pataleta sobre la difusión del go, todo terminaba de encajar en su lugar. Aparecieron proyectos futuros, proyectos grandes que implican una opción de vida y que están centrados en el go. No quiero adelantar la sorpresa porque nada es definitivo. Lo que sí debe ser dicho es que llevo una semana en la que me alegro cuando alguien me pregunta sobre el bello baduk. Hace años no sentía tanta gratitud hacia las personas que en un momento dado preguntan sobre este tema. Puedo adelantar también que tuve una sensación potente y trillada. Pensé que quizás todo lo que ha ocurrido en mi vida hasta el momento apuntaba secretamente en esta dirección.

Les estaré comentando sobre el desarrollo de mi posible felicidad infinita. Eso sí, vayan llamando a los reservistas.

Comunicado oficial

25 noviembre, 2010 § 1 comentario


Sucede por costumbre que las fechas cíclicas nos invitan a comparar los ciclos. Decir que un cumpleaños nos tomó por sorpresa, es decir que no alcanzamos a entrar en la modalidad reflexiva propia de estas fechas. Recuerdo varias celebraciones de año nuevo, en las que mis padres se encontraban absolutamente conmovidos, que para mí eran un día más con la novedad parcial de una copa de vino. Todos hemos dicho, en alguna ocasión, que hoy nos levantamos igual que ayer, a pesar de que los demás quieran que pongamos cara de cambio.

Cumplo veinticuatro años, un número que ni siquiera es particularmente redondo, pero creo que ésta no es una de esas ocasiones irrelevantes. Estoy en plena crisis en todo lo relacionado a mi futuro laboral, y mi cumpleaños llegó en la fecha perfecta para sentarme a pensar en el 2010. Así pues, si me perdonan la cursilería, voy a hacer un pequeño balance.

Lo único estable ha sido Marciana (y el gran Daniel), con quien las cosas van maravillosamente -gracias por preguntar-. Por lo demás, todo ha cambiado. Hace un año celebré con amigos fugaces, casi desconocidos, en una cabaña cubierta de nieve (se me sale el pseudo-poeta, qué cosas) y hablé por Skype con la novia y la familia. El mismo día derroté a un serbio que me dio cuatro piedras de ventaja. Fue la única partida que perdió y añadió en broma que ése había sido mi regalo. Este año gané el torneo nacional de go y recibí un montón de regalos. Es probable que el serbio, Dush, ahora me dé cinco piedras, pero el hecho es que puedo pensar en mi peregrinación a Corea con la alegría de haber cumplido mi misión geek.

Lo más significativo ha sido el colegio. Es, simultáneamente, el motivo de una satisfacción casi ontológica y de cierta angustia. Lo primero porque me siento tremendamente apreciado. Mi pared de Facebook está tapada por las felicitaciones de estudiantes. Muchos tienen mala ortografía -y no se olvide que la clase era de lenguaje- pero confieso que ver ese reguero de signos de interrogación es suficiente para evocar lo mucho que los quiero y lo mucho que me siento querido. No sé si adoptarlos o casarme con ellos; es una sensación inédita la que generan. Algunos en particular, claro, pero no tan pocos como para dudar si valió la pena molerme el culo de esa manera.

Por su parte, la angustia se debe a la inevitable reducción de amigos que ha ocurrido en este año. Hablo, claro, de esos que ya son mayores de edad, con los que se sale a tomar café o cerveza. Estar fuera de la universidad no ayuda en ese sentido, pero fue particularmente contraproducente que me haya ido al otro lado del mundo, para luego aceptar un trabajo que implicó aislamiento. Me hace falta un buen parche y me molesta pensar en todas las personas con las que no hablo seguido. Es por eso que, en el espíritu de estas reflexiones cíclicas, quisiera invitarlos a una fiesta de cumpleaños/reencuentro/búsqueda de parche fijo. A todos: los que no veo hace años y los que veo con cierta frecuencia.

Los espero el viernes 3 de diciembre en la carrera 26 #40-20 (la famosa casa de la historia). Haré el evento en Facebook con los datos claros y llamaré a los que pueda llamar, pero váyanse programando.

Un abrazo,

Santiago

 

Cónlogo diaversado

12 septiembre, 2010 § 1 comentario


Santiago:  ¿Te molesta que te diga Estraggon?

Estraggon: Es un poco raro, pero para el caso es preferible eso a que me llames Santiago u otro nombre, como Truman.

S: ¿Y que te tutee?

E: Tampoco; la otra opción es más incómoda.

S: Vale. Cuéntame, Estraggon, ¿Qué opinas del arte de la conversación?

E: Sé que es un tema que me interesa mucho, luego diría que mi opinión al respecto es vehemente, pero no estoy seguro de saber cuál es esa opinión. A mí también me gusta usar la palabra “arte”. Creo, por ejemplo, que poder conversar bien con alguien es una de las cosas que más me importan en una amistad. Sin embargo, no sé qué decir, ¿que preferiría conocer a Cortázar a conocer a Einstein o a Jesús? Es más, todo el mundo piensa que las conversaciones son importantes. Que yo lo diga no es suficiente para insinuar hasta qué punto considero que de eso es que se trata (la vida misma). Hay veces en las deja de interesarme lo que dice otra persona por la cantidad de muletillas que usa. Pero me temo que eso habla más de mí como mala persona que como conversador.

S: Para eso estoy acá; para ayudarte a desenredar este asunto. Tengo entendido que querías grabar una conversación con Bruja antes de que se fuera.

E: Sí, cómo no. Grabar y editar, porque en la segunda palabra está la clave.

S: Cuéntame más sobre eso.

E: Pues bien, Bruja (un amigo) me pidió que lo acompañara a la (Universidad) Nacional porque lo iban a entrevistar en un programa de radio, en calidad de psicólogo experto. Siendo él algo que no es exactamente experto en psicología y tratándose, consecuentemente, de un programa de radio informal, resultó que tanto los entrevistadores como él insistieron en que sería divertido que participáramos ambos. Yo haría el papel de experto en literatura y filosofía; es decir -y óigase tamaña falacia- experto en la condición humana.

¿Te estoy aburriendo con esta introducción?

S: No, pero quizás aburres a los lectores.

E: ¿Lectores?

S: Si preguntaste lo que preguntaste es porque sabes que hay lectores.

E: Ahora que lo pienso, “consecuentemente” es de esas palabras que se escriben pero no se dicen.

S: Ahora que alguien escribe que a mí se me ocurren cosas, lo mismo pasa con “ahora bien”. De hecho pensé en decirte “Hágase el bobo”, mientras hacía cierta cara y ponía cierto tono. Noté incómodamente cómo no se podía. Pero continúa. Seguro que ya perdimos un  par.

Ambos hacen silencio y miran a su alrededor.

E: En fin. Entramos a la cabina para ser entrevistados y pasó algo maravilloso. Una vez superamos el nerviosismo inicial, fue tremendamente divertido fingir un diálogo en frente del micrófono. En cierto punto logré decirle a Bruja, “Bruja”. Ambos jugamos roles distintos y lo más bello es que planeamos y recreamos una conversación que ya habíamos tenido sin que por ello dejáramos de improvisar.

(¿Se puede poner punto a parte?)

No estoy seguro de que haya quedado bien el programa. Han pasado varios meses y nunca lo sacaron al aire. Cosa digna de mención, además, porque los programas que he oído buscando el nuestro son malísimos. En ese entonces, ignorando aquel penoso dato, pensamos que salió genial. Salimos embalados -edítese después- con ganas de oírlo y ganas de hacer conversaciones que no fueran sobre vida y salud. Así pues, llegamos a la casa con el plan concreto de grabar una conversación y editarla.

Estraggon interrumpe su párrafo y cambia de expresión para comentar algo.

E: Perdona que insista. Es imposible ser lo suficientemente breve. Hay toda una desproporción entre la extensión de lo que se escribe y lo que se dice. Lo de Inception, por ejemplo, salió larguísimo y aún así es demasiado corto como para ser emocionante o chévere. Como quien dice, un post que no es ni chicha ni limonada. Aproveché para hacer una clase con mis niños en la que decía exactamente lo que luego escribí en ese post y se embalaron como nunca lo hará un lector del mismo. La charla duró más de una hora, claro, pero es que hablando se puede poner atención como nunca podría un lector que se encontrara con suficientes palabras en un post de un blog como para cubrir toda una hora de lectura. Tan sólo esa frase debió haber sido complicada.

S: Estoy seguro de que los lectores serán algo más pacientes viendo que en lugar de párrafos están leyendo un diálogo. Me preocupa más que digas “ni chicha ni  limonada” a que hagas una introducción al tema que aquí nos reúne.

E: Bueno. La historia ya casi termina. Llegamos al apartamento de Marciana (su novia). Qué pena. ¿Importa que hable de gente que el lector no conoce?

S: Luego se edita.

E: Llegamos luego al apartamento Marciana y no hubo tiempo para grabar la dichosa conversación. En este momento Bruja está en Filandia leyendo este blog. No lo veo hace meses y dudo mucho que lleguemos a realizar la grabación, pero me quedó sonando esa idea. De hecho, estoy pensando en dedicarle un post de esos que llevan la categoría de “proyectos” (acaso para aceptar que nunca lo haré).

S: ¿Y por qué te agrada tanto?

E: La gracia de improvisar está en sorprender al otro y sorprenderse a uno mismo. Para conversar rico es necesario saber improvisar. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que los grandes momentos se deben a grandes frases y éstas son infrecuentes. No me refiero a cosas que luego sean citables o siquiera dignas de un tuit. Hablo de la frase perfecta en el momento perfecto. El plan entonces es condensar las conversaciones. Hacer que las frases geniales aparezcan en cada momento, que hasta los puentes entre una y otra estén bien logrados.

Lo ideal sería hacer un guión lleno de diálogos; escribir una obra de teatro o acaso una novela hecha de gente en cafés. Efectivamente, una de las cosas que más me atraen del cine es esa posibilidad de refinar nuestra vida cotidiana. Sin embargo, no es casualidad que los diálogos más llamativos sean cortos. Date cuenta de que, en el mejor de los casos, este texto que ahora dialogamos será interesante, pero no podrá ser verdaderamente gracioso o dinámico. Es ridículamente difícil escribir buenos diálogos. De eso te habrás dado cuenta en este punto. Pero el problema va más allá. Por bien que queden, es diferente conversar a decir cosas chéveres. En este preciso momento tú te estás borrando. Pareces más un interlocutor de Sócrates, diciendo, “Sí”, “No”, “Efectivamente”, que alguien hablando conmigo. La culpa no es tuya, es del formato.

S: Pero las conversaciones tienen turnos y tiempos. Todavía no entiendo lo que me quieres decir y ya afirmas que no he hablado. Tres páginas allá en Word o un cuarto de pergamino acá en blog; si lo piensas bien, no es tanto.

E: Ése es precisamente mi punto. Dejémosle los breves performance a los personajes de las películas que nos gustan. Lo que yo quiero es atiborrar una conversación de aquello que la hace conversación. Que dos horas se vuelvan veinte minutos así como cientos de páginas se vuelven tan sólo unas cuantas.  Quiero hablar con Bruja, Dániel o Marciana, ojalá con los tres, y que de eso salga algo que sea agradable escuchar.

S: ¿Sabías que los de Can se ponían a improvisar por horas y luego editaban las grabaciones para que el resultado fuera una canción genial de varios minutos?

Estraggon grita que sí, que iba a decir eso mismo. Había preparado una frase igual de torpe cuando Santiago se le adelantó. No escribiremos esas risas y alegrías, se verían horribles llenas de signos de exclamación.

 

 

 

Introducción a otras entradas*

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


Como muchos, llevo un par de años acumulando ideas de cosas que me gustaría hacer y/o encontrar. Por supuesto, a la hora de la verdad (y como muchos también), mi obra visible se reduce a una tesis de pregrado, un playlist, cierta canción mal grabada y acaso este blog**. La obra invisible, la interminablemente heroica e impar, está compuesta de ideas nunca realizadas. No nos engañemos: sería falsa modestia decir que no me fascinaría ver estos proyectos bien logrados, pero sería mucho exagerar si añado que mis obras imaginarias serían de hecho buenas o si quiera no pésimas.

El problema está en que hay todo un abismo entre hacer y planear, cosa bien sabida. Me contradigo de manera evidente cuando, dando clases sobre escritura, señalo con vehemencia que lo importante es el proceso mismo. Pienso incluso que la escritura sólo ocurre en el momento de la edición. Y recuerdo, con preocupación y convencimiento, la siguiente frase de algún escritor famoso. “Lamentó mucho haber pasado toda una dácada pensando en escribir y no escribiendo” (Seguro la cita original es más amena).

Así pues, descaradamente me conformo con planear porque me emociona y me da la sensación de que hacer algo bueno no es tan difícil como parece. Digo a veces “manos a la obra” y me voy de jeta contra el fondo del mencionado abismo. Para colmo, me miento con la idea de que sólo me interesa hacer reseñas de libros falsos, como ocurre en los cuentos de Borges. De esa mentira, dicho sea de paso, surgió este post. Me debato ante la perspectiva de escribir algunas de estas ideas. No porque me dé miedo revelarlas, ni pendejadas semejantes, sino porque no estoy seguro de que valga la pena leerlas. Sin embargo, habíamos dicho más abajo -porque los blogs, además de ser pergaminos insufribles, están al revés- que el criterio no era ése. Entonces sí, lo haré. Tendré una pequeña categoría de proyectos no realizados y si acaso me aburro escribiéndolos, será porque no son tan chéveres después de todo.

Ya para terminar, vi una charla de TED en la que el expositor argumenta que es mala idea contar los sueños no realizados. Básicamente, dice que al compartir nuestros proyectos sentimos una aprobación que simula la sensación que queremos lograr. Por culpa de esto, nos sentimos más satisfechos y tenemos menos ganas de llevar a cabo dichas tareas. Siento que me diagnosticaron.

*Tanto la palabra “entrada” como la palabra “post” me molestan.

**Se podría decir que el otro Santiago a duras penas existe.***

***Al principio el blog se llamaba Santiago y yo. La nota al pie era una referencia a ese otro y flojo nombre.

¿Dónde estoy?

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