Scott Pilgrim vs. Hitchcock o la gramática del embale

17 noviembre, 2010 § Deja un comentario


El cine es un lenguaje, una articulación de convenciones cuya gramática es el montaje. Cuando un niño ve cine por primera vez suele pensarse que tiene dificultades siguiendo el hilo de un argumento porque no es capaz de mantenerse concentrado o porque los referentes en la pantalla son cosas que aún no conoce. La verdad es mucho más bella. Ver películas por primera vez es como escuchar una idioma nuevo. Hay gente atenta y brillante que se confunde viendo películas simplemente porque no ha educado su ojo para ello. Piénsese que es particularmente artificial la idea de que dos vehículos que atraviesan la pantalla en una misma dirección van de hecho en una misma dirección. Cada uno está solo en el cuadro, pero hay una convención que nos ha enseñado a asociar las dos imágenes. Efectivamente, si quisiera filmar una persecución de autos e invirtiera la perspectiva en uno de los cuadros el espectador entendería exactamente lo contrario: que se van a estrellar.

Es un lugar común afirmar que los videojuegos, las novelas gráficas y los videos musicales han cambiado el modo en que procesamos imágenes. El problema es que suele decirse esto exclusivamente en un sentido negativo. Se afirma que por culpa de MTV pocos son capaces de no aburrirse viendo Lo que el viento se llevó. Perdimos la paciencia –continúan- y ahora sólo podemos ver explosiones y escenas cortas. Creo yo que hay también un aspecto positivo en este cambio. Se abre la posibilidad de explorar montajes barrocos con cuadros cargadísimos, de explorar los límites de nuestra percepción. Es comprensible que se critique a esta cultura de videojuegos porque la mayoría de las veces su poética del afán se emplea de un modo mediocre o torpe. Las peleas de Transformers no se alejan mucho de las nubes de polvo, con brazos y piernas, que usaban en los cómics para dibujar una pelotera. Si la supuesta velocidad se usa para pegar imágenes con torpeza, estoy de acuerdo con los que abogan por planos amplios y duraderos. Sin embargo, existe un potencial muy interesante y ya hay películas que han sabido aprovecharlo. Meteoro -sí, la última película de los ahora odiados hermanos Wachowski- es una de ellas. La otra se llama Scott Pilgrim vs The World. Lo poético del asunto es que ambas fracasaron en taquilla a pesar de que van a favor de la corriente. Y si me permitiera añadir algo trillado, diría que el mundo no estaba listo.

Meteoro es una película que discursivamente está lejos de ser cool y a la larga esto funciona a su favor porque permite ver, en toda su desnudez, el poder de las imágenes. Confieso que me costó trabajo darme cuenta de lo malas que fueron las continuaciones de Matrix porque el cuero, el kung fu, los celulares y el rollo discursivo sobre la realidad, fueron muy atractivos. Lo contrario ocurre con Meteoro. Todavía me da algo de pena recomendarla. Es una película tonta acerca de carros y valores familiares. Sin embargo, cuando Speed gana la última carrera la realidad casi se desintegra en colores. Me sentí más emocionado que viendo cualquier deporte real y fue un montaje lo que les dio ese permiso de fundir la pantalla. Por su parte, Scott Pilgrim es fácil de defender. Encima de las transiciones absolutamente brillantes, de los letreros y los colores, hay buenos diálogos y dinámicas muy divertidas.

Notarán que ninguna de las películas le rinde cuentas estrictas a la realidad. Esa libertad es algo bello. Es como si dejar de fingir naturalidad en las tomas nos permite también mayor soberanía en el campo visual y narrativo. En todo caso, Scott Pilgrim ocurre en Canadá y si bien llega un punto en que los muertos se transforman en monedas, es emocionante notar que también una conversación puede ser el resultado de un complejo montaje.

Pienso entonces que estas películas logran jugar con los límites del lenguaje cinematográfico y me impresiona gratamente el virtuosismo de los editores. No estoy diciendo que rompen con las convenciones, aunque es notable que añaden unas cuantas. Y si empujan los límites lo hacen imponiendo velocidad. Nos obligan a asimilar la mayor cantidad de información visual que alcancemos a procesar y nos recompensan con la satisfacción de ver que cada una de las imágenes tiene sentido. No me vengan con que El perro andaluz o El acorazado Potemkin ya hicieron eso. Hacían falta Halo, las novelas gráficas y Locomotion.

Vuelvo ahora al ejemplo del niño que todavía no entiende el cine. Basta que se quede pegado al televisor por un par de años para que sea él quien comprenda lo que a sus mayores les cuesta más trabajo. Me parece atractiva y emocionante la perspectiva de montajes frenéticos porque estas películas prueban que podemos ver con otros ritmos. Qué bello es pensar que el mismísimo Hitchcock ya no sería capaz de entender una película como éstas.

Para los piratas perezosos, acá pueden ver Scott Pilgrim y acá Meteoro.

 

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