Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.

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