De cómo ganar el tiempo

10 abril, 2011 § 4 comentarios


A pesar de que nadie parece tener tiempo para nada, existe un número asombroso de actividades ridículas que la gente practica por puro amor. El que se ponga a buscar en Youtube talentos extraños, encontrará un sin fin de comunidades y prácticas que no sólo lo impresionarán; también le parecerán de lo más gracioso. Hay gente que se dedica a saltar en pogo sticks, otros que son maestros tocando el arpa de boca, otros que pasan su vida jugando tetris y otros muchos, muchísimos, que hacen cosas que no nos interesan y que nunca haremos. ¿Qué distingue a estas actividades de aquellas, igual de absurdas, qué sí aprobamos? No es que tenga mucho sentido patear un balón, o tocar un instrumento, o deslizarnos con ruedas por una rampa. Nos divertimos haciendo esas cosas, sí, pero cómo gozan los bobos que se ponen a armar una y otra vez el cubo Rubik.

Si tuviera que señalar los criterios que empleamos para aceptar ciertas prácticas y tildar otras de inútiles, siendo que la utilidad no sirve para nada, diría que todo se reduce a cuestiones de popularidad, entretenimiento para el espectador y acaso la posibilidad de que imaginemos con facilidad esa diversión. Todos esos elementos ponen en evidencia que necesitamos un empujón externo para dejarnos llevar por la curiosidad. El prospecto de nuevas pasiones no es suficiente; hace falta aprobación y la seguridad de que nuestra rutina no se verá alterada. Vengo a invitarlos a que superemos la pereza que nos restringe a las prácticas más comunes y aceptadas. Está muy bien leer, meterse a Facebook y jugar fútbol, pero ¿quién puede decir que ya no se aburre nunca?, ¿quién que no quiere conocer nuevos mundos y refrescar la motivación que a veces se apaga cuando nos cansamos de una misma cosa? Es cierto que hay actividades que no son para uno. Creo, sin embargo, que son muchas menos de las que suponemos. Algunas pueden verse ridículas, parecer aburridísimas y para colmo ser solitarias, pero no sobra darles el beneficio de la duda porque somos particularmente buenos distrayéndonos y hemos logrado diseñar actividades que hacen que la vida misma sea una ocasión feliz para distraerse. No olvidemos que las cosas serias, como ponerse una corbata, son juegos congelados; que todas las cosas de moda también fueron y son ridículas; y que la gracia está en descubrir nuevas razones para levantarnos por las mañanas. Usted ya tendrá las suyas, pero, ¿no le parece emocionante el prospecto de encontrar otras más?

Pienso entonces que a todo el mundo le vendría de maravilla tener más hobbies. Nuestra capacidad de encontrar el encanto de las pequeñas cosas no deja de ser fascinante y los juegos, además, son particularmente bellos porque hacen explícito el goce de lo arbitrario y lo absurdo. Que alguien pueda gastar años enteros tejiendo, haciendo modelos en madera, jugando World of Warcraft, explica, en parte y a la larga, nuestra disposición para enamorarnos del cine, la literatura y todas esas cosas que no tienen nada que ver con sobrevivir.

Ahora bien, da la casualidad de que precisamente estoy pensando en una recomendación particular. Jueguen go. ¿Que qué es eso? Es mi pasión geek. ¿Que igual necesitan una reseña? Bueno, es un juego de mesa Chino, parecido, aunque poco, al ajedrez. Es decir que es un juego estratégico, que no tiene cartas, ni dados, ni dungeon master, pero sí turnos. Dos jugadores ubican discos blancos y negros sobre un tablero cuadriculado y el que mejor pone los suyos, gana. No voy a gastar lo que queda de texto explicando las reglas porque, si llegaron hasta este párrafo, ya lograron superar algo de la pereza y estoy seguro de que usarán este link que los llevará a Wikipedia. Sí diré, en cambio, que es bellísimo, sencillísimo, hipnótico, que es el juego más antiguo del mundo y que es mejor que el ajedrez en todos los sentidos en los que el ajedrez es grandioso. Con suerte, dedicarán felices horas resolviendo el problema de cómo poner cada pepita mejor. Si necesitan un empujón, los sábados me reúno en la Casa de la Historia con otra gente rara para jugar y enseñar. Están bienvenidos.

 

 

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WikiLeaks, kickin’ it trucha style

14 diciembre, 2010 § Deja un comentario


Sí, yo sé que estamos gastando el tema de WikiLeaks, pero no hay que negarse a las cuestiones que nos ocupan.

No he leído casi ninguno de los documentos que ha publicado WikiLeaks. He visto videos y artículos sobre el contenido específico que ha salido, pero sobretodo he escuchado el ruido de este pequeño acontecimiento. A veces siento ganas de discutir con todas las personas que salen en videos y noticias argumentando que se trata de algo demasiado peligroso. El problema es que no conozco a ninguna. Son esos personajes misteriosos y distantes que conforman el mundo del otro lado de la pantalla. En este caso, los dueños encorbatados de los secretos o los gringos mundanos que están siendo enterrados bajo la avalancha de panfletos conservadores provocada por este fenómeno.

Tengo ganas de gritar las cosas como son, pero no las conozco bien y tú, mi querido lector, probablemente estás de acuerdo conmigo por razones que no logro escribir de un modo elegante. El hecho es que, en nuestro caso, la pantalla es más bien una ventana que nos ahorra un par de calles. Los dueños de Master Card están muy lejos de leer estas páginas. Supuesta la situación más radical, eres de los que creen que WikiLeaks no es tan significativo porque la mayoría de las cosas que salieron son chismes flojos. Sin embargo, aunque estemos de acuerdo y fallemos al momento de dar con todos los matices, no creo que sobre repetir lo mismo.

Lo primero es reiterar la indignación que nos produce el modo en que Assange y WikiLeaks han sido desprestigiados. Hay que emputarnos de tanto escuchar argumentos sobre los riesgos de la información. Puede que nos dé más rabia escuchar las acusaciones de terrorismo, pero son abiertamente irracionales y merecen menos indignación que el argumento pseudo-razonable que nos habla de la seguridad nacional. El discursito ése parece suponer que WikiLeaks tiene los planos de la Estrella de la Muerte y que sólo es cuestión de tiempo antes de que algún loco decida botar una bomba por la frágil tubería. No, si algo puede salir en WikiLeaks es el tipo de suciedad que debe conocerse; que el imperio es un imperio, que buena parte de las cosas que nos dicen a diario son pura mierda. Los secretos políticos esconden muy poca información peligrosa (como el punto en el que un torpedo lo podría destruir todo) y demasiada información inmoral. Habrá algún caso en el que se revela que cierta persona es un tetra-espía y aunque se cambien los nombres, la persona en cuestión quedará expuesta. Pero no nos pueden argumentar que es peligroso destapar todas las porquerías porque los que hacen el trabajo sucio correrán más riesgo. Sin mencionar que los afganos e iraquíes ya saben que el ejército gringo hace porquerías. Son precisamente aquellos que ni siquiera pueden amenazar las famosas vidas los que deben enterarse.

Cuando se trata de cuestiones individuales estoy de acuerdo con que cierto grado de hipocresía nos conviene. Hay chismes de borracheras, comentarios desafortunados y amoríos secretos que dificultan nuestra convivencia. Por otro lado, las políticas internacionales tienen repercusiones demasiado significativas. Que tal gobierno apoyó una dictadura, que cierta elección fue un fraude, que las crisis económicas son el resultado de decisiones irresponsables: ése tipo de cosas deben tener un registro más allá de nuestras lógicas sospechas. Todas las verdades en nuestra vida cotidiana podrían hacer más dura nuestra convivencia, pero todos los secretos grandes nos han llevado como ganado al hueco en el que estamos. Es tan sencillo como decir que nos va relativamente bien siendo amigos y terriblemente mal siendo naciones. No nos vengan entonces con que la información de WikiLeaks puede ocasionar guerras; es la hipocresía política la que ha generado ese riesgo.

WikiLeaks tiene el potencial de mostrar la voz de los que no tienen voz. Y la muestra irónicamente escondida en el discurso oficial y secreto de los que dicen cosas distintas cuando hablan entre sí. Perdonen que me emocione, pero siento que WikiLeaks puede hacerle al statu quo lo mismo que Napster le hizo a Tower Records. Si me equivoco, luego le pondré un tag de nostalgia a este post. Pero si no…

 

 

Qué viva la piratería

1 diciembre, 2010 § Deja un comentario


#Yo confieso que Metallica fue mi grupo favorito por un período larguísimo de tiempo. Habrá otra ocasión para discutir los aspectos positivos, negativos, vergonzosos y grandiosos de este grupo que es más y menos de lo que todos piensan. Hoy lo menciono a manera de introducción en un capítulo de los Simpson, porque el verdadero problema es la piratería que sólo llegué a disfrutar tardíamente. Cuando mis nietos me pregunten si bajé canciones de Napster, esconderé mi cara por no haber estado en aquel San Crispín. Como saben, Ulrich, el insufrible baterista, decidió correr hacia un muro acompañado por gente como yo y sólo me uní a esta encomiable lucha a la altura de Kazaa.

Es probable que el lector ya esté acostumbrado a descargar ilegalmente, pero la batalla todavía no ha terminado y no sobra argumentar a favor de este cambio. Hulu está restringido a los Estados Unidos y asimismo hay un millón de cosas que no están “disponibles en su país”. Ni se hable de todo lo que es muy difícil o imposible de encontrar porque con ello se vislumbra lo que podríamos tener: todo, absolutamente todo lo que esté hecho para ser distribuido, gratis y fácil de conseguir desde cualquier lugar.

Básicamente, esta guerra se pelea en cuatro frentes: música, películas, video juegos y libros. Los primeros dos los podemos desechar con relativa facilidad. Si Avatar fue tan ridículamente rentable siendo además ridículamente cara es porque a la industria le importa muy poco lo que ocurre después de que las películas salen de cartelera. Avatar es también un gran ejemplo en tanto que ilustra la diferencia entre ir a cine y comprar un video pirata en la calle. Qué patético debió haber sido ver una película que se concentra casi exclusivamente en aspectos visuales, mal grabada y con sombras de gente que se para para ir a baño. El que quería y podía verla, la vio en cine, luego por ahí no se pueden quejar. ¿Y qué pasa con las películas de bajo presupuesto? También salen ganando precisamente porque no tenían los medios para lograr difusión. Les tengo un caso concreto, Man from Earth es una película que alcanzó a costar algo de dinero y que le está agradeciendo ahora mismo a todos los piratas por la difusión que realizaron.

La música, por su parte, ha sido el campo en donde más impacto se ha visto. Salvo las canciones que escribió Metallica en Saint Anger, me atrevería a decir que ese impacto ha sido únicamente positivo. Tower Records se fue al carajo, pero eso no es grave, es natural. No extraño a los intermediarios, sobre todo los mezquinos y obsoletos que tiene la industria del entretenimiento. Los artistas, que sí nos importan, están muy bien, gracias. Hacen más giras porque saben que ahí está la plata y por eso es que Colombia ha tenido más conciertos significativos en los últimos cinco años que en todo el siglo pasado. No creo que la música haya subido o bajado de calidad, pero sí ha sido posible que más cosas se dieran a conocer.

En cuanto a los videojuegos, confieso que no estoy particularmente enterado sobre tema. Pero me leí un artículo espléndido antes de escribir este texto. El punto, básicamente, es que gracias a la piratería la industria de los videojuegos es ahora más grande que la cinematográfica. No ha sufrido un solo golpe en los veinticinco años de piratería metódica que ha habido y en cambio le tiene que agradecer toda la difusión, la conservación de juegos olvidados y el cuidado a los legados que brindan los piratas.

Son los libros los que me preocupan. No me parece injusto que los músicos se ganen la vida haciendo conciertos, pero sí es ingenuo suponer que todos los escritures se pueden volver conferencistas para compensar la falta de ingresos que generan sus obras. Seguiré comprando libros hasta que no encuentre un buen argumento a favor de compartir el trabajo de años que ha hecho otra persona. Eso sí, creo que el problema está por el lado del capitalismo. La gente hace lo que quiere hacer porque lo quiere hacer. Lo que necesitamos es encontrar una manera para que tengan el tiempo de hacerlo.

Pasemos ahora a cuestiones más generales. Primero que todo, la piratería no es robo. Cuando algo se roba, alguien lo pierde. Lo que hacemos es compartir y eso es precisamente lo adecuado si se trata de cosas que se multiplican. El conocimiento es para compartirlo porque nadie se vuelve estúpido cuando le cuenta una idea suya a otros; menos aún cuando le cuenta una idea de otro a otros. Y aquí me imagino que aparece la objeción de siempre, que sí hay alguien que pierde, que sí es un robo, no material, sino intelectual. Pero tampoco es el caso, porque el reconocimiento de la autoría no se pierde con la difusión del producto. El único cambio real es que hay menos cosas que se pueden vender, lo cual, curiosamente, no me parece tan malo. En segundo lugar, nótese que hablo de piratería en términos de archivos compartidos. Los vendedores en la calle también serán obsoletos, pero sí es cierto que son un caso más complejo. El criterio que aplico en con ellos es comprar sólo películas que no se consiguen y videojuegos. En todo caso creo que a la larga son irrelevantes. No fueron ni serán los que tumben algo.

Hay que aprender a adaptarnos. La belleza, por ejemplo, ha sido un bien gratuito desde el principio. La gente bonita no puede evitar, sin incurrir en tremendas incomodidades, que los demás disfruten de ese bien a cambio de nada. Salen a la calle y los vemos. Sin embargo, no sólo ha habido prostitución desde el mismo principio, también ha habido cosas que no son estrictamente eso. Desde los actores y figuras públicas que casualmente son bonitos, hasta la gente que por esa razón tiene amigos y pretendientes: sigue habiendo maneras de usar la belleza como un beneficio. El conocimiento y la creación van por la misma línea. Estoy diciendo, parcialmente, que aquellos que pueden ofrecer algo que ya no tiene precio pueden encontrar un modo de beneficiarse de eso mismo. Pero también quiero señalar lo contrario: si se puede hablar de prostitución, deberíamos pensar más bien en toda la basura que existe precisamente porque se puede vender. El problema no es la piratería sino que, para todo lo demás, exista MasterCard. Tiene que haber una manera. No tenemos por qué pasar hambre por ser creativos y tampoco tenemos que dejar de serlo para lograr cosas que se vendan.

Ese cambio, un mundo a lo John Lennon, se vislumbra acaso en el potencial que tiene el Internet en su totalidad. Por lo pronto, enfoquémonos en el objetivo más cercano: bases de datos gigantescas en las que se pueda compartir todo lo que hay para compartir. Pirateen sin remordimiento, hagan de ello una costumbre que termine por tumbar todos los obstáculos. ¿Y qué hacemos con los creadores? Tener un criterio responsable para ayudarlos cuando lo necesitan. Seguiré comprando los libros que pueda comprar, seguiré comprando algunos discos, juegos y películas que me gusten mucho, pero también seguiré pirateando todo lo demás, hasta que sea legal, hasta que el mundo entero se transforme. Puede que eso implique la caída de las editoriales y las disqueras, pero no será la caída del cine, de los videojuegos y mucho menos de la buena música o los buenos libros.

The Disappointment of the Sith

4 noviembre, 2010 § Deja un comentario


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, me rompieron el corazón. Hubo miedo, rabia, dolor, sufrimiento, odio, diversión y finalmente el lado oscuro. Hoy quiero invitarlos a que hagan todo ese recorrido porque si bien no es ningún secreto que la saga de Star Wars pudo haber sido mejor, la verdad es que es mucho más decepcionante de lo que incluso ahora imaginamos. El modo Jedi para lidiar con este fracaso probablemente nos exhortaría a tomar distancia y desapego. Sin embargo, no envidio ni a los afortunados que nunca se interesaron por esta saga, ni a los sabios que supieron olvidarla. Se trata de algo tan ridículo que vale la pena reírnos de ello, así como de nosotros mismos porque, en últimas, el verdadero modo Jedi resultó siendo ingenuidad y ceguera. Es cierto que hubo buenos momentos, pero nos manipularon. Se aprovecharon de todo el peso que tenía esta historia.

Sobra decir que nuestro verdadero enemigo son las precuelas. Todavía puedo ver Una nueva esperanza y El imperio contraataca con admiración y encanto. Sin embargo, cabe preguntarnos hasta qué punto los añadidos afectaron la totalidad. No olvidemos que ya en El retorno del Jedi fueron ositos de peluche los que derrotan al imperio, que allí mismo John Williams la cagó por primera vez con la música y que el Emperador no dejó que Luke se pasara al lado oscuro porque le dijo explícitamente las consecuencias de lo que hacía. Dos películas excelentes contra tres pésimas y una mala.

El plato fuerte de este llamado al lado oscuro es el link a una serie de videos que encontrarán al final de este artículo. Son de crítica cinematográfica pero tienen la ventaja inigualable de contar con cada una de las imágenes concretas. A mí me toca decir que en este o aquel momento pasa algo hilarante. Allá muestran las imágenes y hacen un buen apunte. El problema es que el narrador de estos videos tiene una voz insoportable y, por alguna razón, insiste en hacer chistes malos que nada tienen que ver con su análisis. Es un personaje fastidioso pero no es casualidad que sus videos tengan millones de visitas. Sólo hace falta algo de rabia y curiosidad para morirnos de la risa.

Comencemos pensando en la cantidad de elementos absurdos que tienen las precuelas. Por sólo mencionar algunos, recuérdese que a Amidala la trataron de asesinar con gusanos venenoso a través de la misma ventana desprotegida que hubiera servido para pegarle un tiro. Jango Fett no mató a Obi-Wan sino a la persona que éste estaba interrogando. Al otro día, Anakin y Amidala se fueron caminando sin la menor precaución y la única razón parece ser que nadie hace atentados de día. En Episodio I Anakin niño destruyó una estación espacial por error. ¡En Episodio III Vader mató a Amidala con su sola rabia! ¿Por qué no salvaron a la mamá de Anakin en todos los años que pasaron después de que lo encontraron a él? Hay situaciones en las que nos conviene hacer la vista gorda y efectivamente estoy dispuesto a ignorar el hecho de que en un mismo lapso de tiempo Luke pasó meses entrenando con Yoda y Leia y Han Solo tan sólo horas huyendo del imperio. Pero no hay ningún encanto que rescate a las precuelas. Lo único que las sostiene es el peso de nuestra nostalgia.

¿Cómo es que Lucas fue tan descuidado con el mundo que había hecho? Por ejemplo, era interesante la perspectiva de incluir coreografías complejas en las peleas con espadas láser. No obstante, resultaron perjudiciales porque hay demasiadas ocasiones en las que es evidente que si pelearan en serio se matarían en un instante y, a la inversa, demasiados Jedi mueren sin resistencia: se quedan quietos y ponen cara de bobos. Por otro lado, la sobre carga de espadas casi destruye el encanto que tenían. Vemos un millón, de todos los colores. En Episodio III, hay un robot tísico que tiene cuatro espadas jedi y en el II tenemos que soportar una escena en la que varios niños entrenan, con los ojos tapados y de a cinco por metro cuadrado, con armas que podrían descuartizarlos. Star Wars, cosa cool entre cosas cool, nos salió con personajes molestos, política barata y mucho rosado. ¿Qué necesidad había de hacer que Darth Vader le mandara el más ridículo de todos los gritos al cielo?

Finalmente, el centro de la mediocridad está en el modo en que los diálogos nos hablan de dinámicas que no vemos. Nos dicen que Anakin tiene un gran amigo y un gran amor, pero no hay nada memorable en las relaciones que supuestamente deberían ser el núcleo de las películas. Obi-Wan y Anakin sólo logran parecer buenos amigos en la escena de su despedida. Y es inexplicable cómo es que Amidala puede amar a Anakin. El cagón no hace más que quejarse de su supuesto amigo y de su vida; no la deja hablar y le cuenta, con cara de psicópata, las masacres que cometió. Para colmo, sólo dice frases estúpidas que en nada nos recuerdan al sabio Vader. Alguien dirá que en algún momento se rieron juntos, pero lo cierto es que le taparon la boca a los actores con cinta verde y luego pusieron digitalmente risas de cartón.

Así pues, los invito a que odiemos a Star Wars precisamente porque alguna vez nos gustó tanto. Si tan sólo conocieran el poder del lado oscuro verían que es más divertido criticar a esta saga que apegarnos a la nostalgia de algo que no vale la pena. Join me and togather we can rule the galaxy.

 

 

 

Bien por él

20 octubre, 2010 § 1 comentario


Ha sido científicamente comprobado que es ridículo criticar el premio Nobel de Mario Vargas Llosa por las inclinaciones políticas del autor. Sin embargo, creo que en este campo la ciencia es redundante porque la sola frase “es que ese man es un facho” ya lo pone en evidencia. Habíamos quedado en que el sujeto con tripas y patas no es relevante para la literatura. Lo es la figura de un autor y de eso me gustaría hablar en otra ocasión, pero, por lo pronto, basta con recordar que es tan absurdo buscar la explicación de una obra en la biografía del autor como lo es tomar en cuenta cuestiones moralmente reprochables. El escándalo de Woody Allen y el penoso modo en que esto tuvo repercusiones en la interpretación y financiación de su obra puede ser un buen ejemplo del moralismo barato que se esconde detrás de la crítica a don Vargas Llosa. Nos parecemos a la prensa que ataca a los jugadores de fútbol por haber estado con prostitutas. No hace falta que elijamos entre nuestro resentimiento hacia la derecha y nuestro frágil orgullo latinoamericano. Lo primero simplemente no viene a lugar. Y acaso cabe añadir que Vargas Llosa efectivamente es un putas (como también lo fue Wagner).

Ahora bien, tampoco se trata de algo maravilloso. Después de cien años es tan vergonzosa la selección de autores que han ganado un Nobel que todos los que reciben el premio están obligados a disculparse. En este punto, suele citarse el caso de Borges, pero quiero que pensemos en otros ejemplos para que no suene a cantaleta. Se me ocurren Kafka, Joyce, Cortázar, Tolstoi, Virginia Wolf y Truman Capote, seguidos de un gran etcétera. Pero esto sólo es verdaderamente significativo porque, por el otro lado, hay cerca de 60 colados en la lista. Algunos son personajes de los que no se ha dicho una sola palabra en los últimos veinte años y otros son casos desafortunados y ridículos como el de Churchill. Piénsese en la última década: sé que Pamuk y Saramago están por todas partes pero de los demás ya ni me acuerdo.

El Nobel de literatura está muy lejos de ser una farsa tan grande como los premios Óscar; y éstos, a su vez, están lejos de ser tan patéticos como los Grammy. Luego el Nobel sigue siendo algo bastante significativo. Creo que la cuestión está en la pura mitad del debate: ni para armar fiesta, ni para exasperarse. El Nobel de Vargas Llosa es un buen motivo de alegría pasajera.

Casualmente estuve leyendo La tía Julia y el escribidor poco antes de que publicaran la noticia y me llevé una gran sorpresa. Recuerdo que en una clase de literatura, la profesora afirmó que Vargas Llosa es un excelente crítico y un no tan buen novelista. Hasta hace un mes pensé que efectivamente ése era el caso. Había disfrutado infinitamente la lectura de sus ensayos sobre Madame Bovary, Cien años de Soledad y Los miserables, pero me quedé en las primeras páginas de La ciudad y los perros. Buscando una buena lectura de Transmilenio, seguí el consejo de Marciana y opté por La tía Julia. Así, pasé de repetir la astuta opinión de mi maestra a afirmar con algo de vehemencia que se trata de un libro genial. Lo recomiendo enfáticamente. Para los que no conozcan la trama, Vargas Llosa mezcla el relato del primer matrimonio de un tal Mario Vargas Llosa (que, les aseguro, no es él) con una serie de narraciones vulgares. La inclusión de estos escritos se justifica porque, dentro de la trama, son la creación de un personaje de la novela que escribe radioteatros en la emisora donde trabaja el tal Mario. La gracia está en que La tía Julia y el escribidor juega con el morbo que generan las historias truculentas y la inevitable conciencia de que son basura. El tono logra ser simultáneamente distante, irónico, apasionado y nostálgico.

Que un libro pueda hacer que el lector se ría en voz alta debería ser suficiente para considerarlo magnífico, pero además quedé con la impresión de que la reflexión sobre los relatos vulgares es verdaderamente especial. No sé qué tan buenas o regulares sean las otras mil novelas que escribió Vargas Llosa, pero no sobra darle un Nobel a alguien que sea capaz de reflexiones tan lúcidas como las que se ven en los ensayos mencionados y puestas en escena tan magníficas como aquella que se ve en la novela que les recomiendo. Juzgando por eso cuatro textos diría que es más lo que se beneficia la academia sueca poniendo un nombre duradero en su lista, que lo que se beneficia el facho ése.

 

Ética pelética peluda

3 septiembre, 2010 § Deja un comentario


En los últimos días tuve una suerte de epifanía ética, si es que en temas tan recurrentes y recorridos caben esas cosas. Comenzó a sembrarse cuando a un amigo le robaron su iPod en la calle. De esto hace ya varios meses, pero esa noche tuvimos una discusión muy interesante y, desde entonces, he repetido un mismo argumento varias veces. Contemplando la rabia y el dolor de mi amigo en cuestión, llamémoslo Daniel, se dijo que es menos lo que duele el iPod perdido que la sensación de haber sido robado. En efecto, si Daniel lo hubiera dejado en un bus, por mucho que se hubiera autoflagelado al respecto, el impacto no hubiera sido igual. Daniel me llamó y vino a mi casa a ponerse triste y a difamar a la madre del ladrón desconocido. Se sumó al objeto perdido algo intangible pero infinitamente más grande: la fe en la humanidad, que en ambos tanto se debilitó.

Ésa fue la epifanía pero no llegó sino un día en que mi actual novia, a quien le diremos Leonor, invitó durante todo un mes a un mexicano desconocido para que viviera en su casa. El sujeto éste, Rafael, por decirle de alguna manera, era alguien lo suficientemente cercano como para intuir que no era un psicópata, pero lo suficientemente distante como para que esa invitación implicara un enorme acto de fe. Piénsese que Rafael, todo un tuitero pornográfico, podía ser cualquier cosa desde mamón hasta asesino. Lo bello entonces es que la confianza de Leonor en la humanidad se puso en juego. Ante la menor infracción, la menor picardía, mi novia actual dejaría de serlo y se mudaría a Vanuatú, para vivir con gente decente y no este país que tanto nos duele. Más aún, se mudaría a Vanuatú sólo porque Marte no está disponible. Cualquiera que fuera el daño material o emocional de un comportamiento inadecuado por parte de nuestro tuitero Rafael, hubiera sido infinitamente menor que el daño hecho a nuestra frágil, delicadísima, fe en la humanidad. Ustedes dirán -No, si la viola el acto hubiera sido en sí mismo peor que cualquier fe quebrantada-, pero simplemente hubiera hecho un daño proporcionalmente mayor a la misma; hubiera sido catastrófico en términos de fe colectiva. Desde Leonor, nueva habitante de Marte por el dolor y la rabia, hasta todo aquel que hubiera tenido que escuchar tan trágica anécdota: todos nos hubiéramos convertido en personas un poco más egoístas, más mezquinas. Ya veo a la gente diciendo, ya me veo a mí mismo diciendo, que no se puede confiar en nadie. Rafa resultó siendo un amor y con ello reafirmó la idea de que la humanidad vale la pena. Regaló libros, compartió ideas, contó anéctodas, explicó la letra de Chilanga Banda, fue amable.

Pienso ahora en el poder de la confianza. Hay dos millones de razones para argumentar que es importante preocuparse por ser un buen ser humano. Las hay prácticas, como que nadie sabe hacer un malparido computador y, si alguien supiera, no podría hacerlo solo. Súmese al trabajo colectivo de aquellos que saben hacer plástico, el de los otros que saben programar sistemas, éstos de acá que saben hacer pantallas y los otros tantos que conocen sus respectivos etcéteras para que yo pueda escribir este texto en un computador. No se puede ser demasiado enfático en esto. Una hora de luz equivale a siete horas de trabajo y haciendo las cosas juntitos y coordinados hemos reducido esa cifra a menos de un segundo. En centésimas de segundo trabajo lo suficiente como para recibir una hora de luz. Hay razones emocionales: se siente bien hacer cosas buenas. Por poco habría que decir: se siente bien sentirse bien. Hay razones casi abstractas, como afirmar que todos los demás son tan importantes como yo. Porque aunque no estén lo suficientemente cerca como para que me importen, con el pensamiento debo imaginarlos en su debida proporción.

La mejor de las razones, no obstante, es la potencia tan increíble que tiene el altruismo. Recuerdo una película, mala y jarta, que pone en escena esta potencia formidable. Nuestros bellos traductores le dicen Cadena de favores, creo que se llama Pay it forward. A un grupo de niños le piden que diseñen un sistema para cambiar el mundo y uno de los mocosos crea una cadena de favores (de ahí el espectacular título). Las reglas del sistema son sencillas. Hágale un favor a tres personas lo suficientemente grande como para que se conmuevan; traduzco, devuélvale la fe en la humanidad a tres personas. Cuando éstas expresen su gratitud, dígales que el favor se paga hacia delante (de ahí el otro y también brillante título). Las tres personas tienen la motivación para conmover a otras nueve, las nueve, para conmover a 27 y así tetraexponencialmente. Si me gasto un párrafo hablando de esto es porque la idea es brutal. Imagínense, podríamos cambiar al mundo entero en quince días. Lo “único” necesario es buena voluntad y diligencia. En la película mencionada hay carros regalados en plena calle, hogares ofrecidos, vidas salvadas y un montón de situaciones cotidianas pero aprovechadas que permiten aproximarnos a otro e invitarlo a que haga lo mismo.

Entiendo que todo sería más fácil si fuera posible hacer un borrón y cuenta nueva. Somos demasiado rencorosos y desconfiados porque hemos sido ya ratas y malparidos. Ahora bien, demorarnos más no es algo terrible y tampoco importa que nunca lleguemos a ser todos buenos con todos. El punto es que la gente piensa que colarse aquí, robar algo allá, molestar a esta persona, o forzar la indiferencia no es tan grave. Y en cierta medida tienen razón. Para mí mi celular vale menos de lo que vale para aquel que me lo quita. El problema, sin embargo, es que la puta fe en la humanidad es demasiado frágil. Cuando mis alumnos se portan mal, pierdo las ganas de dar clases; cuando se colan en Transmilenio siento que este país no vale la pena; cuando secuestran, me dan ganas de que echen plomo; cuando me roban me dan ganas de que haya limpieza social. Dicho al revés, me sentí capaz de ser amable cuando Rafa se fue; me siento tranquilo y dispuesto sabiendo que no tengo que esconder mis cosas cuando voy a trabajar. ¿Qué sentiría si me invitaran a cambiar el mundo, si me cedieran una silla en Transimlenio cuando tengo sueño?

Pienso ahora en lo que sería realizar una marcha para liberar a los secuestrados que no fuera en la séptima, sino en el puro monte, tocando puertas y pidiendo un cambio. Pienso en que los gringos pidieran perdón ante el mundo islámico por la cantidad de crímenes perpetuados en el Medio Oriente. Pienso en Israel admitiendo que la cagaron. Pienso en Estados Unidos cambiando toda su economía, pasando hambre y penas para dejar de cagarse el planeta y pienso en otros países colaborando para que esa transición no fuera tan grave. Políticas de inmigración amables, asistencia internacional que no fuera esclavitud. Tantos actos que harían más impacto por la pura voluntad que por el resultado concreto.

Bien es sabido que no hay reglas universales. Sin embargo, la cagamos menos cuando nos preocupamos por cagarla menos y cuando estamos dispuestos a revisar nuestros actos con el fin de descagarla o justificarnos si viene al caso. Obviamente no abogo por amar a toda la humanidad (hay gente que no quiero ni ver), tampoco digo que pongamos la otra mejilla. Nada más reconocer a los demás y preocuparse por tener menos roces; tan sólo ser capaces de decirle al otro que la cagó en lugar de vengarnos y olvidar los choques cuando ya no conviene manifestar nuestro descontento. En fin: cuidemos nuestra fe y la que los demás puedan tener en la humanidad porque hacemos más daño dañándola que el daño particular que hacemos.

Add New Post: El inicio de la monotonía

26 agosto, 2010 § Deja un comentario


Cuarto día y ya me cuesta un poco de trabajo continuar. Ayer estuve pensando en los temas que quisiera tratar y me tranquilizó pensar que son suficientes como para no tener que preocuparme por páginas blancas en un futuro cercano. Pues fijaos, unas horas más tarde ocurrió precisamente aquello que temía: no sé qué escribir. Pienso en cosas demasiado académicas que todavía no quiero publicar; pienso también en ideas agradables que ahora parecen bobas; pienso en reflexiones como esta misma y me pregunto si todo el blog será una crónica de la experiencia de tener un blog.

Acaso este momento es tan bueno como cualquiera para hablar un poco sobre el marco general de esas cuatro cosas que sigo repitiendo -con entusiasmo, óigase bien- en cada conversación.

Si el lector me conoce personalmente es probable que haya tenido (o tenga todavía) la impresión de que soy demasiado racional. Estrictamente hablando creo que no creo en ni mierda. Soy la clase de persona que se siente incómoda cuando habla con alguien que asegura haber experimentado algo sobrenatural porque sé que ese alguien lo cree pero creo también que, cualquiera que sea la cosa que defiende, no ocurrió. Soy el que tiende a tomar el bando hescéptico en discusiones filosóficas y hablo con frecuencia en términos hilustrados y positivistas. No me parece que la realidad sea aburridora en lo más mínimo, pero tampoco soy de los que defienden las maravillas asombrosas de la naturaleza; de esos que le dicen a las personas religiosas que es más bello pensar el mundo en términos científicos que míticos. No, siempre que interpreto lo hago pensando en ficciones y quisiera explicar a qué me refiero con eso.

Una de las ideas que más me llaman la atención es pensar que algo es irrelevante cuando aparenta ser todo lo contrario. Recuerdo, por ejemplo, un pequeño orgasmo durante una clase en la que Gustavo Chirolla entabló un diálogo hipotético entre Descartes y Spinoza. Gustavo es grosero y gritón cuando se emociona y en pleno embale se burló del dios maligno de Descartes, ese que puede estar simulando un mundo falso en todo momento sólo para cagarse en la ostia. No recuerdo las palabras exactas que usó. Pero básicamente le gritó a Descartes que si ése fuera el caso sólo habría de importarnos el día en el mundo dejara de ser como es. Por lo pronto, no importa si esta es la realidad real o si estamos conectados al matrix de un dios aguafiestas. ¿Se alcanza a ver lo bello que resulta esa respuesta? Ridiculiza la pesquisa del filósofo francés y simultáneamente equipara dos escenarios radicalmente opuestos. En uno somos los testigos de la realidad y en el otro somos las ratas de laboratorio de alguien que nos engaña y probablemente se ríe mientras tanto.

A lo que voy es que, durante la gran mayoría del tiempo, creo que la verdad es un criterio válido para juzgar el mundo y le reprocho constantemente a ciertos discursos precisamente el hecho de que los considero falsos. Sin embargo, me doy cuenta de que sólo vale la pena hablar de verdad allí donde no es obvio que algo sea verdadero o falso. El argumento entonces es el siguiente: si sólo nos tomamos la molestia de preguntarnos por la verdad de las cosas cuando no la conocemos, entonces aquello que finge ser verdadero es verdadero porque sólo podemos juzgar su retórica. Puede que suene culísimo y que sea una versión academizada del refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” pero no deja de ser muy interesante que resulte tan fácil entrar en el campo del como si. Por ejemplo, no creo que el futuro esté predeterminado (entre otras porque la ilusión de caos y libre albedrío haría que no importara si ése fuera el caso) pero el destino me parece una de las ideas más bellas que hemos concebido. Mi tesis es una disertación extremadamente específica en la que argumento que Rayuela no es una obra tan abierta como todo el mundo dice que es. Después de cien páginas concluyo que Rayuela sólo puede fingir que es un libro perfecto porque de hecho no lo es. Se contenta con lograr semejante ilusión -quiero exagerar- a la perfección y eso es acaso más bello que un libro verdaderamente infinito. Si nos atenemos a un examen minucioso, Rayuela no está hecha para ser leída en cualquier orden. El sólo hecho de que lleguemos a creerlo, sin embargo, es francamente genial.

Súmese a esto que durante un tiempo estuve leyendo sobre teoría de juegos y me encontré con definiciones que encajaban perfectamente con esquemas que hablan explícitamente de artificios y diversión. Me di cuenta de que el campo de juego constituye una realidad artificial que se impone por encima de la realidad real y que el pensamiento, por lo tanto, es también un juego. Y es que seguimos las reglas de los juegos porque se nos da la puta gana respetar un orden artificial en la medida de que nos divierte. Cuando el balón sale de la raya, los jugadores lo tocan con la mano y atraviesan un verdadero portal. Luego vuelven a cruzar ese límite y otra vez el mundo se reduce a patear el balón para que entre en una red. Frase genial que no veo como integrar a este texto: el aguafiestas no es el jugador que hace trampa pues éste respeta las reglas lo suficiente como para hacer creer que las sigue; el aguafiestas es el que denuncia lo absurdo del juego, el que no quiere jugar.

El resumen de todo esto es más o menos así. El mundo es bastante aburrido*. Por mucho que cuestionemos la causalidad, cada vez que suelto un objeto al piso, el maldito se cae. Lo poco que ha logrado decir la ciencia es de hecho tanto que casi nos encierra. Sin embargo, tenemos la habilidad de interpretar las cosas y eso pone varios planos sobre la sólida base de lo que percibimos como verdaderamente verdadero. Decimos que el mundo es como si fuera esto o aquello y los elementos que interpretamos para decir esas cosas efectivamente se prestan para que parezcan distintos, al punto que se vuelven distintos. La gracia está en pensar en metáforas y lograr con ello una aprehensión distinta de lo real.

Ahora bien, hay gente que olvida que está jugando. Veo a los supersticiosos, a los religiosos, a los místicos, como jugadores de fútbol que interactúan con el mundo usando sólo los pies. Me siento obligado a jugar de nuevo el papel del escéptico porque no entiendo cómo es que no podemos aceptar los pocos hechos que hay. Sé que esto suena terriblemente intolerante pero estoy hablando de que el agua moja, el pasto es verde y las cosas se caen al piso. El cristianismo es fácil de rechazar porque tiene el descaro de ser desagradable, pero me siento incómodo cuando alguien me habla de cosas cool como el I Ching porque no puedo jugar cuando los demás se lo creen de verdad. Busco entonces interpretaciones que no estén demasiado habitadas. No es que quiera ser original o exclusivo, sino que resulta imposible jugar a ser flexibles con gente que se asentó en uno de los como sís. El espacio que me llama la atención, entre los hechos y las mentiras congeladas, tiene la forma de laberintos, fractales, espejos, narraciones, metalenguaje, convenciones sociales y cosas que parecen naturales pero se revelan contingentes. En últimas, esquemas que ponen en escena la potencia del pensamiento, que alcanzan a insinuar una configuración distinta de lo real.

*Es flagrantemente exagerado decir que el mundo no es interesante en el orden de los hechos. Que la materia sea 99% vacía es ciertamente fascinante. Los confines del universo, las paradojas matemáticas y los puntos ciegos de las teorías son algunos de varios ejemplos. Ni siquiera es necesario hablar en términos de singularidades. Hace poco me enteré de que los cuchillos funcionan por presión. Me pareció loquísimo pensar que los cuchillos no cortan sino que concentran el peso. Digo mundo entonces en el sentido de lo que conmúnmente percibimos. Si acaso es menos insípida la idea de que siempre nos duele pegarnos contra una pared porque la misma no es sólida, es gracias a los juegos del pensamiento. En la práctica estamos “diseñados” para percibir la ilusión de solidez como un dato sensible porque es fácil y útil.

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