Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


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La vida de los otros

3 febrero, 2011 § 1 comentario


Mantendremos la costumbre de escribir con un reporte de las conversaciones que ocurrieron a mis espaldas. La disposición de la escena es simple. Yo juego música y escucho go en el computador, ella chatea y tuitea en la cama que está más atrás.  Ocurrió hace momentos una de las célebres sesiones de chat entre mi hermana y Daniel. Para éste último, mi clon menor dejó de ser la hermanita de Santiago y han construido una hermosa relación alrededor de su rivalidad futbolística. Daniel es fanático del Barça. Mi hermana, por su parte, lleva consigo la elegancia propia de alguien que entiende que hay algo poético en el tragedia prometeica del Real Madrid. No es el momento de juzgar a Daniel por sus gustos fáciles. Tan sólo nos concierne ilustrar las alturas a las que llega la interacción de estos guerreros.

Siempre es una carcajada la que inicia el diálogo. Me cuenta Alejandra que hemos recibido una propuesta: ver los clásicos entrantes en un territorio neutral. Las últimas ediciones, por razones que no queremos recordar acá, representaron para Daniel una situación incómoda. Enfrentado ante la tarea de describir esa sensación de victoria, agradecimiento y pena, nuestro personaje anotó su primera tanto.

-Me siento como si hubiera ido a tu casa y hubiera roto la loza.

Reconocemos el estilo con el que preparó su pregunta posterior.

-Quiero sonsacarte algo, pero tienes que leerme con cuidado.- Alejandra esperó con cautela mientras “Daniel estaba escribiendo”. -¿No crees que las decisiones arbitrales representaron un factor decisivo en clasificación del Madrid a la final?- Así como lo leen.

Presta a encontrar el link, Alejandra se defendió mostrando el estudio más grotesco que se ha hecho para determinar si una jugada fue gol. Nada menos que una simulación hecha a partir del volumen y las sombras del balón para ver su relación con la línea de gol sin la obstrucción del palo. Fue un golpe contundente. Suponemos que la prudencia inicial de Daniel era muestra de que no quería que se asociara su pregunta con las trilladas sospechas de fraude y conspiración que acechan al pobre Madrid. Los merengues deben cargar la cruz que es el estigma de franco. Se diría, entre paréntesis, que aún los fallos erróneos que perjudican al equipo albino hacen parte de la conspiración, en tanto que ayudan a evitar sospechas. Pero suponemos, digo, porque con Daniel nunca se sabe si habla en serio.

-¡As!- Bufó -nada menos que propaganda fascista.

Para terminar, no la situación sino esta crónica, Alejandra señaló que el Madrid fue fundado por un catalán, dato jugoso, éste, que había encontrado hace un par de días.

-Toda historia tiene su Judas.

 

***

Moralejas nos quedan muchas. Hemos aprendido que Daniel es un as de la palabra. Pero también abrimos campo para dudar de la veracidad de cualquier testimonio. La lección más importante, sin embargo, es que la justicia no existe. Alejandra, nuestro personaje sin voz, fue tan indispensable como Daniel. Su única falla fue contarme lo que decía él, no porque así se opacara, antes bien, porque me explicaba, como yo le pedía, qué es lo que la hacía reír. Algún día tendremos la versión de Daniel y confirmaremos que él tuvo sus propias risas y ella sus propios apuntes. Por lo pronto, los dejo con un detrás de escenas. Se trata del último tuit que no publicó nuestra heroína de Oz. Me comentó, precisamente hoy, que unas amigas suyas son activistas hasta el exceso. Se indignaron, por ejemplo, con la promoción de Comcel que incluía un perro por la compra de un celular. ¡Los perros se venden! Les pregunto, ¿qué es lo peor que podían hacer, meter al perro en la caja del teléfono? Pues bien, estas amigas le pidieron, como piden siempre, que hiciera alguna obra que salvará al mundo y para la cual toca desplazarse hasta el otro lado de la ciudad. Ella, enterrada bajo la avalancha de tuits que producían sus amigas, pero preocupada por su amistad pensó.

-Lo siento, no puedo ir a salvar a las ballenas porque estoy atrapada en el mundo consumista y capitalista: debo ir a comprar ropa.

Y en cambio escribió, obviamente en Facebook:

Mujeres,

De antemano, perdonadme. Yo las quiero mucho y me encanta que intenten contribuir con aquel sinfín de cosas. Pero no podré asistir a la tuiteratón. Primero, tengo arco. Luego debo comprar ropa con mi madre, que, como es Diana Uribe, vive ocupada y sólo puede el sábado. Y como ustedes sabrán, estoy en crisis zapasional y de ropa. Así que les deseo toda la suerte del mundo. Me cuentan. Y lo de Diana Uribe era un chiste, espero se hayan reído.

¿No les parece bello?

 

WikiLeaks, kickin’ it trucha style

14 diciembre, 2010 § Deja un comentario


Sí, yo sé que estamos gastando el tema de WikiLeaks, pero no hay que negarse a las cuestiones que nos ocupan.

No he leído casi ninguno de los documentos que ha publicado WikiLeaks. He visto videos y artículos sobre el contenido específico que ha salido, pero sobretodo he escuchado el ruido de este pequeño acontecimiento. A veces siento ganas de discutir con todas las personas que salen en videos y noticias argumentando que se trata de algo demasiado peligroso. El problema es que no conozco a ninguna. Son esos personajes misteriosos y distantes que conforman el mundo del otro lado de la pantalla. En este caso, los dueños encorbatados de los secretos o los gringos mundanos que están siendo enterrados bajo la avalancha de panfletos conservadores provocada por este fenómeno.

Tengo ganas de gritar las cosas como son, pero no las conozco bien y tú, mi querido lector, probablemente estás de acuerdo conmigo por razones que no logro escribir de un modo elegante. El hecho es que, en nuestro caso, la pantalla es más bien una ventana que nos ahorra un par de calles. Los dueños de Master Card están muy lejos de leer estas páginas. Supuesta la situación más radical, eres de los que creen que WikiLeaks no es tan significativo porque la mayoría de las cosas que salieron son chismes flojos. Sin embargo, aunque estemos de acuerdo y fallemos al momento de dar con todos los matices, no creo que sobre repetir lo mismo.

Lo primero es reiterar la indignación que nos produce el modo en que Assange y WikiLeaks han sido desprestigiados. Hay que emputarnos de tanto escuchar argumentos sobre los riesgos de la información. Puede que nos dé más rabia escuchar las acusaciones de terrorismo, pero son abiertamente irracionales y merecen menos indignación que el argumento pseudo-razonable que nos habla de la seguridad nacional. El discursito ése parece suponer que WikiLeaks tiene los planos de la Estrella de la Muerte y que sólo es cuestión de tiempo antes de que algún loco decida botar una bomba por la frágil tubería. No, si algo puede salir en WikiLeaks es el tipo de suciedad que debe conocerse; que el imperio es un imperio, que buena parte de las cosas que nos dicen a diario son pura mierda. Los secretos políticos esconden muy poca información peligrosa (como el punto en el que un torpedo lo podría destruir todo) y demasiada información inmoral. Habrá algún caso en el que se revela que cierta persona es un tetra-espía y aunque se cambien los nombres, la persona en cuestión quedará expuesta. Pero no nos pueden argumentar que es peligroso destapar todas las porquerías porque los que hacen el trabajo sucio correrán más riesgo. Sin mencionar que los afganos e iraquíes ya saben que el ejército gringo hace porquerías. Son precisamente aquellos que ni siquiera pueden amenazar las famosas vidas los que deben enterarse.

Cuando se trata de cuestiones individuales estoy de acuerdo con que cierto grado de hipocresía nos conviene. Hay chismes de borracheras, comentarios desafortunados y amoríos secretos que dificultan nuestra convivencia. Por otro lado, las políticas internacionales tienen repercusiones demasiado significativas. Que tal gobierno apoyó una dictadura, que cierta elección fue un fraude, que las crisis económicas son el resultado de decisiones irresponsables: ése tipo de cosas deben tener un registro más allá de nuestras lógicas sospechas. Todas las verdades en nuestra vida cotidiana podrían hacer más dura nuestra convivencia, pero todos los secretos grandes nos han llevado como ganado al hueco en el que estamos. Es tan sencillo como decir que nos va relativamente bien siendo amigos y terriblemente mal siendo naciones. No nos vengan entonces con que la información de WikiLeaks puede ocasionar guerras; es la hipocresía política la que ha generado ese riesgo.

WikiLeaks tiene el potencial de mostrar la voz de los que no tienen voz. Y la muestra irónicamente escondida en el discurso oficial y secreto de los que dicen cosas distintas cuando hablan entre sí. Perdonen que me emocione, pero siento que WikiLeaks puede hacerle al statu quo lo mismo que Napster le hizo a Tower Records. Si me equivoco, luego le pondré un tag de nostalgia a este post. Pero si no…

 

 

Y revire, pirobo

26 noviembre, 2010 § 1 comentario


Un amigo campesino,
De maligno sobrenombre,
Quisiera que yo lo nombre
Sin ser ya mi fiel vecino.
Escribí texto apurado,
Pensé  días y no el año,
Haciéndole pues un daño,
Al tiempo que hemos pasado.
Y es que en las fincas distantes,
Con una ruana de abrigo,
Camina ese nuevo amigo,
Que yo no conocía antes.
Digan por doquier y a diario
El nombre de este guerrero,
Cuyo ingrato compañero
Olvidose escribir: ¡Mario!

¿Dónde estoy?

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