Aviso

12 abril, 2011 § 1 comentario


Ya agregué la categoría de “Grandes éxitos”. Vino en un momento de culpa porque el post inmediatamente anterior está pensado para los lectores de Hoja Blanca. Allá tiene algo de sorpresa y acá es demasiado revelador; exhibe monotonía. Entonces me armé de energía y revisé todos los textos que están publicados para elegir los que más me satisfacen. El de Scott Pilgrim se coló por estadística demanda popuilar. “Work in progress” lo puse para obligarme a convertirlo en un gran éxito.

Bogotá, 8 de abril de 2011

Posdata de 2011

Alguien trajo a mi atención el hecho de que mis preocupaciones y mis métodos obedecen al esquema de tuíter. Temo que me juzguen sólo por los escritos recientes y veo con nostalgia cómo se pierden aquellos que alguna vez fueron motivo de altivez. Ese alguien tiene toda la razón: “Grandes éxitos” es una suerte de favstar.

De cómo ganar el tiempo

10 abril, 2011 § 4 comentarios


A pesar de que nadie parece tener tiempo para nada, existe un número asombroso de actividades ridículas que la gente practica por puro amor. El que se ponga a buscar en Youtube talentos extraños, encontrará un sin fin de comunidades y prácticas que no sólo lo impresionarán; también le parecerán de lo más gracioso. Hay gente que se dedica a saltar en pogo sticks, otros que son maestros tocando el arpa de boca, otros que pasan su vida jugando tetris y otros muchos, muchísimos, que hacen cosas que no nos interesan y que nunca haremos. ¿Qué distingue a estas actividades de aquellas, igual de absurdas, qué sí aprobamos? No es que tenga mucho sentido patear un balón, o tocar un instrumento, o deslizarnos con ruedas por una rampa. Nos divertimos haciendo esas cosas, sí, pero cómo gozan los bobos que se ponen a armar una y otra vez el cubo Rubik.

Si tuviera que señalar los criterios que empleamos para aceptar ciertas prácticas y tildar otras de inútiles, siendo que la utilidad no sirve para nada, diría que todo se reduce a cuestiones de popularidad, entretenimiento para el espectador y acaso la posibilidad de que imaginemos con facilidad esa diversión. Todos esos elementos ponen en evidencia que necesitamos un empujón externo para dejarnos llevar por la curiosidad. El prospecto de nuevas pasiones no es suficiente; hace falta aprobación y la seguridad de que nuestra rutina no se verá alterada. Vengo a invitarlos a que superemos la pereza que nos restringe a las prácticas más comunes y aceptadas. Está muy bien leer, meterse a Facebook y jugar fútbol, pero ¿quién puede decir que ya no se aburre nunca?, ¿quién que no quiere conocer nuevos mundos y refrescar la motivación que a veces se apaga cuando nos cansamos de una misma cosa? Es cierto que hay actividades que no son para uno. Creo, sin embargo, que son muchas menos de las que suponemos. Algunas pueden verse ridículas, parecer aburridísimas y para colmo ser solitarias, pero no sobra darles el beneficio de la duda porque somos particularmente buenos distrayéndonos y hemos logrado diseñar actividades que hacen que la vida misma sea una ocasión feliz para distraerse. No olvidemos que las cosas serias, como ponerse una corbata, son juegos congelados; que todas las cosas de moda también fueron y son ridículas; y que la gracia está en descubrir nuevas razones para levantarnos por las mañanas. Usted ya tendrá las suyas, pero, ¿no le parece emocionante el prospecto de encontrar otras más?

Pienso entonces que a todo el mundo le vendría de maravilla tener más hobbies. Nuestra capacidad de encontrar el encanto de las pequeñas cosas no deja de ser fascinante y los juegos, además, son particularmente bellos porque hacen explícito el goce de lo arbitrario y lo absurdo. Que alguien pueda gastar años enteros tejiendo, haciendo modelos en madera, jugando World of Warcraft, explica, en parte y a la larga, nuestra disposición para enamorarnos del cine, la literatura y todas esas cosas que no tienen nada que ver con sobrevivir.

Ahora bien, da la casualidad de que precisamente estoy pensando en una recomendación particular. Jueguen go. ¿Que qué es eso? Es mi pasión geek. ¿Que igual necesitan una reseña? Bueno, es un juego de mesa Chino, parecido, aunque poco, al ajedrez. Es decir que es un juego estratégico, que no tiene cartas, ni dados, ni dungeon master, pero sí turnos. Dos jugadores ubican discos blancos y negros sobre un tablero cuadriculado y el que mejor pone los suyos, gana. No voy a gastar lo que queda de texto explicando las reglas porque, si llegaron hasta este párrafo, ya lograron superar algo de la pereza y estoy seguro de que usarán este link que los llevará a Wikipedia. Sí diré, en cambio, que es bellísimo, sencillísimo, hipnótico, que es el juego más antiguo del mundo y que es mejor que el ajedrez en todos los sentidos en los que el ajedrez es grandioso. Con suerte, dedicarán felices horas resolviendo el problema de cómo poner cada pepita mejor. Si necesitan un empujón, los sábados me reúno en la Casa de la Historia con otra gente rara para jugar y enseñar. Están bienvenidos.

 

 

Co-escritura: La frontera final

3 abril, 2011 § 2 comentarios


Dicen que dos cabezas escriben peor que una. Suelo repetir con gusto ese proverbio. Más ideas y perspectivas se encuentran cuando dos personas tratan de pensar juntas. Pero la escritura está marcada por estilos y es difícil convenir un rumbo si las posibilidades son virtualmente infinitas. No toda elección en un texto es producto del arduo proceso de revisión que todos recordamos. Muchas frases, la mayoría, nos parecen naturales y las escribimos pensando que son la única opción. Naturalmente, basta tener a otra persona al lado para ver que su noción de natural es rara. Entonces nos encontramos esa curiosa proporción. Por cada texto escrito a cuatro manos hay cientos de miles que tienen un sólo autor.

Sería agradable decir acá que sólo la pereza nos obliga a escribir solos; que podríamos ser tanto más lúcidos y afinados cuantas más personas conformaran nuestro estilo. Pero vengo a mostrarles un texto que co-escribí con Bruja, ese que nombramos acá por doquier y a diario, y la verdad es que, después de muchas horas de trabajo, nuestro logro fue parcial. Súmese a esto el hecho de que todavía no hemos tenido el valor de escribir algo completamente nuevo. Nuestro método consiste en usar un texto de alguno para escribirle encima un texto de los dos. Dicho de otra manera, no escribimos sino corregimos. Pero como la escritura es sobre todo reescritura, como lo que no se edita, no sirve, entonces cabe preguntarnos hasta qué punto es justo decir que lo que sigue lo escribimos los dos. El hecho es que el “yo” que aparece allí es él y no nosotros.

A continuación encontrarán la versión inicial que había escrito Bruja y luego la versión final que editamos juntos en Google Docs. Sobra decir que la primera es un borrador vomitado y que no debía publicarse. Si se fijan, hay un comentario de Bruja emputado por eso. Tiene toda la razón, pero la gracia no es que él quede mal parado sino que se vea el detrás de cámaras del asunto. Tomó más de cincuenta canciones de fondo llegar de una versión a otra. Me gusta pensar que el contraste de los dos textos muestra todo lo que no podría verse con uno solo. Les pregunto entonces, para cuando terminen de leer, ¿será que se ve lo mucho que nos divertimos?, ¿aparecen Bruja y Santiago mezclados, separados, resignados y muertos de la risa gracias a Google Docs? ¿aparecen entendiendo sus propios estilos por el contraste con el otro?, ¿se ven las horas de malentendidos y sincronías o me toca decirles que pasó todo eso?

 

Abril 10, 1746

Anoche estuve hablando con Xxx y, en algún momento, resultó un intercambió de pareceres sobre lo que puede o no dar la soledad. Ninguno que fuera gran cosa y tampoco es que eso me parezca un gran tema. Aunque puede serlo, o lo es, o por lo menos creo que se ha escrito mucho sobre eso y quizás grandes cosas. Pero a mí el tema, más bien, me molesta. Tal vez porque de creerme mucho café con leche cuando era un torpe solitario me quedaron muchas malas mañas que hoy por hoy se tacharían de ‘emoidades’, de cosas de un pobre, perdedor y desubicado emo. Por desgracia, en mis tiempos de solitario los emo no existían, sino jamás hubiera caminado yo por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error. Y es eso lo que me interesa desdeñar acá.

La soledad lastimera, por el contrario, es el uróboros del intelecto; esa gran boca del dolor muy bien pensado se devora su pequeña cola de animal desnutrido, alimentado de sí mismo, para terminar siendo nada. Y es precisamente esa nada la que mueve al animal, es la esencia de su vida. Entre más en la nada se siente, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve esa boca, más alcahueta. Y estando en ella, se cree uno con la lucidez del agonizante para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, incluso hasta llegar a burlarse de la vulgaridad de los contentos, esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá. Más o menos en estos términos, según recuerdo y ahora veo, se expresan esas pobres almas en pena. Recrean una y otra vez su dolor vacío, y sólo a él, que parece ser el último límite metafísico de la vida misma; y así, los demás deberían escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las canciones llenas de blancas y redondas, ruedan las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza y se privan, nuestro acongojados amigos, de tanta materia prima intelectual. O me privé yo de tantas cosas del buen pensar. Por marica, por pendejo.

Pero no quiero parecer tan tendencioso. En distintos formatos y en distintas épocas estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—; sumergirse en toda esa mierda dará para vender algo más de lo mismo. Y así está bien, bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Son luz entre tanta oscuridad. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre éstos.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Y el punto es que se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso de lo más profundo de la humanidad.

(Casi que lo digo apenas para no olvidarlo.)

Marzo 21, 2011

Convengamos que la soledad tiene su ajá. Pero no exageremos. Anoche tuve una conversación en la que resultó un intercambio de pareceres sobre lo que puede o no dar ese estado. Más importante que lo dicho fue la incomodidad que generó en mí el tema. Sé que puede ser uno grande, o que lo es, o, por lo menos, que se ha escrito mucho sobre eso, quizás grandes cosas. Sin embargo, no deja de molestarme que se hable de la soledad como si fuera, ¡oh!, musa única de toda revelación. Me molesta, claro está, porque acaso yo mismo lo pensé cuando era un torpe solitario. De haber emos en aquella epoca, ese espejo del ridículo me hubiera disuadido de caminar por pantanos tan incómodos. Pero caminé y creí que ese dolor infinito que tiernamente empollaba en la soledad era lo más profundo que cualquier humano jamás podría vivir y que, por tanto, era tierra fértil para el intelecto. Fatal error.

La soledad lastimera, además de trillada, es el uróboros del intelecto. Es la gran boca del dolor meditabundo que se devora su cola desnutrida, alimentándose de él mismo, para terminar siendo nada. Entre más siente esa nada, entre más profundo su dolor, más voraz se vuelve aquella boca. Y estando en ella, es cierto, se cree uno con la lucidez del agonizante. La ilusión para permitirse ser altanero, para desdeñar de todo el pensamiento universal, para burlarse de la vulgaridad de los contentos —esos que no parecen haber pisado nunca el infinito, que no conocen el más allá—, se crea así.

Más o menos éste, según recuerdo y ahora veo, es el vaivén de dichosas almas en pena. Lo cierto es que recrean una y otra vez su dolor vacío y les parece ser el último límite metafísico de la vida misma. Límite en virtud del cual todos deberíamos escuchar atentos esa verdad revelada o construida en grades e íntimas reflexiones. Entre tanto, pasan las horas, pasan los días, ruedan las rolas¹ a redondas y blancas, se escurren las lágrimas, pasan hojas de libros y fotogramas de películas que corroboran esa gran grandeza. Y se privan, nuestro acongojados amigos, de todo lo que ocurre al otro lado de la soledad que se come a sí misma. O me privé yo de tantas cosas del sabroso pensar.

Pero no es que quiera, no, condenarlos a muerte, ni denunciar una supuesta inhabilidad para la vida. En distintos formatos y en distintas épocas, estos personajes siempre han encontrado su lugar y llegan a ser taquilleros —¡alabado sea Tuíter!, dirán algunos—. Sumergirse en toda esa mierda sirve para vender algo más de lo mismo. Y así está bien: bienvenida la pluralidad, cada quién con sus gustos. Incluso hay entre ellos quienes tienen polo a tierra; no cometen el error de creerse el germen último y único de la inteligencia o de la poesía y buscan ‘pararse en hombros de gigantes’. Si parezco envenenado es por no haberme contado, por lo menos, entre los prudentes solitarios que supieron dejar de morderse la cola.

En todo caso, bendito sea el golpe de suerte que me sacudió de encima tanta araña muerta. Hoy conozco la dicha de seguirle el rastro a una idea manoseada por muchos o de tratar de hacer una canción que suene a algo más que al infinito o a la nada. Se puede vivir al margen del bullicio sin tener, por ello, que sentirse el centro misterioso y profundísimo de la humanidad.

 

Acaso lo digo para no olvidarlo.

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¹ Sí, ‘canciones’, pero con r de rápido ruedan los carros.


Grandes éxitos y otros filtros

21 marzo, 2011 § 2 comentarios


Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue tanto lo que me incomodó el problema de lo que pensara el lector que opté por el nombre actual, algo sonoro, neutral y quizás anodino. Vuelvo a estas consideraciones porque estoy realizando un taller de escritura en el que mis estudiantes tienen que abrir sus propios blogs. Sus dudas y las decisiones que toman me recuerdan mis propias interrogantes. Sé, por ejemplo, que si bien el blanco que uso de fondo se ve pálido y perezoso en comparación con las posibilidades multicolores que se encuentran en otros blogs, lo prefiero porque hay algo elegante en la simpleza de un formato que enfoca la atención en los textos. Lo que sí me parece exagerado es dejar todas las entradas completas y hacer que el blog se extienda infinitamente. Las categorías que uso, en su mayoría, son un chiste. Luego no es fácil navegar la página y las entradas pasadas se pierden porque exigen demasiado; que bajen y bajen sólo por curiosidad. Pensarán que me burlo de la pasividad de alguien que no está dispuesto a leer más de lo que tiene frente a la nariz, pero lo cierto -y esto fue una gran revelación- es que yo mismo no leería mi propio blog por puros problemas de formato.

Solía pensar que había una cuestión de principios detrás de esto. Así como no quiero que la extensión de un texto cualquiera se vea restringida por facilitarle las cosas a un transeúnte, así tampoco quería poner colores, etiquetas o cambiar en algo el imponente formato de un extenso pergamino. Lo cierto es que todo cuenta y es probable que sea ingenuo pedir tanto si no se quiere que los únicos lectores serios sean dos o tres conocidos. Hoy haré un par de concesiones. Agregaré la categoría de “Grandes éxitos” y pondré extractos en la página principal. Ambas cosas tienen su dificultad. Con la primera quiero resaltar las entradas que más me satisfacen para que el último escrito no sea siempre el que tiene la responsabilidad de conquistar a cada lector. Preveo que puede ser incómodo elegir los textos que tendrían ese tag, pero es un riesgo menor si se compara con otros muchos que hacen parte de la construcción de un blog. Lo segundo, en cambio, es un problema el hijo de puta. Podría dejar las primeras cincuenta y cinco palabras de cada entrada pero creo que es una salida mediocre. Si se trata de generar un filtro, si la gracia es dar opciones, no creo que los primeros renglones sean un referente justo. Consideremos, por ejemplo, la imagen previa que tendría este mismo post.

Estuve reflexionando sobre la presentación de este blog. Antes, cuando se llamaba Santiago para Smarties, me incomodaba la idea de que fuera un título arrogante. Parecía maravilloso el juego que resulta de la doble alusión; smarties, la marca de chocolates, y dummies, el detestable término que usa esa popular serie de libros. Sin embargo, fue… read more.

Yo quiero algo más juguetón y, en últimas, más honesto. Si es largo, diré que es largo; si es serio, si es ficción, si es gracioso o denso trataré de anunciar qué es lo que espera al lector en el otro lado de un link. Pensemos en esta opción:

Grandes éxitos y otros filtros

Un texto para los amantes de las dificultades de crear un blog, para los chismosos que no resisten un detrás de escenas y para los sesudos que disfrutan el prefijo “meta”. Santiago reflexiona sobre cambios de formato, revela sus miedos y anhelos… read more .

Es así que me embarcaré en la jocoso-dispendiosa tarea de reseñar mis propios textos. Si encuentran un extracto literal, uno de esos que citan el principio del texto, será porque me rendí o porque el chiste no dio para tanto.

 

 

 

Sobre revoluciones o el juego de pensarlas

15 marzo, 2011 § Deja un comentario


¿Sabe usted qué es el movimiento Zeitgeist? En serio: ¿lo sabe? Porque no tengo ni idea de qué tan popular realmente es y me debato entre hacer una breve introducción o saltar directamente al tema. Diré, con un link de por medio, que Zeitgeist tiene tres películas, dos facetas y una curiosa historia. Por un lado, es una crítica metódica a la sociedad actual. Analizan el sistema monetario, los paradigmas religiosos, nuestro esquema pseudo político y los destruyen todos. Por el otro lado, Zeitgeist es la propuesta de un nuevo diseño social basado en el uso inteligente de los recursos planetarios. Argumentan, entre otras cosas, que los actuales avances tecnológicos permiten un modelo de sociedad que antes era inconcebible, que siempre ha sido deseable y que ahora, para colmo, es necesario. Aparentemente, un señor cualquiera hizo un documental en Internet, Zeitgeist, que se volvió muy popular. Otro señor había trabajado durante años en el diseño de un nuevo esquema social, El proyecto Venus, y cuando vio el documental y la fuerza que convocaba se comunicó con el primero para generar una alianza. De esa unión se desprendieron otras dos películas de Zeitgeist (Addendum y Moving forward) en las que el tono cambió por completo. Mientras que la primera es un documental con dejos de superteoría de conspiración, en las otras dos se conjuga la crítica con esa propuesta particular.

Para los que no hayan visto estas películas, les recomiendo enfáticamente que se pongan en ésas y los espero dentro de diez horas en el párrafo que sigue. Los espero en seis si se quieren saltar la saltable primera. (Yo la disfruté bastante, pero ahora le tengo pánico a su tendencia a exagerar). Para los que sí las han visto, les pido disculpas porque en todo caso me toca resumir las cuestiones centrales. Burdamente hablando, el argumento de Zeitgeist va así. La gran mayoría de problemas que tenemos son inherentes a un sistema que no tiene sentido en este punto; la corrupción es un fenómeno natural dentro del capitalismo; la deuda hace que se genere artificialmente la escasez y causa todo tipo de conflictos sociales. Gracias a los avances tecnológicos que tenemos ahora podemos concebir un sistema que sería obvio si fuera posible comenzar de ceros en un planeta nuevo. Como no es el caso, nos toca pensar en una transición y para ello debemos entender con claridad la naturaleza fallida de la sociedad que tenemos ahora. Entenderla a tal punto que aceptemos que no se trata de maquillar las fallas; que no se trata de dar limosna, ni de votar por alguien mejor. Se trata de aprovechar nuestra capacidad de generar abundancia para lograr un sistema en el podemos superar la instancia del trueque; esto es, un sistema sin propiedad privada en el que todos tendrían acceso a todo. Esto, por supuesto, incluye argumentos a favor de la ecología, la colaboración y en contra del consumismo, la desigualdad, la pseudo política, la pseudo democracia y cétera. Todo porque debemos dejar de aferrarnos a valores autodestructivos. Incluye también una respuesta a los contraargumentos previsibles. Para los que dicen que la gente es incapaz de vivir un modelo ideal, que siempre hay malos, argumentan que la naturaleza humana es la adaptación; que no hay naturaleza humana. Como vivimos en sistema de mierda, somos una mierda, pero eso se puede modificar. Para los que hablan de los beneficios de la competencia o los incentivos pecuniarios, reflexionan sobre nuestras motivaciones y rechazan las ideas que nos venden. Ante las acusaciones de ingenuidad, buscan el mayor rigor posible. Se desviven para sostener la viabilidad de las ideas que defienden.

La iniciativa llega tan lejos que en todo caso es muy difícil no dudar de las propuestas. Por ejemplo, quieren un sistema en el que no se “tomen” decisiones sino que se “llegue” a ellas, delegándole a las computadoras la función de analizar información para realizar ajustes administrativos. Mucha gente se alarma ante la perspectiva de automatizar el gobierno. Mucha gente se asusta con la sola palabra “automático”. Personalmente, me parece interesante considerar otras opciones dado que nuestro sistema está marcado por la corrupción, la ineptitud y los modelos autocráticos. El punto, sin embargo, es que el proyecto que defiende Zeitgeit es un cyberanarquismo radical y por mucho que se argumente, no es fácil simpatizar con esa idea en una sentada.

Por esto y otras razones, Zeitgeist es bastante controversial. Me dispongo a pensar en los problemas que puede tener, pero convengamos, por lo pronto, que vale la pena ver estas películas. Cada una tiene más de dos horas, luego no es algo que se diga a la ligera. Son sorprendentemente entretenidas y estoy convencido de que generan pensamiento. Es tan difícil sustentar o refutar la propuesta de Zeitgeist y dan tantas ganas de hacer alguna de las dos cosas, que todo el que las ve, sale hilando ideas.

Ahora, ¿le cree usted al movimiento Zeitgeist? Yo sí, pero reconozco que algunas cosas me incomodan y acepto que apruebo otras por una afinidad que no se puede exigir de los demás. La lista de problemas que se me ocurre es la siguiente.

  • Varias veces las películas de Zeitgeist adquieren un tono de manipulación digno de El secreto. Hacen dramatizaciones (!) y lo único peor que una dramatización, es eso mismo en medio de un documental que denuncia la manipulación de los discursos vigentes. Es demasiado sospechoso que recurran a esa estrategia.
  • La oda a la tecnología es conflictiva. A mí me entra fácil, pero tengo amigos que se ponen nerviosos cuando alguien insinúa que la tecnología nos puede hacer felices. Siendo justos, el argumento de Zeitgeist, más allá de afirmar que sólo podemos enfrentarnos tecnológicamente al problema de la escasez, sería que la tecnología nos libera de la esclavitud que nos impone la supervivencia; que ella misma no nos hace crecer espiritual, social y culturalmente pero sí es una herramienta que permite ese tipo de búsquedas. No deja de haber, sin embargo, cierto fetiche tecnológico. Parece que la educación ideal es la de científicos e inventores y que todo el mundo sería feliz con sistemas de transporte eficientes y ciudades circulares.
  • Los diseños urbanos de Zeitgeist insinúan una uniformidad desagradable. No hablo sólo de arquitectura. Entiendo que no pueden concebir las distintas manifestaciones culturales en una sociedad global y que se limitan a especificar las condiciones básicas. Aún así, esos datos ya dicen demasiado. Hablan de homogeneidad en tanto que el manejo de los espacios es algo prominentemente cultural.
  • Siempre es cuestionable el salto de las críticas a las propuestas. Se puede aceptar que la sociedad entera es una mierda y aún así quedarse pensando en perspectivas locales y no globales.
  • En términos teóricos hay un problema serio cuando se considera una solución propia de un esquema de desarrollo particular aplicada a todos los rincones del mundo. Da la sensación de que la gente de Zeitgeist son gringos que creen que todos son como ellos. Los de Zeitgeist luchan mucho contra esta percepción. Defienden la lógica de sus argumentos y señalan que lo que vemos es sólo la base y que nos corresponde a todos construir y vivir el imprevisible resto. En todo caso, vale la pena pensar este problema. Le agradezco a @marciana_ por señalarlo.
  • Asimismo, y un poco abarcando todo lo anterior, el discurso de Zeitgeist es absolutamente ilustrado. La gente que odia la idea de Sherlock Holmes puede cabriarse mucho con el racionalismo de Zeitgeist. (A mí me entra como un baso de agua).
  • En ningún momento se especifican las particularidades de la transición. Es obvio que sería ingenuo atreverse a predecir un acontecimiento. Acaso por eso se limitan a hablar tan sólo de protestas pacíficas. Está bien que la única claridad sea que esto no lo vamos a lograr con armas. Pero aún si suponemos que todos nos pondremos de acuerdo en tumbar al sistema monetario y aún si creemos que todo el sistema que proponen es viable, que no necesitamos leyes, ni prisiones, ni políticos; aún así, es de suma importancia concebir un modelo específico de transición. ¿Quién manda mientras tanto y cómo hacemos para no matarnos antes de que logremos cambiar nuestros valores?
  • ¿Qué tan viable es todo lo que dicen? No se puede descartar por completo la idea de que nos mienten a punta de exagerar. La mayoría de las dudas que puede tener el público de Zeitgeist son fácticas porque el proyecto tiene un aire caricaturesco de futuro perfecto.

En últimas, todas las dudas se recogen en una. A pesar de que se empeñan en ser claros y metódicos, es incómodo notar que hacen ver como fáciles cosas que pueden ser muy complejas. A veces siento que tiene que haber un hueco filosófico gigantesco y que por principio yo debería ser moderado. Otras veces pienso que negarme al entusiasmo que me genera Zeitgeist para mantener el principio de la duda obedece tan sólo a un academicismo exacerbado. Como si, en el fondo, lo que no quiero es que aparezca alguien más informado e inteligente a decirme que soy un güevón.

Pero entre toda esa incertidumbre, sigo creyendo que deberían tomarse el grato trabajo de ver esas películas, aunque sea para luego para poner cara de informados e inteligentes.  Estoy seguro de que ustedes encontrarán sus propias preguntas y la verdad es que me molesta no poder profundizar en ninguno de estos temas. Lo cierto es que me dispuse a escribir un texto suicida; uno de esos artículos que pueden fallar porque los que no están enterados de la discusión no alcanzan a involucrarse con una reseña, y los que sí la conocen, se decepcionan por la falta de ideas. Espero que haya valido la pena, midiendo eso con la curiosidad y la energía que tengan para verse y pensar las tres películas. Luego discutimos.

Pedro y los Óscar

25 febrero, 2011 § Deja un comentario


Un tuit solitario marcó el momento en que Pedro perdió la paciencia. Terminada la ceremonia, nuestro héroe publicó que se rehusaba a ver otra entrega de los Óscar. Lo notamos tan sólo en retrospectiva, por supuesto. Difícil sería que ese tuit se destacara, pues las demás personas, como suelen hacer, escribieron cosas similares sobre lo mismo y cosas distintas sobre temas diferentes. Sin embargo, ahí estaba esa primera señal. Una persona la agregó a sus favoritos.

Pedro incumplió su promesa. Tuvo que ver y presenciar varias ediciones de los Óscar después de ese día. Pero no se debió a un cambio de parecer sino a la determinación de que durante los premios de la Academia, por culpa o gracias a lo insoportable que resultaba la ceremonia, se abría siempre la posibilidad de una irrupción. Los años de experiencia que le otorgaría la realización de su plan confirmaron que no se trataba de dar argumentos. Su opinión era la misma que tiene cualquier persona frustrada por el resultado de cada entrega y molesta por el tono mundial que tiene esta celebración local. Lo que indignaba a Pedro, lo que lo sacaba de quicio, era que el formato mismo del programa le daba un micrófono sin límites a decenas de personas y ninguna de ellas lo utilizaba. Le costaba creer que entre todos los ganadores no hubiera nunca alguien que pudiera superar las limitaciones sociales o contractuales impuestas por esta celebración; alguna persona con el valor o la tranquilidad para tirarlo todo por el desagüe y decir aquello que ruega por ser dicho. Cuando Pedro tuiteó lo que tuiteó, entendió que esa persona nunca llegaría. Los Óscar siempre serían iguales y el silencio con cara de agradecimientos a gente desconocida sería cada vez más impresionante. Fue entonces que ideó su plan. Se convertiría en un exitoso cineasta sólo para recibir un Óscar sólo para tener la oportunidad de decir, en plena ceremonia, que se limpiaría el culo con la estatuilla dorada.

El proceso fue arduo y lento. Podríamos incluso cuestionar las motivaciones de nuestro héroe porque nadie se toma la molestia de molestarse tanto por tanto tiempo. Lo cierto, en términos cotidianos, es que trabajar haciendo cine es muy divertido. Y lo fundamental, en términos esdrújulos, es que romper la configuración del mundo, aunque sea por un momento, es algo que merece algunos años de búsqueda. La trayectoria de Pedro está para que la revisen en Wikipedia; la omitiremos acá porque carece de elementos especiales. No cabe duda de que estuvo llena de dificultades y aventuras. Pero el Pedro que conseguía palancas y trabajaba en comerciales de videojuegos, el que dirigió blockbusters completamente amarrado por los productores, sólo se distinguía de sus colegas por el intangible secreto de sus motivaciones y eso no se puede mostrar. De no ser por aquel tuit dudaríamos de que haya habido un plan y no tan sólo un momento de cansancio en la mitad de esa ceremonia. Los invito a que revisen las entrevistas que daba acerca de sus películas. ¿Puede alguien distinguir entre el Pedro que jugaba a decir lugares comunes y sus colegas, que los decían por obligación?

Suponemos que se reía en sus adentros. Es inevitable gozarse una farsa cuando se logra hacer, con toda seriedad, una película sobre una lesbiana afrodescendiente, lisiada, judía y jorobada que recibe la medalla de honor luchando en Afganistán. Tuvo que haberse divertido porque nadie sospechó lo que enunciado así parece tan obvio. Cierto es que muchos se indignaron cuando la cinta de Pedro obtuvo esa anhelada nominación. Pero la mayoría se alegró porque él, maestro de tonos y ritmos, había hecho una película que dejaba llorando a cualquier desprevenido. A su manera, todos le creían.

Paso entonces al momento que ya vivimos. Un hombre vestido de esmoquin, con gafas, barba y ademanes torpes, se alegra por su victoria tanto como todos los demás ganadores. Camina hacia el escenario, en medio de los aplausos, con una mezcla de alivio y frenesí. Recibe la estatuilla, se acerca al micrófono y, cuando lo toca con su boca, hace una pequeña pausa. Con su mirada revisa las secciones alejadas del teatro. Acaso Pedro piensa en que al otro lado de las cámaras, en países y hogares diversos, hay gente como él que va a sentir un profundo alivio cuando ocurra la sorpresa. Duda por un instante, quizá porque ya que no sabe cuál es el tono apropiado. Se rasca la frente y, por fin, usa el micrófono.

-Sólo quería decir que esto es una puta mierda.

La gente desconcertada no entiende qué acaba de ocurrir. El director de la transmisión no alcanza a reaccionar. Primero hay silencio, luego el teatro se llena de bullicio y, en ese mismo instante, un coro inaudible se articula entre todas las personas que, sin compartir un mismo espacio, dicen “gracias”.

Foto de alguien metiendo los pies en el agua

9 febrero, 2011 § Deja un comentario


Como tú y como yo, la primera vez que Pedro fue a un museo de arte contemporáneo, no dejó de pensar que él podía hacer la mayoría de las obras que estaban en exhibición. Admiraba a Da Vinci porque le parecían bonitos sus cuadros, pero sobre todo porque le parecían difíciles. Un día, decidió burlarse de todos. Eligió, entre los cuadros mediocres que había en el museo, entre los triquis y las figuras geométricas, una obra absolutamente blanca. Hubiera preferido abstracciones un poco más complejas ya que estaba seguro de que valían más dinero, pero se conformó con el blanco porque supuso que manchar un lienzo fue fácil para el artista, pero imitar el caótico resultado no lo sería para él. Fue la decisión correcta. Pedro tardó menos tiempo haciendo ese cuadro, valorado en millones, que Da Vinci pintando una ceja de su Mona Lisa. Por la noche, como el museo estaba cerrado, reemplazó su cuadro blanco por aquel que estaba en exhibición. Se diría que la gente del museo sabe que nos engaña. Pedro había inspeccionado las medidas de seguridad anteriormente; confirmó que eran mínimas. Entró por la ventana y se tomó una eternidad cambiando los lienzos. No vio cámaras ni guardias. Tal vez sospechó, pero le pareció tan ridícula la idea de vigilar un lienzo blanco que creyó verle cierto sentido a la situación. Que guarden los láser y las alarmas para el Louvre, pensó, acá basta con echar llave al salir.

Esperó con ansiedad un par de días. Como no encontró ninguna noticia en el periódico, se dirigió triunfante hacia la galería. Quería ver a la gente conmoviéndose con su obra.

Pudo aguantar la risa al principio. Muchos se detenían con admiración y veían cuidadosamente la tela, tal vez para notar las diferencias entre ese cuadro y las paredes de sus casas. Pero no logró evitar una breve carcajada cuando algún guía llegó a explicar “la potencia de la obra”. En ese momento, un guardia del museo notó su presencia y Pedro se preocupó. Afortunadamente, el guardia esperó a que hicieran contacto visual, luego miró el cuadro y, cuando se volteó de nuevo, reveló una sonrisa que mostraba complicidad.

Los triunfos son para exhibirlos. Pedro sabía que no era prudente hablar con este personaje. Pero era demasiado emocionante la perspectiva de encontrar a alguien que pensara lo mismo. Llegó el cierre del museo y se acercó a él. No iba a confesarle que había robado el cuadro original, tan sólo quería que convinieran una cosa: que el arte contemporáneo no es arte.

-Usted se llevó un cuadro falso-, le dijo el guardia. Pedro se llenó de miedo.

-¿De qué habla?-, preguntó, visiblemente nervioso.

-No tiene caso negarlo- Añadió el guardia con rapidez. -He visto a muchos como usted. Entre el grupo de los que se indignan siempre hay alguno retador, alguien que cree que acaba de tener una idea maravillosa. Pues bien, amigo, no se ha burlado usted de nadie; antes bien, nos reímos a costa suya.

-¿Y cómo puede estar seguro de que robé el cuadro?-, dijo Pedro, todavía confundido.

-Nos gusta dejar que la gente entre cuando el museo está cerrado, pero en todo caso tenemos cámaras. Algunos, los pillos como usted, vienen a reemplazar las obras. Pero siempre hay alguien que sólo se las lleva. En esos casos, tenemos que estar preparados para poner una nueva copia. De hecho, habría que agradecerle. -Señaló la pintura- Ésta le ha quedado muy bonita.

Pedro no dijo nada. Comenzaba a intuir que el arte tiene mucho de convenciones y de juegos. No supo que fue en ese momento, antes incluso de que el guardia explicara otras cosas, que dejó de creer que la dificultad técnica era el único criterio para valorar una obra.

Como si leyera sus pensamientos, el guardia continuó:

-Las obras como la que usted ha imitado son artísticas porque ponen en evidencia que no existe ningún criterio inmortal que dé cuenta de lo artístico. Es decir que son bellas no porque sean bellas, sino porque llegaron en el momento justo y de la manera justa a decir lo que estaba en el aire. Con tal de que estén en una galería, con tal de que la gente crea que alguien, un autor, las puso allí por una razón, el público mismo las llenará de significado y serán, en efecto, arte.

-Si eso es verdad, el público no se podría enterar de lo que me dice porque se dañaría la ilusión. Yo soy parte del público.

­–Usted nunca entendió el juego. Pero tiene razón; las ilusiones son frágiles. La imitación suya cumplirá la misma función que el cuadro original, así como otras copias la han venido cumpliendo desde hace muchos años. Pero eso es posible sólo gracias al autor que todos tienen en la cabeza, el que sí pensó artísticamente cuando pintó un cuadro blanco, el que usted menospreció. Él, y ya no hablo del hombre sino de la figura, jugó a cambiar la mirada de la gente; usted, si me permite decirlo, jugó a que vieran del mismo modo algo que, en últimas, es igual. Por mi parte, creo que su obra invisible es ligeramente superior, pero también lo fueron todos los cuadros blancos que hemos exhibido. Sobre todo, creo que deberíamos ser capaces de una mayor flexibilidad. Lo cierto y lamentable es que todavía hay gente que paga fortunas por una pintura original y a ellos sí les decepcionaría mucho conocer la verdad.

-¿Por eso me confiesa todas estas cosas?

-Lo hago porque los triunfos son para exhibirlos. Usted se ríe de que la gente admire una obra blanca, nosotros nos reímos de que un ladrón crea que la obra es la sola tela.